viernes, 1 de mayo de 2015

Berta




Berta era una ejecutiva brillante y de éxito. En el proceloso mundo financiero había llegado a la cumbre tras muchos años de duro y entregado trabajo. Ahora cosechaba el fruto de su empeño aunque era muy consciente de que no podía bajar la guardia en ningún momento.
Había logrado reunir un equipo de colaboradores de élite; ése era otro de sus méritos, captar el elemento humano que precisaba, conocer a las personas,  estimularlas y lograr lo mejor de ellas mismas. Estaba muy orgullosa de su equipo de profesionales, no había reto al que no se enfrentaban con las máximas garantías de lograr su objetivo.
Tenía fama de seria y fría,  escrupulosa,  inflexible las más de las veces. Aunque prevalecía su olfato de negocio, sabía escuchar a su equipo y aceptaba cualquier sugerencia que pudiera ser valiosa.
Era inteligente, sagaz  avispada, extrovertida,  abierta siempre a cualquier nueva experiencia que le fuera  útil en su vida diaria y personal. Todo le llamaba la atención y su curiosidad por cualquier tema era inagotable. También era alegre y positiva, creía en la bondad de sus semejantes, y se entregaba sin reservas a quienes ganaban su confianza pero siempre dejando su parcela más personal e inaccesible para ella sola, sin interferencias de ningún tipo. Especialmente en los momentos de índole sentimental en los que se hallaba inmersa.
Sobre su mesa,  una  cabina telefónica  inglesa a escala recuerdo de sus dos años de estancia en Londres. Un trozo de roca del Gran Cañón, una flor desecada  de la selva amazónica y una figurita de vudú brasileña como recuerdos de tantos lugares insólitos y países que había visitado. Dos ordenadores,  los consabidos útiles para escribir y varias pilas de documentos escrupulosamente alineados como era preceptivo en una mujer ordenada y organizada como mandaban los cánones de la eficiencia.
Un solo cuadro ocupaba la pared de su despacho: una copia perfecta de Las Muñecas, de Manet, la obra pictórica que más admiraba y por la que sentía verdadera devoción.
Solía vestir de Dior o Armani, trajes de chaqueta preferentemente; se sentía cómoda y elegante.  Unos toques de Chanel nº 19,  un rouge en los labios apenas insinuado, unas pinceladas de rimel  y un poco de  color en sus blancas mejillas completaban su look.
Desde el amplio ventanal de su  despacho divisaba las mesas de sus empleados. Hoy había sido un día especialmente duro y estresante. Por fortuna la reunión con los directores de Bancos y Cajas se había resuelto con éxito. A la salida de la reunión, el presidente de la Compañía la había felicitado, alabando la estrategia empleada en la resolución del asunto.
Era especialmente experta en ello. Le inspiraba la forma de actuar de la anaconda, uno de sus animales salvajes preferidos.
Nunca mostraba su línea de discusión  desde un principio;  dejaba que sus oponentes avanzasen en la exposición de sus argumentos,  que se sintieran confiados. Luego sondeaba brevemente  a cada uno de los directivos, se mostraba con esa magistral ingenuidad que interpretaba tan bien y que para nada parecía fingido. Sus gestos moderados y su sonrisa contribuían a que pensaran que iba  a aceptar las condiciones impuestas en la firma de los documentos.
Existía un momento en que se producía un paréntesis en la reunión, parecía que ya todo se daba por hecho. Entonces, como su admirada anaconda, se erguía de su asiento, decidida  y resolutiva, un tanto altiva quizá,  y uno a uno, iba desmontando las ideas de  cada uno de sus oponentes, los rodeaba con su disertación, arrinconándolos sin dejarles la menor escapatoria. En ese momento mostraba los contratos y ninguno de ellos podía resistirse a firmarlos.

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Berta estaba en la balconada del Corralón de la muy noble y leal ciudad de Alcaraz, al pie  de la serranía que llevaba su nombre.
Tenia montado el caballete y pintaba desde  al alba  la ubérrima vega que se extendía antes sus ojos hasta los Batanes.
