sábado, 18 de mayo de 2013

Urumi el gigante




Las tímidas luces del amanecer que penetraban por el ventanuco fueron rescatando lentamente de la oscuridad las dos figuras que yacían acurrucadas. El primero en incorporarse fue Urumi. Toda la noche había permanecido sobresaltado, intentando en vano conciliar un sueño tranquilo, sintiendo sobre sí los más funestos y terribles presagios. Y no es que no confiara en su valor y destreza. Era la tradición, el miedo a lo desconocido que sintieron en tales instantes todos los hombres que le precedieron, su propio temor, la misma ignorancia de los misterios del pasado lo que caía sobre él como una pesada piedra agarrotando sus músculos y su voluntad. Por otra parte había desistido de hacerse más preguntas. El viejo Totum, que seguía durmiendo a su lado, le dio todas las respuestas y, no obstante, estaba tan confuso como el primer día. ¿Por qué todo tenía necesariamente que cambiar? ¿Era preciso que luchara hasta vencer o morir? ¿Por qué no ocupaba otro su lugar, allí, en la choza, aguardando a que el sol brillara en lo más alto?
“Cada cinco generaciones –tenía aprendido Urumi desde la infancia-  nace un hombre como tú que es diferente a los demás hombres. Ellas le respetan la vida y lo dejan crecer fuerte para que se enfrente a su reina. Tú has nacido así y debes prepararte para ese momento.”
Y ese día, por fin, había llegado. El anciano, ya despierto, le frotaba la espalda con ungüento mientras cantaba la vieja canción. Era un canto a la libertad, a la esperanza, se ensalzaba la figura del héroe que había de liberarlos, de sacarlos a todos de la postración. ¿Sería él –pensaba Urumi-, quien vencería a la reina restableciendo así el orden que imperaba antes de la Gran Explosión? ¡La Gran Explosión! ¡Qué gran misterio!
“-Dicen las leyendas –le contaba Totum cada noche para que se durmiera- que el mundo de antes no se parecía en nada al de ahora. Las gentes de aquellos remotos tiempos habitaban grandes y altísimas casas y fueron tan sabias que llegaron a pisar las estrellas que vemos brillar por la noche. El hombre, dueño y señor de todo, gobernaba las naciones y dominaba a la mujer, pues era más fuerte que ella.
Pero un día sobrevino la Gran Explosión y todo cuanto se erguía sobre la faz de la tierra se derrumbó como la ceniza de una hoguera que pisas con el pie.
- ¿Y qué pasó luego? –quería saber el pequeño,  que se resistía siempre a cerrar los ojos.
- Sólo se salvaron unos pocos hombres y mujeres y varios animales. La vida siguió palpitando a través de ellos pero a partir de entonces el hombre, el macho, nació débil y pequeño y la hembra lo dominó.”
- - - - - - -
Oyeron claramente unos vibrantes clarines y la puerta de la choza se abrió.
         El pequeño cortejo, con Urumi al frente, fue abriéndose paso entre la multitud hasta llegar a la explanada. Quedó sólo, en el centro, apoderándose de su ánimo las miradas cargadas de altanería y arrogancia que le dirigían las mujeronas. Aspiró con fuerza el tibio sol del mediodía y rehízo su espíritu. El no era un enano como los demás. Tenía la altura y corpulencia de los hombres de antes de la Gran Explosión, su fuerza, su astucia. Aunque no dejaba de sentir un molesto escalofrío al mirar los cráneos que adornaban el sitial de la reina. Eran las osamentas de los otros hombres,  gigantes que lucharon y perecieron. Más él iba a vencer y después poseería a las que ahora le despreciaban y los hijos que tuvieran no serían enanos, sino altos y robustos como él. Desterraría así, para siempre, la raza de hombrecillos que las mujeres esclavizaban y manejaban ignominiosamente. Esa era su misión, su destino.
         Sonó una trompeta y la soberana se levantó del trono. A ambos lados el pequeño ejército de fecundadores y servidores reales la despojó de su túnica de oro y la preparó para el combate.
- - - - - - -
Se hallaban frente a frente. Arnia era bella y Urumi no sentía odio hacia ella, pero la maza que sostenía y el frío mensaje de sus ojos le forzaron a no pensar más que en destruirla. Se le abalanzó como un torbellino y a duras penas logró esquivarla. Era ágil y el hoyo que dejó su maza en la reseca tierra le habló por sí solo de su fuerza. Pero él también sabía defenderse. Totum resultó un excelente maestro. Arnia tuvo que retroceder ante el impetuoso ataque de su oponente. Cada golpe la llenaba de un ciego furor hacia el hombre, quería verlo muerto a sus pies, pero al mismo tiempo y por primera vez, algo en lo más recóndito de su ser se rebelaba contra el destino impuesto por la tradición y las costumbres. Urumi era hermoso y hubiera deseado vivir antes de la Gran Explosión, sentirse amada por hombres como él.
         El agotamiento hizo presa en ambos. Sus ropas se habían desgarrado y las mazas les resbalaban por el sudor. Tras unas fintas, Urumi se sintió alcanzado en una pierna. La visión de la sangre contuvo momentáneamente a la luchadora, pero impulsada por los enardecidos gritos de sus súbditas, redobló su furia.
Un seco golpe del hombre quebró su arma y se halló, de pronto, indefensa. Una fuerte tensión enrareció el ambiente. Urumi, contemplando su pecho agitado, su expresión de miedo, sintió lástima y pensó por un momento abandonar la lucha y alejarse de allí olvidándose de su cometido. Más ella, inesperadamente, le arrojó un puñado de tierra a los ojos al tiempo que saltaba sobre él. Rodaron por el suelo y Arnia experimentó una extraña sensación al tenerle tan cerca. Sus salvajes deseos se disiparon y el contacto de aquellas rudas manos sobre su cuello le pareció una caricia. Notó su aliento, sus fuertes músculos apretados contra su carne, el olor de su sangre y la invadió una súbita dicha. Quiso revolverse, alejar de sí la pesada neblina que comenzaba a apoderársele y no pudo. Apenas sentía ya la presión en su garganta. Estaba empezando a amar a aquel hombre. Sí, lo amaba.

