sábado, 13 de febrero de 2016

Las cinco y el dios del mar




Era un luminoso día de mediados de Mayo. La radiante primavera llevaba en el aire los mejores aromas de los huertos y de los campos floridos  colmados de azahar, jazmines  y mil  esencias silvestres. La vida bullía por todas partes, radiante y lujuriosa, invitando a gozarla generosamente.
La bahía estaba llena de lanchas y barcos, pequeños y grandes, surcando las aguas tranquilas y azules. Las olas llegaban suavemente a la orilla de la playa que empezaba a llenarse de bañistas y sombrillas multicolores, como hongos tempranos que poco a poco lo invadirían todo.
Marina y sus amigas, Natalia, María, Pili y Eva estaban en el pantalán del Club Náutico “Elcano”, poniéndose los trajes de neopreno y los escarpines, a punto de subir al pequeño catamarán cuando el abuelo de Marina apareció en el muelle con una gran bolsa.
- Eh, muchachitas, olvidabais las hamburguesas y las coca colas.
El abuelo siempre tan atento, pensó la nieta, no se le escapaba un detalle. Les dio un beso a todas y les soltó las últimas recomendaciones; que no se fiaran del mar aunque estuviera tranquilo y que no se alejaran demasiado.
Todas le prometieron que se portarían bien y una vez se alejaron  de la costa una sensación de gozosa libertad las inundó con aquella brisa marina fresca y vivificante.
Marinita gobernaba con presteza el catamarán, su madre y su abuelo eran patrones de barco, y la habían instruido sabiamente. Por eso llevaba el timón, la pequeña nave estaba en buenas manos. En todas las salidas que hacían se lo pasaban muy bien. En medio del mar nadaban y buceaban incansables,  el mar era su pasión, especialmente de Marinita, por estar su familia tan ligada al mar.
Después subían al barco y tras dar  buena cuenta de la apetitosa merienda, terminaban tumbadas en la red para  la siesta.
Así estaban ahora, dormitando haciendo la digestión cuando  Natalia fue la primera en darse cuenta de que el barco se movía solo. No soplaba ya el viento de poniente que las había llevado hasta esa latitud. El balanceo de las olas se había convertido en una navegación suave al principio, pero que luego fue incrementándose hasta tomar la velocidad de un fueraborda de potente motor. Las cinco se incorporaron sobresaltadas. Y muy asustadas.
Se quedaron mirando a Marinita para que, como experta navegante, encontrase una explicación a lo que estaba pasando. Pero ésta, aunque era la más pequeña, pues tenia 13 años y sus amigas 14 y no se arredraba fácilmente, estaba tan desconcertada como las demás.
La situación pintaba cada vez peor, el catamarán volaba sobre las olas como un veloz proyectil. Las chicas se sujetaron como pudieron al pequeño mástil, a la red, a lo que tenían más a mano. Lo más curioso era que la superficie del mar estaba increíblemente tranquila, como un espejo en el que se reflejaba pacíficamente el sol de aquel esplendoroso día de Mayo.
Gritaron aterrorizadas cuando vislumbraron un remolino que giraba sobre sí mismo a una velocidad aterradora. Iban derechas hacia él, irremediablemente. No tenían escapatoria. Era una situación absurda, pensaron. Iban a morir. ¿Por qué les tenían que pasar estas cosas? Solo era un simple paseo en el barco de Marinita, como tantas veces. Aquello no podía estar pasando.
El catamarán de Marinita con sus amigas cayó en picado sobre el centro del gigantesco remolino. Sólo alcanzaron a ver el resplandor del cielo azul antes de que se las tragase aquella furiosa trituradora marina.
Se agruparon dificultosamente bajo el agua y cuando trataban de subir a la superficie vieron con estupor cómo una gigantesca almeja, o una ostra, -no lo supieron-, se les acercaba a ellas a la velocidad del rayo.
Se abrió del todo y se las fue engullendo una a una, en un abrir y cerrar de ojos. Su interior era un espacio estanco según comprobaron las cinco. 
- Esta oscuro, Marinita,
- Sí, Pili, sí. Y calentito, se me ha secado el pelo de repente.
- Es increíble –dijo Natalia-, Y viajamos rápido dentro de esta almeja o lo que sea.
- Chicas, esto no me gusta nada. –dijo Eva asustada.
Aquel improvisado submarino en el que viajaban se detuvo finalmente. Y al abrirse  por completo  quedaron boquiabiertas. Estaban dentro de una especie de palacio bajo el mar. Millones y millones de increíbles peces luminosos relucían para mostrar un salón de extraordinarias dimensiones, más bien era una pradera marina a cuyos lados se alineaban cuidadosamente dispuestos incontables pecios de barcos de  todas las épocas, estilos y tamaños.
A modo de techo flotaba sobre sus cabezas un mosaico de fantásticas medusas de mil formas y colores  que poseían luz propia, como lámparas que se mecían suavemente las unas  a las otras.
Una raya descomunal se posó delante de ellas para que subieran. Como nadaba a gran velocidad en un santiamén las llevó al otro extremo del lugar. Entonces repararon en que todos los orificios de su cuerpo estaban  herméticamente cerrados. No podían  abrir la boca, ni tampoco les entraba agua por la nariz. Y respiraban.  No tenía explicación pero así era.
Se vieron delante de un ser tan majestuoso como increíble, mitad pez y mitad hombre. Era muy alto y dos sirenas también muy altas le acompañaban en un trono  de conchas marinas.
Las cinco se miraron abrumadas por la escena de la que formaban parte.
Pasó algo que no se  esperaban. Aquel personaje insólito habló. Aunque lo de hablar fue un decir. Vieron que movía la boca y unas burbujitas salieron de ella. Estas burbujitas se metieron en los oídos de  Eva, Natalia, Marinita, Pili y María y se convirtieron en palabras. Les hacían cosquillas pero las entendieron.
- Soy  Poseidón, dios del Mar,  hijo de Cronos y hermano de Zeus.   Me habéis puesto tantos nombres  como culturas y pueblos poblaron la Tierra. Llamadme Neptuno si queréis, os resultará más familiar. Os he traído hasta mis dominios para que seáis testigos de lo que esta pasando. Sois muy jóvenes, alevines de mujer, y os gusta mucho el Mar,  navegáis en el pequeño catamarán de Marinita muy a menudo. Ahora mirad en derredor, os presento a mis súbditos, los habitantes del Mar.