Le gustaban los amaneceres, ver cómo el sol pintaba sigilosamente con su mágica  luz aquel  paisaje tan conocido y querido por ella, El contraste de luces y sombras en ese rápido contraluz había sido un reto constante para ella que había resuelto con maestría.
Siempre que podía se refugiaba en Alcaraz para desconectar de su estresante trabajo. Poseía una bonita y acogedora casa y  allí recuperaba toda la energía y vitalidad que la ciudad y su trasiego le robaban. Era como su célula madre, un renacer de nuevo,  la que restituía su ilusión, su inspiración pictórica, la que la devolvía al mundo real dispuesta a seguir luchando.
Sus paisanos  se habían acostumbrado a verla yendo de un rincón a otro acarreando sus útiles de pintura. Era muy apreciada por  los suyos y muy corriente que ancianos y chiquillos la rodearan cuando pintaba.
Gustaba de sus  comidas manchegas; el sabroso queso,  el lomo de orza, las morcillas y chorizos, los incomparables mojes y ese jamón que dormía en la cámara de arriba  el tiempo que necesitaba. Acompañado todo por un tinto denominación  Mancha.
Llevaba  vaqueros comprados en Nueva York,  camisas a cuadros de lana escocesa y alpargatas de esparto.  De esa guisa se sentía feliz y libre como los pájaros, como el agua del arroyo que borbotea alegremente. Una Berta diferente y auténtica renacía en Alcaraz, como si se desprendiese de la  coraza que la atenazaba sin permitirle ser ella misma.
Por las noches se sentaba en el portal de su casa a ver las estrellas en la nítida oscuridad, seguir  el lento deambular de la luna y las nubes que la cortejaban allá en lo alto.
Se entretenía con  las salamanquesas pegadas a la pared, verlas atrapar moscas e insectos, en pugna con los pequeños dragones que salían de cualquier orificio para lograr su sustento.
Miraba  la oscura montaña que tenía enfrente donde destacaba la blanca figura del Sagrado Corazón,  dominando  todo el paisaje y
recordaba   las veces que subió con su padre, la cantimplora al cinto y un hatillo con pan y fruta; “Voy a subir con  la chiquilla al Santo”, decía su padre,  “Ten cuidado con la chiquilla, que no resbale”, contestaba su madre.
Muchas veces subía a ese Santo Cristo por recordar aquellos años tan felices, con la vieja cantimplora y un par de manzanas.
Gustaba de plasmar el delirio de las flores en primavera, a los pies del Cerro de Cabeza Gorda;  el rojo provocativo de las amapolas, los lirios, las castas azucenas, el espliego,  las mil y una florecillas silvestres, el verde de la hierba en su esplendor. Pintar los cortijos perdiéndose en la lejanía de los campos,  los trigales, las aldeas y fuentes,  cuanto descubriera la sutil artista que era.  Y esos contraluces en las  choperas que tanto la cautivaban y en cuyas sombras descansaba plácidamente.
Era una paz que la alimentaba por dentro, ponía en orden todo su ser y la transportaba a otro mundo.
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De repente recordó la notita que guardaba en el bolsillo.
Era de Luis. Su secretario y  colaborador más importante.
Era incansable y tenaz como una máquina alemana y exacto como un reloj suizo.  Callado y trabajador como nadie, le ponía todos sus asuntos al día. Con los demás era quizá algo desabrida e impersonal. Pero con él era muy distinta. Era  un ser tímido y todo candidez y ternura. Lo conocía muy bien, pasaban la jornada entera uno al lado del otro, salvo cuando ella viajaba y él quedaba al frente del despacho.
Sus gestos amables y siempre contenidos, ese andar como flotando y ausente, esa mirada limpia y transparente que descubría todo su apacible carácter.
Esa firmeza y resolución que restallaba de improviso sorprendiendo a todos en los momentos precisos para luego disiparse  en su  anonimato.
Siempre la rescataba del colapso cuando tenía los teléfonos sonando y las pantallas de los ordenadores desbordadas de datos. En esos momentos llegaba él con su parsimonia, pulsaba las teclas oportunas, respondía todas las llamadas y todo volvía a su sitio,  recobrando ella  la calma. Encima le traía una tila,  solícito,  envuelto en su tímida sonrisa. 