Urumi notó un vacío dentro de sí mismo, cierta repugnancia, le pareció todo una inutilidad. Miró a los tendidos, esperando que le aclamaran, pero el silencio más absoluto lo envolvía todo.
- ¡He vencido! –Gritó con toda la fuerza de sus pulmones-  ¡Sois libres! ¡Sois libres!
Nadie le respondió.
Los miles de hombrecillos estaban avanzando a su encuentro. Pero no venían alegres, portaban armas en alto. Detrás iban sus gigantescas dueñas empujándoles, azuzándoles, ordenándoles.
De repente, el pavor pintó el rostro de Urumi. Había comprendido que también sus huesos adornarían el trono de una reina, que seguirían cantando la vieja canción.
Sólo se oyó un alarido, el alarido del gigante al morir. Y luego, la descomunal risa de las hembras.
- - - - - - -

domingo, 5 de mayo de 2013

Los Diablos Rojos





Estaba sentada en una Goldwing grandiosa, reluciente como la lámpara de Aladino recién frotada. Era una rubia despampanante, con una minifalda que le llegaba al mismo ombligo. Era consciente de la atención que provocaba. Por eso limaba con parsimonia sus pulcras uñas de porcelana de color rosa. De vez en cuando levantaba la vista, miraba a través de las Ray-Ban de color verde, soltaba un lánguido suspiro y cruzaba lentamente sus largas piernas de escándalo, en un gesto sobradamente estudiado e intencionado, sabedora de que todas las miradas convergían en ella.
Su acompañante era un coloso de dos metros, con una larga melena rubia recogida en una larga trenza,  tostado por el sol de Benidorm y las calas mallorquinas e ibicencas. Parecía un dios vikingo, sólo le faltaba el hacha de Thor en sus manos, su aspecto era imponente.
El resto de  moteros ocupaban  la casi totalidad del parking del complejo turístico.
Los miraba embelesado, maravillándome de aquellas máquinas de ensueño,
aquellas motos impresionantes. La Harley “Road King”, las Springers, que tenían dos preciosos muelles bajo el faro en lugar de las horquillas convencionales. La Suzuki Intruder,  La Benelly TNT, la gran variedad de BMW, entre ellas una  Cruisser bien conservada y tantas  otras.     
Y no menos curioso era ver  a  los moteros, a cual con la pinta más extravagante. Vestían la mayoría de cuero,  algunos con espuelas y chinchetas en las zamarras, el pelo largo unos y otros de calva  brillante, casi todos rubios. Lucían piercings en orejas, labios y cejas, formaban un grupo espectacular.
Muchos llevaban una chica detrás, rubias llamativas o morenas escandalosas,  provocativas,  parecían cortadas por un mismo patrón.
Cuando se ponían  en marcha el rugido era formidable, como una sonata infernal interpretada por mil demonios que a mí me sonaba a gloria.
Ningún espectáculo era más atractivo  que una concentración motera. Me sentía feliz, en ningún sitio estaba más a gusto.