Neptuno hizo un gesto con el brazo que sujetaba el tridente de oro.
Las cinco descubrieron entonces la infinita variedad de peces y seres marinos que nadie pudo antes contemplar. Desde el diminuto plancton hasta la majestuosa e impresionante ballena azul. Apenas sí unos pocos peces les resultaban familiares, de tantos que había. Era increíble.
- Son una representación de cada especie de peces; ellos y mis dos hijas aquí presentes, Nori y Chuli –las sirenas hicieron un movimiento de cabeza- formamos el Consejo del Mar y tomamos las decisiones pertinentes. Estamos muy preocupados, nuestra propia existencia y también la vuestra están  en peligro. Es tan grave el asunto que no le vemos la solución. Mayormente porque no depende de nosotros específicamente, los habitantes marinos.
Neptuno hizo un gesto de cansancio y dejó el tridente en manos de su hija Nori. Estuvo pensativo por unos momentos antes de que unas burbujas con más palabras salieran de su boca.
- Sería muy larga la explicación, muchachitas. Y os aburriría. Los viejos como yo tendemos a hablar más de la cuenta. Os voy a proponer un pequeño viaje por el Mar. No por la superficie si no por dentro, más allá de  donde ningún ser humano haya podido llegar. Os daréis cuenta de que nos extinguimos lenta,  pero inexorablemente. Y también vosotros como no rectifiquéis. Mis súbditos mueren poco a poco, es una carrera que no puedo detener aunque sea un dios. La superficie terrestre, la Tierra,  mi hermana, también agoniza como yo. No contentos con destruir selvas y bosques tiráis al Mar toda vuestra basura, los ríos desembocan llenos de veneno y ahora llenáis el fondo marino de bidones radiactivos para perderlos de vista cuanto antes con la vana esperanza  de que mis aguas puedan disolverlos y  desaparezcan para siempre. 
Cada día mueren más y más peces, especies enteras dejan de existir.  Una cosa es que os alimente con ellos, hasta permito que saquéis petróleo de las plataformas horadando mi lecho marino.
Pero otra es que ni les deis tiempo a que se reproduzcan por no respetar sus ciclos vitales. A este ritmo de capturas no quiero deciros cuánto tiempo os queda de pesca para no asustaros. Lo descubriréis muy pronto  vosotros mismos.
Neptuno tenía cara de enfadado, las cinco se dieron cuenta. Las burbujas llenas de palabras y sonidos eran cada vez más gordas y chirriaban en los tiernos oídos de las niñas que no sabían cómo terminaría aquello.
- Nuestro padre –dijo Chuli, la hija de Neptuno- de vez en cuando monta en cólera y pierde los estribos y  os manda tempestades, maremotos y galernas, hunde barcos  y quiere ahogaros a todos. Casi lo consigue en el terrible tsunami que os envió no hace mucho. Nunca le vimos tan furioso, no sabemos  todavía qué le hizo  detener su tridente destructor.
- Sea, cúmplanse mis órdenes – exclamó Neptuno imperiosamente.
Sucedió una cosa inexplicable. Marinita, Noelia, Pili, Eva y María se convirtieron en merluzas. Así, de repente. Nori y Chuli, las hijas  del dios del Mar les acompañarían.
Las cinco amigas se miraron las unas a las otras completamente desconcertadas. Y asustadas. Habían perdido su esbelta figura de adolescentes para ser unas lindas y brillantes merlucitas.
Fue un viaje tan sorprendente como maravilloso. Primeramente descendieron a los más profundos espacios abisales, donde ni siquiera el batiscafo más potente podría  llegar al primer nivel. Las escamas de las Princesas se iluminaron y así podían ver por dónde iban. Descendían y descendían sin detenerse y sin  notar el menor frío en esas profundidades porque las sirenas también les proporcionaban calor.
Al llegar al fondo del todo el espectáculo les conmovió. Como un pueblo inmenso se abrió ante sus ojos. Millones de lucecitas brillaban como si fueran casitas en medio de un paisaje de montaña. Vistos más de cerca eran peces de extrañas y aterradoras formas, como de otro mundo. Marinita y sus amigas estaban boquiabiertas. Nadie podría sospechar el infinito número de peces que vivían en tan inhóspitas regiones.
Después ascendieron lentamente, siempre detrás de las Princesas. Condujeron a las merlucitas por inabarcables bosques marinos; como era primavera la posidonia estaba cuajada de frutos, pequeños, parecidos a una aceituna. El pasto marino se extendía fértil, generoso en su alimento para los peces y habitantes del mar, cobijo y reposo para muchas especies.
La gigantesca alga kelp se enseñoreaba también  de un amplio paisaje, al igual que otras muchas variedades de ellas; constituían un alimento muy apreciado y abundante para muchos pueblos que las recolectaban.  
Siguiendo la estela de Nori y Chuli recorrían largas distancias, de un  Océano a otro, de un Mar al siguiente. Conocieron el Mar de los Sargazos  y en el Estrecho de Mesina la Princesa  Chuli les explicó que en la antigüedad decían las leyendas que habitaban  monstruos que devoraban a los marineros y se tragaban barcos enteros.
Nadar sobre los bancos de coral fue un regalo para los ojos y los sentidos. Cuando  el sol se filtraba a través de las aguas era una sinfonía de color inigualable.
Nadaron incansables por aquel espacio infinito que era el Mar, el reino de Neptuno, el padre de las Princesas. Vieron de todo; la belleza deslumbrante que esconde el Mar pero también su agonía,  la feroz degradación a que el hombre la somete día a día. Escombros y restos que lo cubrían todo tornando las aguas putrefactas y destruyendo cualquier asomo de vida a su alrededor. Y con el miedo pintado en su rostro vieron los bidones radiactivos alineados hasta perderse de vista, como un inocente elemento más en aquel precioso paisaje submarino aunque llevando en su interior la simiente más mortífera y letal, una auténtica bomba de relojería sin marcha atrás.
- Mi hermana Chuli y yo nos retiramos ahora –dijo de repente Nori-. Nadaréis solas por donde os plazca. Dependeréis de vosotras mismas. Sed inteligentes y prudentes, no os fiéis de nada ni de nadie. Podréis convertiros en el pez u organismo marino que más os guste siempre teniendo en cuenta que si una cambia de forma las demás también lo harán. Y siempre y en todo lugar y momento los ojos de mi padre y los nuestros os vigilarán y seguirán vuestros pasos. Hasta luego, merlucitas…… - y sonrió graciosamente con la elegancia de una Princesa que era.