Desde hacía tiempo se había dado cuenta de  que Luis bebía los vientos por ella. Al principio se mostró muy sorprendida, le costaba dar crédito a sus sospechas. Fue atando pequeños detalles; su azoramiento cuando le miraba  directamente a los ojos, el temblor que le estremecía cuando le rozaba deliberadamente, como en un descuido. Cómo la observaba a hurtadillas creyendo que  no se percataba de su muda admiración. Detalles entre otros muchos que, como mujer, no le pasaban por alto.
Leyó por centésima vez la escueta nota: “Me sentiría muy complacido si aceptara tomar una copa conmigo. Luis.”
Sonrió por el  rimbombante tratamiento de usted que no venia a cuento para nada.  Seguro que habría estado días, semanas tal vez buscando la decisión para escribir esa frase.
Se sintió extrañamente halagada. Quizá porque su actual momento sentimental no estaba en su punto más álgido.
Tenía en el alero una relación cuyo desenlace no podía augurar.
Se sentía sola, falta de una voz y una presencia que llenaran sus carencias afectivas.
Sin duda Luis era equilibrado, honrado y atento.  El típico hombre que se desviviría por la mujer de sus sueños. No costaba nada imaginarlo sentado en un sofá fumando en pipa junto a la chimenea del hogar, el perro de la casa a sus pies,  mientras  su esposa hacía calceta.
Ella no era precisamente de tranquilas labores del hogar si no de acción permanente en cualquier lugar del mundo que le apeteciera visitar.
Era su compañero de trabajo, pasaban todos los días juntos. Pese a que eran mundos diferentes se había establecido una química perfecta en su horario laboral que no deseaba romper  para nada.
Pensó que quizá esa copa con Luis significaría un elemento desconocido  en el laboratorio de sus vidas de consecuencias tal vez imprevisibles.
 No obstante le tentaba la posibilidad de conocer a Luis delante de una copa, en un ambiente fuera de la oficina. Comprobar si era tal como ella lo había imaginado.
¿Iría tan encorbatado y clásico  como todos los días? ¿Vestiría  unos vaqueros ajustados y una camisa informal para aparentar ser más joven? 
Y ella, ¿qué se pondría para ese primer encuentro? ¿Una blusa, un suéter? ¿Unos piratas, tal vez una  falda que dejara al descubierto sus rodillas?
Se sorprendió a sí misma con estos disparatados  pensamientos.
Su vida estaba ordenada y no tenía por qué salirse de su rumbo.
Sería la comidilla de todos; la jefa y su secretario, liados, sin que nadie se lo hubiera imaginado. ¡Qué calladito se lo tenían!
La invadieron unas absurdas suposiciones creándole una mayor confusión todavía.  Imaginó que se enamoraba de Luis  y  le hacía sentir  el amor que siempre soñó como mujer, alcanzar el éxtasis más deseado.
Una vocecita interior le recordó  que era una mujer decidida que nunca se arredraba ante nada y debía seguir los dictados de su corazón.   Que el tren de la felicidad, de la verdadera dicha, solo pasaba una vez. Ella estaba ahora mismo en el andén de muchas encrucijadas, de un nudo de vías  que se confundían unas con otras.
En su alma, con un repentino sobresalto, cual  súbito rayo de luz en su desconcierto, oyó  el silbido de un tren.
Sonaba en la lejanía pero lo sintió muy cerca, increíblemente cerca,  siempre había estado allí, a su lado  y ella nunca supo verlo.
Ese tren tan esperado se llamaba Luis.

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miércoles, 29 de abril de 2015

Un mechón de tus cabellos





Paulo Pereira era un consolidado y afamado retratista que destacaba en el panorama fotográfico mundial. Leticia, también fotógrafa, había recibido una invitación personal de su puño y letra para asistir a una exposición de sus obras que se celebraba en Madrid.
Extrañada  por este hecho  acudió a la Exposición y su sorpresa no tuvo límites cuando, al entrar en la Sala, Paulo Pereira se dirigió directamente a ella nada más verla.  
Con una leve reverencia tomó gentilmente su mano y la besó.
- Bienvenida, señorita Leticia, es un honor que haya aceptado mi invitación.