Aunque  hacía unos años no pensaba del mismo modo. Es más, casi aborrecía a los motoristas, siempre zigzagueando alrededor de los coches, surgiendo como rayos por el espejo retrovisor y haciendo adelantamientos suicidas y peligrosos para los conductores.  En Benidorm y otras playas, apostados  en las puertas de los bares, las grandes jarras de cerveza en la mano y las motos en las mismas aceras interrumpiendo el paso.  Bebidos, provocativos  con los transeúntes, obscenos muchas veces.
Era oír una moto, su estruendo insufrible, verlos hacer caballitos y me subía la tensión al límite.
No lo soportaba aunque no dejaba de reconocer que todos los que montaban dos ruedas no eran iguales.
Un día sucedió lo que sucedió. Era una tórrida tarde de verano, no corría el aire y el asfalto se hundía como un chicle gigantesco al paso de los coches, las ruedas se pegaban al mismo. El climatizador del coche no daba para más.
De repente el cataclismo, el más increíble choque en cadena en la autopista, coches y más coches estrellados unos contra otros, un estruendo descomunal e indescriptible. El más absoluto caos antes de que me invadiera la negrura más absoluta.
Desperté en la sala de espera, sólo perdí el conocimiento. Pero María, mi mujer, y mi hija, Lorena, están en la U.C.I., su vida peligra, como la de otros muchos.  Falta sangre, mucha sangre, los heridos se multiplican, el tiempo apremia, un minuto puede ser decisivo. Pero no hay suficiente, los doctores hacen cuanto pueden.
Estaba desesperado, mi esposa, mi hija, en peligro de muerte,  les dije que me la extrajeran toda, que no me dejaran ni una gota si con ello las salvaba.
Lloré no sé cuanto tiempo, recordaba momentos antes, la semana en el apartamento, la playa, las paellas y las barbacoas, las cenas en la terraza mirando las estrellas del firmamento….
Todo mi mundo afectivo  iba a desaparecer si perdía a María y a Lorena.
Y entonces oí el rugido. Era ensordecedor, su sonido era inconfundible.
Motos y más motos, como un ejército que avanzaba invadiéndolo  todo, una especie de Séptimo de Caballería motorizado, rugiendo sus motores, los moteros subidos en las  máquinas, sus rostros hieráticos,  melenas al viento, cabezas rapadas, botas de punta de bola de acero, calaveras pintadas, estandartes en forma de águilas, todo un muestrario inacabable de variopintos personajes.
Eran los “Red Devils”, los “Diablos Rojos”  el grupo más numeroso  y  ruidoso  de moteros, cuando salían a la carretera se apoderaban de ella, eran los reyes del asfalto. Nadie podía circular tranquilo con semejantes hordas en derredor, pasaban como flechas y se perdían en el horizonte.
Desmontaron todos a una, como un solo motero. Y aquello fue el milagro más grande que nadie pudo imaginar. Un mar inacabable de brazos fuertes y decididos se extendió ante las enfermeras para ofrecer un río abundante de sangre en la más generosa entrega que un  ser humano podía ofrecer.
Aquella sangre, infinita, altruista, salvó vidas y más vidas, en poco tiempo se recuperó la esperanza en tantos corazones atribulados por la desgracia.
Vi sonreír de nuevo a María y a  Lorena, ya fuera de peligro, y el eco de las motos al marcharse sonaba incesante dentro de mí, como la más dulce de las melodías.
Por eso ahora, cuando veo a un motero en máquina, el motor sonando acompasado, los preciosos cromados, las cartucheras, los espejos, el cuadro de instrumentación impoluto, veo a un ángel, un corazón que un día se ofreció a los demás, que salvó vidas.

Todo esto acudía a mi mente acodado en la barra del bar “El Capricho de Susie”. Apuré mi cubata, me puse los guantes y salí fuera. María me esperaba ya con el casco puesto sentada en nuestra Kawasaki Vulcan 1500
La puse en marcha y me uní al resto de mis compañeros, los “Red Devils”.
María y yo éramos también unos “Diablos Rojos”.




martes, 30 de abril de 2013

Una leyenda de amor





Ésta es la historia de un hombre que lo dejó todo en pos de una leyenda. La leyenda del kelekeperre, cuyo significado es “Pájaro de los Dioses”. Una noche tuvo una extraña visión en forma de  ave fantástica que le pedía fuera en su busca.
El hombre dejó su casa, sus gentes, su tierra; abandonó su vida tal como era hasta entonces y con sólo la imagen soñada de aquel ser alado misterioso salió en su busca.
Vivía en la más profunda e inaccesible  de las selvas; nadie contempló jamás a semejante pájaro pero ciertamente existía. Él lo había visto en su delirante sueño y debía encontrarlo, atender a su mandato aunque su comprensión no llegara a alcanzar el motivo de tal petición.
Aquel hombre envejeció en su búsqueda; su pelo se tornó blanco, sus dientes de debilitaron, sus piernas se volvieron torpes. Pero en sus ojos siempre brilló el anhelo de encontrar el kelekeperre, el pájaro de leyenda al que buscaba con todas sus fuerzas y tesón.
Un día, subiendo  a la  cima de la montaña más alta con  que se encontró,  le cubrió  la niebla más espesa. Era tan impenetrable que el sendero desapareció de repente. Y se deslizó ladera abajo.
Al recobrarse de la caída estaba en un valle de insólita belleza. Todo era abundancia y frescor, riachuelos de cristalinas aguas le conducían a una cascada que caía sobre un lago azul.
Reponiendo su sed y apetito en aquel vergel un arco iris surcó relampagueante el cielo azul y el hombre vio al kelekeperre. Era majestuoso y ésa fue sólo la palabra con que pudo describirlo, pues no habría nadie que supiera decir con palabras la visión de aquel destello luminoso; sólo en el corazón podía interpretarse  la emoción infinita que causaba el kelekeperre.  
Aquel ave no se ocultó a su vista; al contrario hizo un alarde de su vuelo increíble,  largamente, tal parecía que le daba la bienvenida.
El hombre montó su campamento a orillas del sereno lago y el tiempo pasó.
El kelekeperre salía todos los días a su encuentro, se columpiaba en el cielo; se escondía entre el follaje lujurioso de aquella selva frondosa para surgir a ras del suelo y pasar ante sus ojos atónitos por tan sorprendente visión.
Un día el kelekeperre cantó. Y los demás pájaros silenciaron sus trinos, las hojas de los árboles se agitaron como en un baile, el sol brilló con más intensidad; hasta el agua del río detuvo su curso y los peces se asomaron para escucharlo.
El hombre se sintió atravesado por una felicidad y regocijo nunca antes sentida y se sintió recompensado por tantos y tantos años de penurias y privaciones para hallarlo.
Entonces el hombre supo que el canto del kelekeperre fertilizaba las plantas, multiplicaba los peces y los animales, y mantenía siempre encendida aquella primavera perpetua  que reinaba en el valle.
Una noche, la más estrellada de cuantas el firmamento pudo y supo lucir, un dulce sueño invadió al hombre.
Y de nuevo surgió en su nebulosa el kelekeperre, agitando sus alas multicolores y enterneciéndole con su canto celestial.
Al despertar, se encontró una muchacha a su lado. Tan bella como nadie sabría esculpir ni pintar.
Le sonrió y le dijo que ella le había llamado en aquel su primer sueño.
Que sabía de la bondad de su corazón, único como ningún otro y quería vivir con un hombre tan bueno como él.
Aquella fue la unión más celebrada que el destino pudo orquestar.
Y aquel hombre, gastado y empequeñecido por el tiempo y el delirante viaje recobró su juventud y lozanía, y formó junto a su kelekeperre soñada la pareja más feliz y dichosa que ningún ser que poblaba aquel idílico lugar pudieron contemplar.
Vivieron años de felicidad inmensa y gozosa. Pero un día la fatalidad en forma de nostalgia creció en el corazón del hombre y le pidió a su kelekeperre que le acompañase a su mundo anterior. La tristeza empañó a la joven y la llenó de zozobra y temor.
Le dijo que si abandonaba aquel lugar moriría. Pero el hombre no la creyó e insistió tanto que ella, tan grande  era el amor que sentía por él,  que un día accedió.