Las cinco no sabían qué hacer aunque la libertad recién obtenida les hizo ilusión.
- Siempre quise ser una tortuga gigante –dijo Marinita.
Y al instante todas fueron tortugas. Nadaban una detrás de la otra, pausadamente, gozando de su nueva situación y sintiéndose protegidas con su poderoso caparazón, eran como blindados marinos, ningún pez las mordería. Los demás habitantes del Mar las contemplaban sorprendidos, nunca vieron una formación de tortugas tan bien alineada.
Así disfrutaron un buen trecho hasta  que de repente Natalia quedó inmovilizada, como  también les sucedió a las demás.  No se dieron cuenta de ello hasta que no había remedio para ninguna.
- Es una red a la deriva –advirtió Marinita.- Mirad a nuestro alrededor.
La sangre se les petrificó en las venas. Había multitud de peces de todos los tamaños enredados, las bocas abiertas en un  grotesco gesto de dolor antes de morir de agotamiento y desesperación. Fue espeluznante verlos, ninguno pudo escapar y ese era el triste final que les aguardaba. ¿Qué otra cosa podían esperar si no debatirse inútilmente hasta desfallecer?
- Miradme, chicas –dijo Eva- Convertíos como yo, rápido.
Al momento se transformaron en poderosos peces-sierra, especie de escualos de gran tamaño. Y con gran presteza cortaron la red para quedar libres. Pero no contentas con ello la serraron  por completo para que dejara de ser un peligro en lo sucesivo.
- Ufff, de buena nos hemos librado, ¿eh? –exclamó María al verse libre.
- Unámonos a esa inmensa formación de peces, allí dentro pasaremos desapercibidas y haremos amistades. –propuso Pili.
El cardumen, también llamado banco de peces, contaba con innumerables sardinas, caballas y arenques. Tuvieron que tener cuidado para no despistarse entre tantos, era como estar en un concierto atestado de gente. Pero se sentían seguras y saludaban a las otras  sardinas.
Una vez más sucedió algo extraño. Se vinieron unas contra las otras, apretujándose y comenzaron a ser  izadas a la superficie.  Marinita lo comprendió en seguida. Habían caído en la red de un barco de pesca. Pronto saldrían del agua y ya en la cubierta no tendrían la menor oportunidad.
De nuevo fueron peces-sierra y abrieron de par en par la red liberando a todos sus compañeros. En su fuero interno  imaginaron la cara de sorpresa que pondrían los pescadores al ver la red con semejante  agujero y ni un solo pez dentro.
Suspiraron de alivio al verse fuera de peligro y Natalia dijo:
- Siempre quise tener tantas manos como un pulpo para hacer todos los deberes  de una.  Os propongo que seamos pulpo, será divertido.
Y así fue. Cinco pulpos juntos era un espectáculo digno de ver.  Se abrazaron las unas a las otras, se retorcieron, se persiguieron y jugaron como nunca lo habían hecho. Hasta que apareció, súbitamente,  un trío de morenas, contemplada también la escena por congrios, ambas especies enemigos naturales de los pulpos.  
Las cinco se asustaron mucho al ver aquellos dientes tan afilados que poseían las morenas y esa cara de expresión torcida como la de una hiena que tenían. Por puro instinto juntaron sus cabezas globosas formando una poderosa barrera con los cuarenta tentáculos armados de ventosas que sumaban entre las cinco.
Las morenas se detuvieron en seco al ver semejante y desconocido monstruo que movía un sin fin de  brazos al mismo tiempo.  Era terrible y amenazaba con atraparlas  a las tres si  se acercaban a él.
Así que a toda la velocidad de la que fueron capaces se camuflaron en  una oscura oquedad. Los congrios viendo lo que sucedía se esfumaron discretamente.
- No ganamos para sustos.
- Desde luego, Marinita, desde luego –aseguró también Eva.
- Por si vienen de nuevo escondámonos dentro de aquellas vasijas.
Así lo hicieron. Y como estaban agotadas  después de tantas aventuras y sobresaltos, se durmieron plácidamente  en el interior de aquel improvisado y  acogedor refugio.
Menos mal que Marinita tenía el sueño ligero y eso fue lo que las salvó otra vez. Así que asumió la situación cuando la vasija empezó a emerger, gritó lo más fuerte que pudo:
- ¡¡¡ Natalia, Eva, Pili, María, deprisa, deprisa, salid de aquí lo mas pronto que podáis, no perdáis ni un segundo!!!
A su orden salieron apresuradamente y vieron cómo las vasijas, atadas unas a la otras junto con otro buen número de ellas,  eran izadas a la superficie.
- Son una trampa mortal para los pulpos; tienen querencia por esconderse en espacios que creen seguros y eso les pierde; es un arte de pesca que utilizan los pescadores que lo saben.
De nuevo el corazón les iba acelerado después de este último percance.
- Pues seremos atunes, son unos peces impresionantes de más de doscientos kilos de peso – dijo Marinita.
Convertidas en atunes adultos se sintieron fuertes y seguras como cuando fueron tortugas. Descubrieron a lo lejos una gran formación de individuos  y allá que fueron a unirse con los demás de su especie.
El atún era un pez hermoso, fuerte, de cuerpo esbelto y nadaba muy rápido.
Estaban orgullosas y contentas de ser atunes, se miraban y se daban cuenta de  lo bien que les sentaba su nuevo aspecto.
Y de nuevo pasó algo parecido a lo que sucedió cuando eran sardinas. Otra red, invisible hasta ese justo momento, las izaba rápidamente. Cundió el pánico sin que nadie pudiera evitarlo. Chocaban los unos contra los otros, desesperados en su inútil huida.  Dentro del agua la red formaba como un coso acuático, una piscina dentro del mar. Los ojos ansiosos y prestos de los marineros las devolvieron a la dura y cruel realidad. Aquello era la famosa “levantá”, el momento crucial en que los atunes son izados a la superficie para ser pescados con el arpón. Marinita y sus amigas no sabían cómo zafarse y huir de allí. Todos corrían enloquecidos para no ser blanco de los marineros. Pero eran muy diestros y manejaban el arpón con maestría; no en vano era una costumbre que ya se utilizaba desde los fenicios y demás pueblos que poblaron el Mediterráneo.