Y el kelekeperre viajó al mundo del cemento, de la esclavitud del  reloj, al aire negro, al cielo sin estrellas.
Y un aciago día  aquel hombre, creyendo que sus ojos le mentían, descubrió  el cuerpo del pájaro, de su amada kelekeperre sin vida.
Y fue tan agudo su dolor y su culpa que quien los descubrió encontró a dos kelekeperres juntos, ala sobre ala, pico sobre pico, mirada perdida en la otra mirada.

Pero la leyenda del pájaro kelekeperre, el “Pájaro de los Dioses” no termina aquí.
Una mañana, cuando el sol empezaba a pintar de luz el verde de la selva, dos arco iris surgieron de una nube blanca.
Magníficos, soberbios en su hermosura sin igual, serenos y generosos en su trino, maravillando  hasta el último rincón de aquel paradisíaco lugar.

Y doy fe de ello. Y quizá quien lea mi relato crea que todo es una leyenda.
Que hasta yo mismo forme parte de ella.  Que no sea real que esté ahora mismo al lado de mi kelekeperre querida, deslizándome graciosamente en el tibio aire de este amanecer ala sobre ala, pico sobre  pico admirando las gemas que son sus ojos…… 

                           - - - - - - - - - - - - - - -

sábado, 27 de abril de 2013

Madre





Madre querida:
No sé si recibirás esta carta. Aunque la guerra parece que vaya a tener fin dentro de muy poco, las comunicaciones no están seguras y muchas sacas de correos desaparecen sin llegar a sus destinos. Hace mucho tiempo que no sabes de mí y las noticias serán muy contradictorias. No sabes cuánto pesar me causa que no sepas qué ha sido de tu hijo Lorenzo. Pero no tanto como el que siento yo por no saber cómo estás. Sabemos que algunas ciudades han sido bombardeadas y las victimas inocentes se cuentan por miles. Que el hambre acucia a la población urbana y se producen situaciones de angustia insostenible.
El único alivio que tengo es pensar que en Benlloch la situación será distinta, los pueblos no han sido castigados especialmente y los alimentos todavía es posible obtenerlos, la huerta siempre nos proveerá de sus tesoros.
Pienso mucho en ti, madre mía, en el momento en que me tuve que ir de tu lado, dejándote sola, sin padre y sin Luis. Si tu dolor fue grande no era menor el mío, sentí  como si una espada me atravesara el corazón.
Pero la vida es así y esta guerra un monstruo cruel que nos arrastra a todos en su locura.
Puedes imaginar mi zozobra y el miedo que pasé, un labriego en medio del campo de batalla, rodeado de chicos como yo y de otros mucho más jóvenes. Empuñando un arma, corriendo como un demonio contra otros semejantes a nosotros pero con una bandera de otro color.
El hambre y la sed, el frío de la trinchera, la soledad y sobre todo el miedo a morir de este modo tan estúpido e inútil que es la guerra. 
Pero era lo que nos tocaba, salir del hoyo cada mañana, gritar y disparar, casi siempre sin saber contra quién lo hacías. Veías un bulto y apretabas el gatillo, rogando no herir de muerte a nadie. Musitando también una oración para que ninguna bala fuese para ti.
Así, en esta penosa incertidumbre pasaron dos largos meses. En que ni siquiera tenía el consuelo de poder escribirte y desahogarme contigo.
Pero la guerra es la guerra, madre, y vi caer  a muchos de mis camaradas y amigos. Chicos como yo que hacía unos momentos compartíamos un pitillo y reído juntos. Que tenían pueblo como yo, que eran buena gente, una novia que les esperaba, con sueños que hacer realidad. Y, ya ves, un simple trozo de metal,  y de repente todo desaparece, como si no hubieran existido. Un hoyo en el suelo y una cruz de madera en el mejor de los casos. En otros las bombas dispersan tanto los cuerpos que ni con una pala pueden recogerse. 
No debería contarte estas cosas, madre. Pero no quiero que te engañen diciéndote que es un paseo militar, que todo está bajo control y volveremos todos sanos y salvos. Ojalá fuese así.
Y un día, madre querida, pasó lo que tenía que pasar. Había llovido y la niebla no dejaba ver más allá de pocos metros. El frío nos agarrotaba las manos y los dientes me castañeteaban.
Hay bombas que silban como serpientes rabiosas, las oyes llegar, y  se van abriendo hueco en el aire que respiras; en cambio otras se dejan caer como piedras desde los aviones. También hay minas, artefactos que estallan si los pisas.  Y existen unos explosivos, el último invento para matar,  que llaman “mudos”.  Éstos estallan sin avisar, cogiéndote por sorpresa.
Una bomba de esas explotó en medio de nosotros, madre. Fue como si una cortina de fuego se levantara frente a mí penetrándome por la boca, por los oídos, por todas partes. Sentí un calor abrasador, que me descomponía en mil pedazos, elevándome a las alturas. Después vino el silencio.
                             