Marinita estaba angustiada, no veía a sus amigas;  Pili y Eva,  que hacía unos segundos permanecían con ella; ya no estaban. Fue en ese momento cuando sintió la punzada del arpón y vislumbró la cara del marinero que se lo clavaba. Fue el dolor más terrible que había sentido jamás. Comenzó a salir sangre a borbotones, como un grifo que se deja abierto.  El  agua a su alrededor era roja, todos los demás atunes se convulsionaban heridos de muerte con los arpones clavados en sus bellos cuerpos. Aquello iba a ser el fin, pensó; en su tragedia inminente creyó vislumbrar a sus amigas, también debatiéndose sin remedio, desangrándose en aquella carnicería.
Una pequeña luz la alumbró por un instante, el suficiente para gritar sin oírse a sí misma siquiera….
- Amigas, oídme, por Dios, que seamos plancton, por favor, Dios mío....
Y el ensalmo funcionó de nuevo. Sin poder  explicárselo estaba  fuera de la red, convertida en un insignificante corpúsculo,  un diminuto organismo, el más simple, que  flotaba y era arrastrado por la corriente para ser alimento de los peces más grandes.
Un gigantesco cuerpo de escamas se interpuso en su camino. ¿A qué nuevo peligro iba a enfrentarse esta vez? Ya no tenía fuerzas para luchar más. Que fuese lo que Dios quisiera.
Pero su corazón se llenó de júbilo al ver a sus amigas pegaditas en una escama de aquella sirena que no era otra  si no la Princesa Nori.
Las cinco se abrazaron contentas por haberse salvado y la Princesa las devolvió de nuevo a su estado de merlucitas.
- Ahora nos reuniremos de nuevo con nuestro padre el dios Neptuno para dar cuenta de vuestras correrías. Ya no debéis temer nada a nuestro lado.
Marinita estaba fascinada viendo a las sirenas-Princesas. Eran guapísimas, lucían una larga melena; Nori era de pelo negro azabache y Chuli rubia como una lluvia de oro. Su medio cuerpo humano era la perfección femenina absoluta. Ni el gran Miguel Ángel soñaría esculpir unas formas como aquellas. La cola era poderosa y  grácil al mismo tiempo;  iba en consonancia con la bella suavidad  de su talle femenino, toda ella era un conjunto armonioso y seductor para quien las contemplase.
Marinita no pudo resistir la tentación. Sus amigas leyeron su pensamiento y asintieron.
- ¿Podemos pediros un favor antes de llegar a palacio?
- Pídelo y si es razonable y está en nuestras manos quizá os lo concedamos.
- Queremos ser sirenas como vosotras, aunque sea por unos instantes, nos hace mucha ilusión.
- Vale, pero no se os ocurra decírselo a nuestro padre, ¿eh?
No tenía explicación pero quedaron convertidas en sirenas. Eso sí, un poco de menor tamaño que las Princesas.
Fue fantástico. Y era facilísimo nadar siendo sirena. Las cinco se miraron extasiadas, nunca se sintieron tan a gusto como en esos momentos. Hicieron cabriolas, jugaron al   corro de la patata, compitieron en carreras, se divirtieron  al escondite;  hasta bailaron al son de unos peces flautas que se congregaron sorprendidos de ver a siete sirenas juntas. Cuando dejaron de bailar una multitud de peces aplaudió con sus aletas y sus colas admirados por tan sublime espectáculo.
Se hizo de noche y llegaron a unos acantilados. Era un lugar inhóspito, azotado por mil vientos y  donde se levantaban unas olas gigantescas que barrían el lugar ferozmente. En lo alto brillaba una luna llena que sacó destellos de plata en las escamas de las sirenas cuando se apostaron en un saliente. No supieron cómo pero una melodía dulce y sensual empezó a salir de sus gargantas. Como un profundo susurro, largo, intenso. Las cinco miraban absortas el astro lunar, diríase que les inspiraba aquel canto tan misterioso y sutil.
Unas formas que se movían aparecieron en el horizonte. Eran apenas tenues trazos que, poco a poco,  se fueron agrandando conforme se acercaban a la costa. Y el melodioso canto de las sirenitas se hizo más fuerte y vibrante conforme los barcos estaban más próximos.
Las naves iban directas a los peligrosos salientes rocosos. Marinita y sus amigas cantaban y cantaban, cada vez más imperiosamente. Llamaban a los marineros, pronunciaban sus nombres, los invitaban a reunirse con ellas.
Marinita estaba desconcertada. Por un lado no podían dejar de cantar y por otro aquellas naves se estrellarían sin remisión contra las rocas.
- ¿Os dais cuenta de la situación, lo que está pasando, sirenitas? –dijo Chuli.
- Pues sucede  -siguió ahora la Princesa Nori-  que las sirenas atraemos a los marineros, los tentamos con nuestra melodiosa voz para que se unan a nosotras y nos liberen de nuestra soledad y nos conviertan en  mujeres de verdad.
Asomaron unas lágrimas en sus ojos, fruto de una nostalgia desconocida.
- Aunque….-la Princesa se sobrepuso- debemos irnos de inmediato antes de causar un accidente. Esto que os he contado era una costumbre antigua. Ahora solamente quedamos dos sirenas, mi hermana Chuli y yo. Y os confesaré un secreto. De la unión de una sirena con un hombre únicamente nacían hembras, Y todas, sin excepción, eran pelirrojas. Cuando veáis una chica con el pelo de ese color pensad que es descendiente de una sirena. Por eso abunda tan poco el pelo rojizo.
Marinita y sus amigas estaban sorprendidas por aquella revelación. Era una historia increíble pero indudablemente  cierta. Nada menos que una sirena de verdad, hija del Neptuno, dios del Mar, se lo había contado.
Neptuno las recibió afablemente. Se le veía contento. Lo primero que hizo fue devolverles su estado humano.
- Todo se ha desarrollado según  lo previsto y habéis actuado con sentido común y de buena fe gracias a vuestro gran corazón. Habéis visto las maravillas del Mar y los peligros que amenazan al Mar. y siendo peces comprendisteis que gozan y sufren como seres vivientes que son.
Volved  a la superficie y cuidad de  nosotros, decidle a todo el mundo que si el Mar  muere la Vida se extinguirá del planeta para siempre. Marchad  en paz.
Se despidieron de Neptuno, de las Princesas Nori y Chuli, de todos los presentes. Lloraron como nunca habían llorado y sus lágrimas, convertidas en burbujas de color rosa,  fueron recogidas por una ostra gigante que las transformó  al instante en una perla de gran tamaño.

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El sol de la tarde dibujaba la sombra alargada del catamarán de Marinita en la tranquila superficie del mar mientras corría un vientecillo muy agradable. Poco a poco fueron despertando; la primera fue Marinita que, como siempre, tenía el sueño más ligero.
- Chicas, he tenido un sueño tan fantástico e increíble que si os lo cuento me diríais que estoy loca.
- Pues el mío flipa de verdad –aseguró Natalia-.
- He soñado que era una sirena –terció Eva.
- Pues yo conocí a Neptuno – sentenció María.
- También yo fui una sirena, y hasta una tortuga gigante en mi sueño –concluyó Pili.
Una corriente mágica y extraña se apoderó de las cinco amiguitas. Se miraban las unas a las otras trasmitiéndose el sueño a través de un hilo invisible que era tan real como ellas mismas.
- ¡¡¡Mirad esto!!! – gritó sobresaltada Marinita.

Y todas clavaron la mirada sobre el extremo de popa de la red.

Una perla de gran tamaño, rosada como delicado pétalo de flor, brillaba reflejando los últimos rayos de sol de aquella maravillosa tarde de mediados de Mayo.

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domingo, 18 de octubre de 2015

Chanel nº 5


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El inspector Casimiro Canales no sabia a qué conclusión llegar por más vueltas que le daba a los dos casos pendientes. El primero de ellos contemplaba la cuarta víctima en cuestión de tres meses; el mismo tipo de muerte e idénticas  circunstancias. Varones, de 40 a 50 años y de buena posición social eran las  coincidencias comunes. 
Éste que examinaba  ahora tenía la misma expresión de arrobamiento en su rostro que vio en los otros anteriores. La muerte debió de sorprenderle realizando algún acto sumamente gratificante por lo que se podía deducir.
Estaba desnudo, apenas media sábana cubriéndole. La habitación, en orden. Seguro que los de científica no encontrarían otras huellas que las del muerto y las de las mujeres de la limpieza por mucho que se esmerasen en la labor. 
Era tarde y en vez de irse a dormir, volvió a  comisaría. Con un gesto de cansancio saludó a Adela. Era su ayudante y tenía guardia esa noche. Intuyendo sus pensamientos, depositó sobre la mesa del Inspector los expedientes del  "Caso del hotel" y "La mujer del descampado." Luego le trajo un café doble;  le haría falta.
El inspector tenía claro, en el primer sumario, que los varones  habían pasado la noche con una mujer y  no despertaron jamás. Los hoteles eran de cinco estrellas, los más lujosos de la ciudad. En  las grabaciones de las cámaras de seguridad se veían acompañados de una mujer muy alta, con toda seguridad sobrepasaría el metro ochenta. Tan pronto era rubia como morena; o pelirroja. Vestida de traje chaqueta con pantalón la primera vez y con falda corta en  la segunda ocasión;  con  atuendo informal la última. Se intuían prendas caras, de boutiques exclusivas. Con toda certeza era la misma dama pero alternando diferentes atuendos para despistar aunque su altura de ningún modo  podía disfrazarla para pasar desapercibida. Encima calzaba zapatos de tacón alto.
Cubría los ojos con gafas de sol, para mayor inri;  era de esperar. Contemplándola en conjunto se trataba de una mujer joven y muy atractiva, tenía toda la apariencia de una modelo de pasarela de lujo.
Aunque indudablemente  había mujeres tan atractivas como la que veía en las imágenes, -pensó el inspector- algo en su instinto le indicaba que no era una vulgar dama de compañía ocasional. La experiencia de tantos años de pesquisas le hizo ver sutiles detalles en su forma de andar y desenvolverse que la elevaban por encima de la categoría de cortesana.
Luego estaba ese elemento  que, aunque nimio, quizá fuera una prueba a tener en cuenta;  se trataba del perfume presente  la habitación.
Nuria, la cabo de científica, fue la que detectó esa esencia tenuemente impresa  en la almohada y en las sábanas. Se trataba del conocido Chanel nº 5, de Dior. Ella misma le confesó privadamente al inspector que lo guardaba  en su tocador junto con otras  fragancias.
En sí no era  ninguna prueba de nada, ese aroma  era usado mundialmente por millones de mujeres. El Inspector se sorprendió recordando las declaraciones que en su día hizo la célebre Marylin Monroe afirmando que al acostarse sólo se ponía unas gotas de Chanel nº 5. Se sacudió de la mente el cuerpo de la diva vestida con tan original pijama y se centró de nuevo en los casos.
Debería visitar los lugares de alterne más de moda,  bares y terrazas donde ese tipo de mujeres solían tender sus redes para captar clientes. A no dudar que recurriría a su preferido y asiduo confidente, Manolo Puentes, alias "el Narices", metido en los entresijos de la noche y sus aledaños. Nada sucedía que él, de un modo u otro,  no llegase a saber.
No eran  las típicas muertes causadas por un crimen pasional; normalmente había un cuchillo clavado en el pecho, un tiro a bocajarro, la cabeza rota a martillazos,  al amante o al  infiel, a veces ambos.
Los primeros análisis de laboratorio no detectaron ninguna sustancia sospechosa como causante de las muertes. Se observó el típico alcohol en sangre de unos cubatas, un whisky, lo normal. Sin rastro de drogas y estupefacientes. Ni el menor signo de violencia. Un ataque fulminante al corazón era el detonante de las tres muertes anteriores y ésta última probablemente sería igual. Una intrigante e inusual coincidencia, reconoció el inspector.  En todos los casos había sido  una muerte limpia, por decirlo así.
Los tres finados anteriores eran casados y con hijos;  éste de ahora, a juzgar por las fotos de la cartera, aparentaba serlo igualmente. Posiblemente  buenos padres de familia y  esposos sin tacha, que se supiera.
¿Qué motivo o motivos pudieran existir para que alguien deseara estas muertes? ¿Se conocían entre ellos, compartían algún otro y desconocido  lazo de unión que no fuera  la mujer alta y hermosa.?
Ella era las clave de todo este embrollo. ¿Pero cómo localizarla?
Adela contemplaba al inspector revisar los expedientes una y otra vez, pausadamente, sin ningún signo de precipitación, los folios bien alineados y sin dobleces; tenía fama de escrupuloso en su trabajo, de no perder de vista el menor detalle que pudiera ser crucial a la hora de resolver un caso.
Le gustaba recordar que se conocieron en la academia de policía;  fueron de la misma promoción. Hasta sus destinos coincidieron y trabaron una fuerte y cómplice amistad. Luego ella contrajo matrimonio y se produjo  el ascenso de Casimiro a inspector, no por ello dejando de ser los amigos que siempre fueron.
Ciertamente, le conocía muy bien. Algo indefinible les unió siempre, propició que se apoyaran el uno en el otro en el desempeño de su labor policial más allá de lo estrictamente profesional.
Pocos sabían con tanto detalle como ella que Casimiro, con apenas dieciocho años, se enroló en la marina mercante y  recorrió todos los mares y océanos habidos y por haber. Conoció la más variada y variopinta colección de lugares e individuos de toda clase y condición. Ello le procuró una "mundología" muy útil en la vida -como él decía-, que resultó muy provechosa también en el transcurso de su quehacer policial.
Era comedido en sus actos y sólo se mostraba enérgico y contundente en alguna ocasión que lo requería, aunque todo dentro de cauces normales que no trascendían más allá de su compañero habitual, como era el caso de Adela. Una vez un individuo se le puso chulo y amenazador, el "Gallo" le apodaban;  y en un visto y no visto le puso una navaja en la yugular ante el aterrado estupor  del otro. Ella le reconvino por su insólita acción.
- No iba a sacar la pistola, ¿eh? La "manchega" -su navaja albaceteña de toda la vida- viene bien para estos casos;  además, todo el mundo sabe  que la uso para abrir el pan del bocadillo. - restó importancia.
Otro día, que perseguían a pie  a un ladrón, les salieron sus dos cómplices desde la oscuridad de un callejón. Casimiro  apartó a Adela un lado y sin arredrarse lo más mínimo, les propinó unos certeros golpes dejándolos en el suelo  justo antes de que llegaran refuerzos.
- Trucos de taberna de puerto -le dijo guiñándole el ojo.

Tras la separación matrimonial de Adela,  Casimiro, soltero contumaz, le brindó todo su apoyo para que superara el trance. Gracias a él salió delante de la crisis que la  tuvo en suspenso durante un tiempo.
- ¿Cómo va todo, Casimiro, ves algún hilo de donde tirar? -le llevó otra taza de café bien cargado que él agradeció con una sonrisa.
- Nada, Ade;  me voy a dormir; a ver si soñando se me aparece la solución.
Apuró el café y camino de su casa pensó en Adela, su fiel compañera de siempre. Sin sus observaciones muchos casos no los hubiera resuelto tan favorablemente. Era su mano derecha. Si él era paciente y perseverante, ella aportaba esa chispa que en momentos de ofuscación investigadora saltaba para dejar ver ese detalle, la prueba, el camino que mostraba la luz en el caso a resolver.
Habían  tenido de todo en estos años; momentos de servicio tranquilo y rutinario  y muchos otros donde la adrenalina saltaba sin freno. Lo último  el tiroteo al asalto a un Banco donde Adela resultó herida de bala. Aunque no revistió  la gravedad que se pensaba en un principio, se le vino el mundo abajo al verla en la camilla sangrando abundantemente.
En un inesperado acto reflejo depositó un beso en la mejilla  de su compañera a la que, pese a su estado semiinconsciente, no le pasó desapercibido; una desdibujada sonrisa se reflejó levemente en su rostro.
Fue a todo cuanto se atrevió durante el tiempo que se conocían. Nunca supo por qué no le declaró su amor. Se limitó a quererla en silencio, suspirando cada vez que estaba cerca, dándose ánimos a sí mismo a lanzarse de una vez por todas y dar rienda suelta a lo que sentía por ella. Pero ese momento nunca llegó. 
Luego sus destinos se separaron y un día se enteró  que se había casado. 
En su fuero interno se arrepintió una vez más de no haberle dicho que era la mujer de su vida.
Aunque lo intentó en un  par de ocasiones, nunca cuajó una relación duradera y satisfactoria con ninguna mujer. El recuerdo y la añoranza de Adela se lo impedían.
Ahora, una tenue lucecita iluminaba su corazón. De vez en cuando se veían para tomar algo, como si tal cosa. Incluso la llevó a cenar en dos ocasiones.
Todo muy informal aunque a él no se le escapaba que Adela sabía la predilección que sentía por ella.