                                    -------------------------------------

No sé cuándo desperté. Tenía una neblina en los ojos que fue disipándose poco a poco. Y fue cuando creí estar en el cielo. El más bello rostro de mujer me observaba. Me miraba con ternura y su voz era dulce y melodiosa. Su tez era blanca y su pelo una cortina de rizos encantadores.
Vestía inmaculadamente de blanco, y  al poco descubrí que estaba en el hospital de campaña. No sabía el alcance de mis heridas pero no podía moverme. Tenía una sonda en la boca y las manos y la cabeza vendadas.
Me dolía todo el cuerpo y estaba un poco aturdido.
Fueron unas semanas muy duras. Continuamente las ambulancias traían heridos, algunos en muy lamentable estado. Todo era un ir y venir de médicos y personal sanitario, apenas se concedían el menor descanso, realizaban una labor encomiable.
Desgraciadamente muchos no volverían al frente; ni siquiera a sus casas por efecto de las heridas. Faltaba sangre, era esencial. Y especialmente anestesia, se te ponían los pelos de punta al oír los alaridos en las intervenciones quirúrgicas.
Dentro de lo que cabía no pasábamos hambre; por las mañanas unas sopas de malta con galletas y a mediodía sopa de menudillos con una buena rebanada de pan. Por la noche un poco de fruta y más pan. Carne de pollo probamos alguna vez. Y una especie de filetes que decían que eran  de caballo pero  duros y correosos, casi no se podían masticar.
Según me informaron la bomba no me mató de milagro. Peor suerte tuvieron mis camaradas Perico y Andrés, y Mateo, que volaron por los aires. Sus cuerpos me sirvieron de pantalla y no tuve heridas muy profundas. No obstante tenía el cuero cabelludo medio rapado por una herida que por fortuna intervinieron a tiempo.  Con el tiempo crecería mi cabello y se taparía la cicatriz.
Después de varias semanas convaleciente fui recobrando fuerzas. Ya podía levantarme y salir de mi postración. Había un pequeño bosquecillo que escondía a la vista el hospital y por el que paseaba por las tardes.
Y entendí aquel refrán que dice que no hay mal que por bien no venga. ¿Por qué te digo esto, madre? Porque la bomba que me hirió hizo que conociera a Cecilia,  la enfermera que me cuidó y a la que, sin duda, debo la vida.  
Es  como un ángel, va de un lado a otro de la sala, prodigándonos cuidados, incansable, curando  las heridas, y siempre con esa sonrisa tan hermosa que tiene, que es la mejor medicina para unos cuerpos atribulados como los nuestros.
Cuando se da un respiro viene a mi lado y me peina, me pone un poco de colonia sacada de no sé dónde y hablamos hasta que el cansancio la vence.
Su vida es una historia que merecería una novela. Es de capital y estudió enfermería privándose de muchas cosas y a base de sacrificio. Su padrastro era una mala persona que hacía sufrir a su madre y sus hermanos pequeños.
Su título le sirvió para salir de aquel ambiente opresivo y dedicarse a su vocación.
Nos hemos hecho amigos, le cuento cosas del pueblo, que nos despertamos cuando canta el gallo, que ordeñamos las cabras y las vacas y hacemos las labores del campo. Que respiramos un aire puro y la vista se nos  pierde a lo lejos, en las montañas. Que tenemos manzanos, perales, una rica huerta que nos provee de verduras, de patatas, hacemos nuestros quesos. Cecilia se queda con la boca abierta con estas cosas, dice que nunca cogió caracoles ni se bañó en un río, ni cogió cangrejos,  ni bailó en una verbena.   
Lo que mas le gusta es que le hable de ti, madre, dice que se me cae la baba contándole cómo eres tú. Que se me nota que  te quiero mucho. Y es verdad.
Pero, ¿sabes por qué me gusta Cecilia? Porque se  parece mucho a ti, madre.
Es muy buena, sencilla y  cariñosa, generosa con el prójimo y tiene un modo de sonreír que te conquista al instante. A veces, cuando el agotamiento la derrumba, se queda dormida a mi lado. Entonces acaricio suavemente su pelo y voy deshaciendo  sus rizos, uno a uno, para ver cómo se enredan de nuevo.
Y pienso que me gustaría penetrar en sus sueños, formar parte de ellos y atreverme a decirle que la quiero, que me he enamorado perdidamente de ella como nunca lo hice hasta entonces. 
Creo que le caigo bien, hasta diría que siente algo por mí. Su forma de mirarme, de estrechar mis manos entre las suyas. Sus palabras afectuosas. Ese beso cálido que me da al despertarme y por las noches. El mimo con que cuida mis heridas y me procura las mejores viandas posibles.
Y es muy guapa, pero  no tanto como tú, ¿eh? Como tú no hay ninguna.
Un día de esta semana le diré que la quiero, que la guerra terminará muy pronto.  Que la llevaré al pueblo, para que conozcan a la novia tan guapa que tengo. Y en la ermita, a los pies de la virgen del Remedio, le preguntaré si quiere casarse conmigo. Que la querré toda mi vida y la haré muy feliz.
Entonces le daré un beso que nunca olvidará.
Eso haré, madre, espero que Dios me conceda la gracia de que Cecilia sea la mujer de mi vida.
Ahora debo cerrar la carta. Rufo, el de transmisiones,  la llevará junto con las demás. Te mando un beso muy grande, madre, si Dios quiere nos veremos pronto, muy pronto,  ya verás.  
Tu hijo que te quiere y no te olvida.
Lorenzo.