Ante la premura de sus superiores y la opinión pública porque se resolviera el "Caso del hotel", el inspector apremió insistentemente a sus informadores y buscó nuevas vías para descubrir indicios que le orientaran en alguna dirección. Todo fue en vano; nadie pudo darle la menor pista de esa mujer que aparecía en los videos de los hoteles.
Un día, hasta se acercó a una perfumería para pedir una muestra de Chanel nº 5. ¿Esperaba que ese perfume  presente en la escena del suceso le mostrara la identidad de la dama en cuestión?
Era el caso más difícil al que se enfrentaba en toda su carrera como detective. Una intensa frustración atenazaba su ánimo.
En sus intentos por solucionar el caso pensó en encargarle a Samuel, el detective de la comisaría, que visitara discretamente los lugares más selectos y sofisticados  fijándose  expresamente en cuantas mujeres altas y atractivas pudiera encontrar  y coincidieran  con las señas físicas de la misteriosa acompañante del hotel.
 Luego abandonó la idea porque sería improbable descubrir en una mujer de estas características cualquier signo, por nimio que fuera, que delatase la autoría de las muertes.
No obstante, desde entonces, ponía especial atención en las  señoras que se  cruzaban  en su camino y que sobrepasaran el metro setenta y cinco, llegando a visitar, compulsivamente, diversos y elegantes  ambientes de reunión que fueran propicios para encontrar a la escultural dama.
Debía de existir, elucubraba en su paranoia, un censo de mujeres altas e impresionantes al que consultar y señalar con el  dedo la que buscaba
Y, maquinaba mentalmente el Inspector, si llegaba el caso  de que su sagacidad la descubría, ¿cómo demostraba  que había sido ella y no otra?
Porque era una verdad incontestable que no existía el arma del crimen. Y sin el  arma homicida con huellas impresas sería difícil probar la autoría de quien fuese. En el supuesto, claro está, de que se tratase de un crimen. No había derramamiento de sangre, ni golpes,  ni cualquier tipo violencia o de actos  causantes de las muertes.  Habían fallecido  de un ataque al corazón. Ni las  autopsias ni los laboratorios hallaron prueba ni  causa alguna que no fuera un paro cardíaco; simple y llanamente.
Quizá las víctimas habían muerto de la fuerte impresión causada tras pasar una noche de lujuria en compañía de semejante monumento  de mujer. ¿Por qué no? Era  una suposición tal vez absurda pero desde luego el corazón de cualquiera se desbocaría hasta estallar sin duda en una situación así.
Vaya pensamientos se le ocurrían, cavilaba. Hasta llegó a imaginarse a él mismo delante de una delicia de criatura así, con su metro sesenta y siete, aupándose cuanto pudiera para llegar a besar  sus carnosos labios.
Sin duda una hembra así no era para él, un hombre con poca iniciativa y  experiencia en el campo amoroso. Le llegaría a la altura del hombro si acaso y se sentiría apocado del todo. No sabría desenvolverse con soltura con un hermosura  de esas características. Nunca se había visto en una situación semejante.
Algo tenía que hacer, desde luego. ¿Pero el qué? No había huellas, sólo un rostro difuso tras unas gafas oscuras y las  imágenes de una dama  camaleónica en  cada ocasión. Solamente su impresionante apostura era el dato a tener en cuenta.
En las  ocasiones que se había topado con  mujeres  de considerable altura, las había seguido discretamente allá donde sus pasos las llevaron. Infructuosamente; nada en especial fue digno de mención ni de sospecha en el seguimiento a que las sometió.


Por si no tenía bastante con "El caso del hotel",  también  estaba inmerso en otra  investigación que tenía visos de ser bastante complicada. Se trataba de una mujer que fue encontrada  desnuda y sin vida  por unos senderistas en un apartado paraje campestre. 
El laboratorio determinó que la causa de la muerte fue la ingesta de gran cantidad de alcohol y drogas. Sin documentación alguna que pudiese determinar  su identidad. En vida debió ser muy hermosa por cuanto se pudo deducir de sus preciosos  rasgos. Y un detalle inquietante: sobrepasaba el metro setenta y cinco de estatura, lo cual perturbó sobremanera al Inspector por cuanto de coincidencia tenía con la misteriosa acompañante femenina en el otro caso.  Mujeres altas eran la constante en ambos sucesos.
Muchos interrogantes acechaban la mente del Inspector. ¿Quién  o quiénes abandonaron a la mujer de ese modo y en tal estado en un  lugar tan poco concurrido? Seguramente serían los causantes de todo ello,  los inductores del cuadro  etílico y tóxico  que propiciaron su muerte.
Aunque antes  que nada sería necesario saber quién era para tener  un hilo conductor que llevase al esclarecimiento del caso.
Tras analizar las piezas dentales se supo que cuatro implantes estaban hechos recientemente. Adela sugirió que se visitara a los odontólogos, estomatólogos  y maxilofaciales de la ciudad para ver si una mujer alta y bella  había acudido a la consulta de uno de ellos. Total, no llegaba a la treintena el número de especialistas en este campo médico.  Y sin duda una mujer de estas características tan peculiares sería recordada. Tendría, por ende, ficha conteniendo sus datos. Detalles que llevarían a saber si vivía sola o en pareja;  hijos, familiares  que pudieran echarla de menos.
Aunque bien era verdad que no había en  comisaría  ninguna denuncia de desaparición de nadie desde que fue encontrada, y de esto hacía tiempo.
Era una línea de investigación que podría llevarle a algo o no, pero sin duda un punto donde apoyarse para esclarecer el caso.