La noche era tranquila. Una ligera brisa acentuaba el fresco nocturno. Todos dormían plácidamente. Había sido un día como los demás, aunque flotaba en el ánimo de todos la esperanza del fin de la guerra, se veía venir.
Ya no había tantos frentes abiertos, los heridos que llegaban al hospital eran cada vez menos.
Arriba, en lo alto del cielo,  como salido de la nada, surgió un  pájaro negro y metálico. Era un trimotor Grampier SU-234, de 250 Km. de velocidad punta, dos cañones y tres ametralladoras. En el morro llevaba pintado un faisán multicolor. Y en sus entrañas quinientos kilos de bombas de fósforo blanco y metralla.
Se dejó caer en silencio. Abrió las compuertas y su carga mortal cubrió el hospital de fuego y muerte. Todo desapareció en aquella vorágine destructora.
Como si nada hubiera sucedido,  el avión fijó su rumbo de vuelta.

A unos cuantos kilómetros se distribuía el correo. Cartas de madres a los hijos, de hijos a las madres,  de novios a las novias, novias a los novios, de amantes, de hermanos, de padres, un mar de cartas rezumando nostalgias, deseos, amor y ternura, esperanzas y calor humano, corazones perdidos en medio de los avatares de la vida.
Y, allí, en aquel escondido rincón del bosque que ya no existía, un mar de almas inocentes y puras volaba hacia un cielo infinito y azul donde la paz y la alegría serían eternas.