Ningún espejo del mundo sería capaz de evidenciar con toda fidelidad el esplendor y la belleza de la mujer que se reflejaba desnuda en él. Alta. De medidas que se ajustaban a los cánones más puristas del cuerpo femenino más perfecto y deseable que pudiera existir. Parecía ser la encarnación hecha mujer del sueño de un dios en su eterna búsqueda de crear la criatura más excelsa;  una diosa de belleza infinita que fuera digna de él y que ante su incontestable magnificencia y sublimidad todos se rindieran a su fascinación y embrujo.
Sin duda ella sabía que cada centímetro de su piel de caramelo y cada sinuosidad y detalle de su anatomía eran irresistibles sin remisión alguna para quien la contemplase.
Su boca carnosa y sensual lucía un leve carmín, al igual que una discreta sombra de ojos resaltaba todavía más su mirada de ojos grandes y almendrados.
Una nariz de dibujo perfecto y unos graciosos pómulos sonrosados iban  acorde con una rizada y luminosa melena rubia.
Ésta vez el  iris de sus ojos serían de un negro intenso. Peluca de pelo castaño. Sus gafas de sol de Armani de siempre. Iba a ser la última vez que realizaría aquello. Aquel hombre nunca la reconocería, tan solo la vio cuando era pequeña, imposible que llegara a descubrir quién era y por qué.
Al pensar en su madre un rictus de amargura cruzó su bello rostro unos instantes. Desde que perdió a su padre, siendo una niña, la vida sentimental  de su madre estuvo unida a la de  un personaje muy rico e  influyente en el  ámbito social. Una relación de muchos años, de siempre.  Ella se enamoró  de él nada más conocerlo. Las conveniencias sociales no hicieron posible que vivieran juntos.
Su madre era feliz con ese hombre, lo amaba, se lo decía siempre. Era el amor de su vida. Y ella adoraba a su madre por encima de todo aún cuando pocas veces estuvieron juntas. Desde pequeña estuvo internada en los mejores colegios en el extranjero y sufragó sus estudios  en una prestigiosa facultad estadounidense.
 Un aciago día su madre apareció muerta en un paraje perdido. Después de  un tiempo supo la verdad de su absurda muerte. Tras una noche de alcohol, de excesos y extravíos, el que creía era su amor y varios amigos más, embrutecidos y fuera de sí,  la usaron para  abyectos  y perversos  juegos acabando con su vida.
Juró vengarse de tan cruel e incomprensible muerte. Lo pagarían muy caro. Sólo faltaba uno. El que fue el amor de su madre, el que nunca debió permitir lo sucedido.
Se ajustó unas braguitas rojas de encaje y unas medias negras que sujetó en el liguero. Siguió con la falda del traje, por encima de la rodilla. Unos zapatos negros de tacón alto.   
Observó sus pechos, de delirante y proporcionada  turgencia,  en ángulo de noventa grados, de perfección absoluta. Los pezones oscuros, enhiestos, desafiantes y tentadores.
Entonces impregnó las yemas de los  dedos índice y corazón de su  mano derecha en aquel líquido incoloro, inodoro e insípido. Fue frotando lenta y persistentemente las oscuras aréolas de cada mama hasta que la piel se impregnó del  invisible fluido.
Satisfecha, cubrió sus pechos con el sujetador rojo que hacía juego con sus braguitas y se puso la chaqueta que conjuntaba  con la falda.
Un toque de Chanel nº 5 en los sitios estratégicos que tan bien conocía, completó su atuendo.
Si su espejo hubiera sido el de la bruja de Blancanieves y le hubiera preguntado si había  una mujer más hermosa, sin duda le habría dicho que no existía una mujer más irresistible, escultural y deseable que ella.
Estaba brillante, majestuosa;  una auténtica diosa bajada de las estrellas para enloquecer a los mortales.
Esa noche sus pechos recibirían los chupeteos  libidinosos  del hombre. Y poco después su corazón se pararía para siempre. El círculo quedaría cerrado.
Luego ella volaría a Lausana, a sus clases de siempre, en la Universidad. Era Doctora Cum Laude en Ciencias Químicas.
Y la fórmula de aquel líquido incoloro, inodoro e insípido, seguiría siendo su mayor secreto.



El inspector Casimiro Canales no dejaba de pensar en el fracaso en la resolución del "Caso del Hotel" y en el de "La mujer del descampado." Eran dos  espinas que tenía clavadas en lo más hondo de su estima profesional tan grandes que no podía olvidarlas, estaban  presentes en todo momento.
Hasta tal punto que, cuando emprendiera  un nuevo caso, tenía la incómoda sensación de que no a sabría  resolverlo favorablemente, le vendría  el recuerdo de los  que no supo aclarar.
Tras apurar el tercer café en la terraza del parque, sus derrotistas pensamientos se vieron interrumpidos por el estruendo lejano de un avión en lo alto del cielo. Si hubiera volado más bajo el Inspector hubiera leído en el costado del avión el nombre de la compañía aérea: Swissair.
Sentada en un asiento de clase VIP  la mujer  contemplaba la ciudad que, conforme la aeronave alcanzaba altura, se hacía más y más diminuta a sus ojos.
Quizá, por unos instantes, la mirada de aquel policía sentado en el banco de un parque hubiera podido cruzarse con la de ella. Quizá….


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sábado, 1 de agosto de 2015

Soledad 3 (epílogo)