viernes, 26 de abril de 2013

La dama de azul






La veía cada vez que  firmaba ejemplares de mi última novela publicada. Esto sucedía cada dos o tres años. Ella llevaba gafas de sol,  como  siempre
Aunque no era ese el único detalle por el que la recordaba. Vestía impecable y elegantemente de azul. Un tono distinto cada vez.
Hoy lucia un traje chaqueta azul claro que hacia juego con un bolso de moderno  diseño y  zapatos de discreto  tacón.
Era de estatura normal y bien proporcionada. Cuidaba el menor detalle de su aspecto personal, no cabía duda.
Cuando tuve el libro en mis manos para la dedicatoria la pluma obedeció al dictado de un inesperado  pensamiento.
- ¿Podría invitarla a un café?
No mostró la menor sorpresa, más bien escribió a continuación:
- ¿Cómo negárselo a mi fiel valedor?
Nunca hubiese esperado tal respuesta. Intrigado, nos acomodamos en un rincón de la cafetería de aquellos grandes almacenes.
Pidió un café con leche con  ensaimada y yo un cortado.
- Se ha quedado usted blanco al leer mi frase –espetó dejándome todavía más confuso.
- Desde luego, lo admito. Estoy por pensar que mi capacidad de sorpresa no alcanzará límites con lo que vaya a decirme.
La miré más detenidamente. La pantalla de sus gafas me impedía ver su mirada.  Así que fui descubriendo un rostro sereno, apacible, poblado por una boca pequeña bien dibujada, de labios finos sin pintar.
Lo completaban unas mejillas sonrosadas y una delicada naricilla acorde con un suave mentón. Su frente era amplia y se recogía el largo pelo en una coleta  que se mecía con gracia juvenil  a cada movimiento suyo.
Percibió mi discreto escrutinio y sonrió como la Gioconda lo hiciera en su  día al ser pintada por Leonardo da Vinci. Me asombró esa sonrisa, luminosa como un amanecer y tibia como los primeros rayos de sol. 
Me miraba entre divertida y expectante, dándose cuenta de mi azoramiento, algo inexplicable en mí, pensé.
- He leído todas las novelas de Armando López Ibáñez: “El puente del olvido”, “La palabra mágica”, “Un adiós al amanecer”, entre otras.  Todas, ya le digo. Y esta última, por supuesto, la que tengo en mis manos.
Dibujé mi mejor sonrisa.
 - Lo sé, Elisa, yo mismo se las dediqué una tras otra.
Percibí un  grato aleteo en su interior al pronunciar su nombre.
- Las firmé con la estilográfica Mont Blanc que siempre lleva consigo, un modelo de 1935, edición especial. Está en el catálogo  de las más buscadas.
Ahora su rostro mostró franca sorpresa.
- Es un recuerdo de mi tatarabuelo que pasa de generación en generación. Es usted muy observador, no creí que reparase en ese detalle.
Volví a sonreír, esta vez más seguro de mí mismo.
- Le haré una confesión, Elisa –y de nuevo su nombre en mi voz le agradó-.
Me fijé en usted, en el mejor de los sentidos, claro, cuando le dediqué mi primera novela, “El Tren”. Me llamó la atención, al igual que ahora, su elegancia natural, el azul predominante  en  su cuidado  vestuario.  Y no es un halago, es constatar un aspecto de usted que permanece invariable desde entonces. Afortunadamente.
Mojó un trozo de  ensaimada en la taza y se lo llevó delicadamente  a sus labios sin dejar de mirarme fijamente. Seguía entre curiosa  y distendida.
- Debe de conocer muy bien a las mujeres, ¿verdad?
La pregunta me dejó desarmado por completo.
- No es que me entrometa en su vida personal, Dios me libre. –prosiguió-. Es constatar también el hecho de que me recuerde tan bien. Y si le pregunto qué vestimenta llevaba aquel día…. ¿sabría decírmelo?
Claro que me acordaba. Elisa lo intuía.
- Una falda azul oscuro y una blusa sin mangas, color cielo difuminado.
Me dedicó una media carcajada echando la cabeza hacia  atrás y seguí el camino de su coleta, que trazó una bonita cabriola.
- Luego dicen que los hombres no tienen memoria, que no se fijan en las mujeres. Sin duda usted será la excepción, ni yo misma sabría decirle qué me puse hace tres días.
Entonces, sin que lo esperase, se quitó sus gafas de sol. Y el milagro se obró: pude acabar de dibujar el paisaje de su bonito rostro.
Lucía unos ojos grandes, de mirada serena y tranquila, con apenas un toque de rimel que destacaba el marrón de sus pupilas. Aunque algo bullía en ellos.
- ¿Por qué ese interés tan particular por mí que hasta recuerda cómo iba vestida hace tantos años? A ver, dígamelo, por favor.
- Verá usted, yo…
- Aún le diré más, me he dado cuenta de  que la protagonista de su novela, “La Dama de Azul”, además de llevar mi nombre,  coincide exactamente con mi descripción física. Por eso le dije que no podía negarle un café a mi valedor. –dijo y esperó a que me recobrase de su descubrimiento.
- Touché, Elisa, me desarma usted. Aunque no siempre, los escritores tomamos los personajes de la realidad.  Tenía el argumento más o menos en la cabeza aunque me faltaba saber cómo eran  los actores  de la historia. El de la princesa era primordial, el más importante;  debía ser dulce y de gran personalidad, fuerte y abnegada, comprometida con los acontecimientos que iban a producirse. Sensible y cariñosa y, desde luego, con una belleza tranquila y acogedora. Y pensé que usted era la imagen femenina que buscaba.
Se reclinó hacia atrás,  distendida, observándome  largamente.
- El de la princesa Elisa,  hija del rey Gumersindo y la reina Claudia. –rió de buena gana-. Jamás hubiera imaginado verme envuelta en tantas y  emocionantes aventuras. ¿De veras pensó que sería  como la heroína de la novela? Está equivocado, Armando, muy equivocado. –había pronunciado mi nombre con  naturalidad, como si nos conociéramos de siempre.- Para nada me parezco a la princesa Elisa.  Soy una mujer muy tranquila y sosegada, de rutinarias costumbres, lo normal en un ama de casa corriente.