 El Mercedes descapotable aparcó frente a la cafetería “Blanco Pirineo”. Era un coche espectacular, el último modelo de la prestigiosa marca de coches alemana. Aunque nunca llegaría a ser tan sensacional ni despampanante como la chica que descendió de él. Seguiría siendo muy alta aunque hubiera pisado la acera sin la ayuda de unos finos zapatos de diseño italiano con  tacones de vértigo.  Llevaba un elegante traje chaqueta color pastel de un famoso modisto parisino con la falda por encima de sus bonitas rodillas.
Sobre sus hombros una cascada de rizos que con el sol a contraluz convertía en oro precioso cada uno de sus cabellos.
Caminó como si desfilara por una pasarela hasta la mesa de la esquina poniendo de manifiesto su grácil figura y dejando una estela de sutil perfume.
A su cimbreante paso el paisaje hasta entonces tranquilo del establecimiento  sufrió una repentina conmoción. A un vejete se le cayó la dentadura sobre el café con leche al verla y una mujer le dio un  pescozón al marido por mojar la magdalena en el cubata del vecino de mesa al quedar  hipnotizado en su contemplación.
Hasta Mario quedó absorto con aquella chica tan deslumbrante. Y se dio cuenta de  que iba hacia su mesa.  ¿Era cierto lo que veían sus ojos? No podía ser…Era una increíble alucinación.
- Hola, Mario, buenos días –dijo Soledad tomando asiento a su lado.
No supo qué pensar. Aquella beldad de mujer era Soledad, su querida Soledad. Y por más que la miraba tardó un tiempo en hacerse a la idea.
- Jajajajaj, No me mires como si fuera un fantasma, por favor. -reía ella mostrando sus perfectos y bien alineados dientes de perla.
- Pues me has dejado con la boca abierta, la verdad. Creí que eras una artista de cine de las que pisan la alfombra roja en  el festival de Cannes o en el de Berlín. Me cuesta creer que seas tú, Soledad.  Salvo en el pelo no te pareces en nada a la chica que ayer tarde  tomó conmigo un chocolate con churros en el bar de Paco.
- Pues soy yo, la misma que te quitó la mancha de la camisa y te llamó patoso. –y de nuevo aquella risa luminosa que deslumbraba a Mario.
Como por ensalmo  cuanto les rodeaba fue desapareciendo poco a poco. Sólo estaban ellos dos; el resto de los presentes en la cafetería, el tráfico, los edificios de la calle, todo se fue diluyendo hasta hacerse invisible.
- Mario, quiero que sepas quién soy realmente. Presentarte a Soledad Carvajal Gómez, hija de Andrés Carvajal y de Correa y Esperanza Gómez López. Mi padre es el gran industrial y financiero que sale en los medios de comunicación,  conocido  nacional e internacionalmente, lo habrás visto en la televisión.
- Mmmm, no caigo ahora mismo.
- No importa, Mario. Es una historia larga y un poco gris. Era una chica que vivía a trompicones, hoy aquí, mañana allá, alguna vez con una persona y otro día tropezaba con  otra. Malvivía del sueldo de una editorial, y de vender productos de belleza. Cuando llegaba a la habitación alquilada miraba mis manos y las tenía vacías, como vacío de sentimientos tenía el corazón.
Una noche conocí a un chico que me salvó de un buen atolladero. Día a día  me hizo sentir una ilusión desconocida hasta entonces. Me hizo creer que también tenía derecho a mirar al futuro, que podía ser feliz.
Soledad tomó la mano de Mario y la acarició con ternura.
- Al poco conocí a Andrés. Dijo que era mi padre y que hasta hacía poco no sabía de mi existencia. Ese día gané un padre y perdí a mi madre, pues me notificó su  muerte. No sabes el dolor que sentí, la abandoné  cuando era una adolescente. Entonces me di cuenta de cuán equivocada estuve alejándome de ella, privándola de mi cariño de hija, dejada a su suerte.  
Mario la miraba comprensivo y con afecto.
- Mi padre se hizo cargo de mí y me preparó para sustituirle un día al frente  de sus negocios. Durante ese tiempo mi ánimo estaba dividido, Mario. Por un lado la felicidad del hogar que nunca tuve y el cariño de un padre siempre añorado y el temor a perderte en una  ausencia más prolongada de lo que supuse.  
- Llegué a pensar que no querías veme más. Por eso se me abrió el cielo cuando coincidimos aquella tarde. Como sabes, era una especie de ave sin nido, sin musa para mi guitarra. Conocerte fue el mayor acontecimiento de mi vida. Llegué a pensar que eras un sueño, una nube fantástica que se deshilacharía sin llegar a  gozar de su belleza.
- Lo sé, siempre temías que me fuera, que no apareciera al día siguiente. Y yo no cesaba de decirte que estaba a tu lado, que ahí me tendrías.
- Es que eres….
- ¿Qué soy? Anda, dímelo –aproximó su bello rostro al de Mario.- Sé muy bien lo que soy para ti, me lo has dicho en mil canciones, en tus poesías, en la voz de tu guitarra cada vez que la acariciabas deseando oír tu música  en mi piel blanca. Los hombres ignoráis que intuimos lo que no os atrevéis a confesar y guardamos golosas ese secreto hasta que lo soltáis cuando no podéis resistir más. Sois como niños muchas veces.
Y le envolvió de nuevo en su nívea sonrisa. La emoción embargaba a Mario. Había estado meditando toda la noche. Largamente.
- Soledad…yo….
Ella advertía el nudo que atenazaba a Mario, casi adivinaba las palabras que se atropellaban en su mente para salir como pajarillos en busca de libertad.
- Venía dispuesto a pedirle a la chica de ayer, la del chocolate con churros y el gorrito en la cabeza, algo que sólo ella puede concederme.  Aunque ahora…. – un velo desconocido asomó en su expresión.
- ¿Qué pasa ahora, Mario? Dímelo, ¿quieres?
- De repente eres una mujer totalmente opuesta a la que conozco. Llevas una ropa increíble y yo, mírame bien, una cazadora y vaqueros, con  mis chirucas  de siempre. Hueles a todo el perfume de París junto, y hasta tu voz suena de otro modo. Y no te digo nada del Mercedes que te gastas, parece hecho a medida para ti. Creo que todo ha cambiado, que estoy fuera de lugar.
- Mario, suéltalo de una vez… ¿quieres? Siempre has sido sincero conmigo. ¿Deseas que me quite toda esta ropa, que vuelva vestida  como ayer, con mis pantalones azules y mi blusa blanca? Si quieres vengo en el autobús numero veinte y rebobinamos la escena. No me importaría hacerlo si con ello te quedas más tranquilo, te lo aseguro. –casi suplicó.
- No digas eso, por favor –la voz de Mario quería ser  tranquilizadora-. Pero reconoce que es para estar confundido. La Soledad que conozco no es la hija de un magnate ni parece una modelo de Vogue. Es una chica normal; alegre, divertida, nada estereotipada. La que veo ahora no me sorprendería  que tuviera una legión de pretendientes deseando cortejar a una rica heredera.
- Qué imaginación tienes, desde luego, nada menos que una legión –y empezó a reír divertida-. Pues… ¿sabes lo que le diría a esa legión de pretendientes? ¿Quieres saberlo?
- Qué les dirías, a ver… –se interesó Mario.
- Te has puesto celoso, se te nota, jajajajaj. Qué bobo eres, de verdad.
Les diría, para que te enteres, que han llegado tarde,  que ya  tengo un pretendiente contra el que nadie tiene nada  que hacer.
Y, acercando su naricilla a la de Mario le susurró quedamente:
- Bueno, por ahora sólo pretendiente, si es que se atreve a llegar al fondo de la cuestión, jajajaja.
Una nube extraña inundó la mirada de Mario. Soledad,  por más que quiso descifrarla no pudo hacerlo. Algo pugnaba por salir de la garganta de él y ella parecía oír el esfuerzo que hacía para conseguirlo.
- Debes de ser sincero, Mario, como siempre lo has sido. Dime lo que piensas y sientes, no te dejes nada para ti. Nadie mejor que yo sabrá comprenderlo. Después…será lo que tenga que ser.
El muchacho tomó las manos de Soledad con suavidad y su voz empezó a temblar un tanto nerviosa aunque decidida.
- Tenía pensado declararme a la chica de mis sueños. Toda mi vida la estuve buscando hasta encontrarla. Y ahora, a la vuelta de la esquina, aparece otra Soledad distinta de la chica que inspira mis canciones. Sus mismos ojos pero sobre un pedestal que se antoja inalcanzable para Mario, el chico de la guitarra, el de la sonrisa más bonita del mundo,   como ella me dice. ¿Crees que tengo sitio en tu nueva vida, en medio de tanta gente importante, de alta alcurnia, que seguiré siendo Mario,  el poeta, tu admirador número uno? ¿Crees que seré diferente a todos esos hombres que has conocido,  que serás feliz conmigo?
Soledad le dedicó una cálida mirada.
- ¿A eso temes, que te considere uno más de cuantos conocí, que te arrincone en una esquina de mi vida, como un adorno o un capricho cualquiera?
La muchacha puso un dedo sobre los labios de Mario.
- ¿Sabes? La belleza que quiero no está en la cara bonita de un  galán de cine, ni en un cuerpo de atleta. Sueño con un corazón único, un alma en la que descansar la mía y ser feliz como nunca lo he sido. Que pueda dormir como una niña en su regazo y soñar que el mundo nos pertenece, que ha sido hecho sólo para nosotros dos. Que al despertar me bese y me haga sentir la reina y dueña de su universo. Que compartamos defectos y virtudes y traigamos hijos al mundo para guardar la memoria de nuestro amor sin fin y…
Mario la tomó delicadamente por los hombros y la besó. Fue un beso dulce y suave como la primavera que los envolvía. Un roce de almas, de promesas, de anhelos, de amaneceres por vivir, de ocasos para soñar.
- Te amo, Soledad, como jamás amé a nadie. Te ofrezco mi corazón, mi vida entera y…
Ahora fue Soledad la que tomó sus labios entre los suyos. Fue una respuesta larga y sentida, soñada y esperada desde siempre, impetuosa como el sentimiento que la desbordaba.
De repente despertaron de su ensoñación al oír los aplausos. Todos los de la cafetería estaban de pie aplaudiéndoles visiblemente emocionados.
Había lágrimas resbalando por las mejillas. Ancianos que de repente recordaron sus años mozos.  Novios que se besaron. Hasta una música  que todos oyeron en lo más profundo de sí mismos y que algunos llaman amor.
- Mario, no querré que dejes nunca los pantalones vaqueros;  ni que dejes de  mancharte de chocolate en el bar de Paco.
- Ni yo quiero que dejes de subir al autobús número veinte. Ni que…
Surgió otro beso, Y muchos más. Solo existían ellos dos. Y sus besos se unieron al arrullo de las palomas y de los pájaros que cantaban alborozados en aquella desbordante y encendida primavera…

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