 Consultó el reloj de pulsera brevemente y prosiguió.
- Esta novela cuenta una historia de amor en  la Edad Media, un tema quizá manido pero al que usted ha sabido darle un desarrollo original,  adictivo diría yo, como en todas sus obras. Me convierte usted en una princesa prometida desde pequeña al hijo de un sanguinario y  tirano señor feudal.
- Elisa, en este tipo de historias siempre hay un personaje  desalmado y brutal que comete tropelías de todo tipo, como  Sir Faldemor.
- Y ahí está  la pobrecilla Elisa, la princesita dulce que prefiere jugar con el  escudero de su padre antes que con Balfegor, el primogénito de Faldemor. Por eso  las represalias  contra  Richard, el escudero. – contaba ella,  aplicada  en el relato.
-  Los encuentros furtivos cuando  son adolescentes y no quieren asumir que nunca estarán juntos. Las presiones y amenazas  de Faldemor al rey,  acorralado y sin apenas  ejército para defender su reino  -la ayudé en el relato.
Tomó el último sorbo de la taza  y siguió mirándome curiosa.
Todo en ella era placidez, emanaba tranquilidad y sosiego. Apenas pestañeaba y sus ojos eran soles suspendidos en el óvalo perfecto de su rostro.
- Qué romántico es  Richard, cómo escala la torre de la princesa para recitarle un verso de amor. Ese beso que describe usted tan magistralmente, como si el lector estuviera allí delante, viéndolos en su arrullo de enamorados y….­-pareció dudar – deseando sentir un beso  así.
El pensamiento de Elisa se perdió en un lejano lugar recordando la escena.
- Debo confesar que a las mujeres nos gustan ese tipo de historias, tan llenas de romanticismo, un bien escaso en los tiempos que vivimos. Y lo mejor es que no lo hace con un tono rosa, edulcorado y cursi.  Sus personajes siempre son reales, es fácil identificarse con ellos. ¿Qué mujer no soñó vivir alguna  vez una aventura tan romántica y trepidante como la princesa Elisa, o encontrar de nuevo  el amor como Amelia en un viaje de tren?
- Me halaga usted, Elisa
- En absoluto. Sabe retratar muy bien el mundo de los sentimientos, en especial el de las mujeres, Por eso aseguraba al principio que nos debe de conocer muy bien. Desde luego en cada novela la protagonista no tiene nada que ver con la de otra historia. Se adentra en  rincones  íntimos y secretos del alma femenina, cada vez me sorprende usted más. ¿Cómo lo consigue? Es asombroso, de veras.
Lo pensé antes de contestar.  
- Cada mujer, Elisa, es todo un universo diferente al de otra mujer. Y cada hombre, estoy convencido, es un habitante distinto en cada mundo  femenino que haya conocido, conozca o pueda conocer. Por increíble que le parezca, llego a transformarme en el personaje masculino de cada novela, siento que estoy dentro de la historia y la vivo como si todo me sucediera a mí. En “La dama de Azul”, he sido Richard, al igual que en “El tren” fui Lorenzo. Yo mismo me sorprendo de mi capacidad de cambio; sólo al acabar una novela vuelvo a ser de nuevo Armando López Ibáñez.
Elisa me miraba con mayor interés. Mis últimas frases sin duda estaban en concordancia con sus ideas al respecto, esa sensación me dio.
- No solo el aspecto sentimental -prosiguió ella-  todo cuanto se refiere al tema bélico, de acción, se visualiza muy fácilmente; estamos tan pronto en las almenas arrojando aceite hirviendo a los atacantes  como dando mandobles cuerpo a cuerpo.
Esbozó una sonrisa complacida y dijo:
- ¿Imagina usted la cara que pondrían cuantos me conocen, si supieran que la protagonista de su novela,  la valiente Elisa, soy yo? – rió de de buena gana-  ¿Me imaginarían con una espada en la mano luchando por el trono de mi padre en lugar de manejar una batidora de dos velocidades? – su risa hizo cascabelear de nuevo  su coleta atrayendo mi atención -. Lo más terrible fue la lucha final entre Richard y Balfegor. Con mil heridas, Richard,  sangrando por todos los poros de su piel, cuando la espada de  Balfegor iba directa a su corazón, sacó la aguja del pelo que su amada le regaló y la hundió en la  garganta del malvado.
Hizo un gesto de alivio, como si ese instante  violento terminase de suceder ante sus ojos, estremeciéndola.
Sin duda Elisa era una mujer muy singular. Su presencia tranquila y reposada, de mirada acogedora y serena, semejaba  una isla que invitaba a  varar nuestra barca después de una tormenta.
- Debo marcharme  en breve– de nuevo ojeó  el reloj-. 
Se puso las gafas de sol dejándome sin el candor  de sus ojos.
- Le doy las gracias por compartir este momento conmigo, -le dije.
- No tiene por qué; si acaso yo por tantas historias con que nos deleita su pluma. Para mí ha sido muy  revelador este diálogo, se lo aseguro.
La miré queriendo atravesar el tinte de los cristales.
- ¿Cuándo podré invitarla de nuevo a un café?
Quitándose las gafas me  miró enigmática, en una media sonrisa difícil de interpretar.
- Depende de lo que  tarde usted en publicar otra novela –sentenció-.
Me incorporé al tiempo que ella, pues ya se marchaba.
- Entonces la empezaré ahora mismo.
- Eso espero. –sonrió-.
- No debería decírselo pero….-tardé un poco en proseguir- quizá las aventuras de la princesa Elisa y Richard no han terminado todavía….
Al tiempo que se alejaba exclamé:
- No le dediqué la novela, Elisa.
- Mañana me pondré de nuevo en la cola –contestó.
Y se fue dejándome su enigmática  sonrisa de Gioconda.

                                   - - - - - - - - - - -