Aquellas palabras habían sido pronunciadas en castellano  con un marcado acento portugués, o tal vez brasileño, dedujo ella.  Paulo le sonreía afablemente observando el asombro que asomaba en el rostro de Leticia. Sin duda, corroboró ella, era un hombre muy atractivo.
 Alto,  su piel bronceada casaba a la perfección en unas facciones de mirada profunda y acogedora. Sus ojos negros no cesaban de mirarla, extasiados y conmovidos.
Leticia estaba confundida, no sabía qué pensar. Paulo Pereira parecía disfrutar al verla  en ese estado y sonreía condescendiente.
- ¿Nos conocemos? -preguntó un poco azorada ante  la presencia de aquel hombre de cautivadora mirada.
- Ya lo creo que sí, desde que yo era pequeño, señorita Leticia.
- Me confunde usted, señor Pereira, no le conozco más que de ver sus fotografías  y saber de sus éxitos fotográficos,  pues, como fotógrafa que soy, me gusta estar al día.
- Pronto lo comprenderá todo, señorita Leticia. ¿Quiere ser tan amable de seguirme?
Con un caballeresco gesto la invitó a visitar una Sala aparte. La presidía una pequeña fotografía enmarcada en un cuadro de marco dorado profusamente labrado.
 De  colores desvaídos, mostraba débilmente la imagen de una mujer y un niño.
De repente el pasado se agolpó en el ánimo de Leticia al contemplarla y su mente retrocedió vertiginosamente en el tiempo.
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Siendo muy joven, Leticia viajó a Brasil para realizar un reportaje fotográfico de la cuenca del  Amazonas y las gentes que la poblaban. Ya por aquel entonces era reconocido su arte y las revistas de Naturaleza y Viajes le solicitaban sus trabajos.
Ello le permitía recorrer el ancho mundo y conocer gentes y culturas y plasmarlas bajo su  prisma personal a través de  la  cámara.
La base de operaciones la establecieron a orillas del gran río, al lado de un poblado de acogedores  indígenas.  Sus moradores les recibieron con curiosidad y hospitalidad  y desde el primer momento Leticia acaparó la atención de todos ellos, en especial de las mujeres. Leticia era una esbelta jovencita  rubia de sedosos y rizados cabellos. Su pelo,  dorado como el oro ejercía un poderoso efecto de atracción sobre quien lo contemplase. En particular llamó poderosamente el interés de un niño. Hasta tal punto que mientras  duró su estancia en ese lugar, apenas se separó de ella.
Benko, así le llamaban  en la tribu, era un niño de pelo rizado negro como el azabache y carita graciosa.  Se le quedaba mirando embobado como si nada más que aquella larga  cabellera brillante como el sol existiese para él. Leticia le daba galletas y caramelos y el niño no cabía en sí de gozo por aquellos regalos que nunca había conocido.
Lo que más le gustaba era tener en sus manitas morenas los rizos de Leticia, los acariciaba  desenredándolos con verdadera devoción.
A su madre no le importaba,  pues ella, al igual que las demás mujeres de la tribu, también revoloteaba a su alrededor encantada de admirar a la mujer de piel blanca y pelo dorado.
El niño la seguía en sus reportajes indicándole por señas adonde dirigirse para no perderse, nunca la dejaba sola. Leticia también se percató  de la fascinación que su cámara ejercía en él. No perdía detalle de sus poses al buscar el mejor ángulo y perspectiva y guardaba un sepulcral silencio hasta oír el disparo del obturador.
Fue una estancia fructífera artísticamente e inolvidable por tantos momentos emocionantes vividos con la tribu y por la complicidad que estableció con el niño, por eso el momento de la partida fue muy difícil para ambos, especialmente para ella pues le había cogido cariño.
El día de la despedida  Benko estaba tan compungido y lloroso que le pidió a un compañero que les hiciese una foto juntos con la Polaroid porque tuviera un recuerdo de ella. Y no fue solo eso. Se cortó un generoso mechón de su pelo y se lo dio.
Sus ojos le brillaron de un modo tan singular a Benko que, entre llantos, de la emoción le dio un beso.
- Era un niño precioso...dijo Leticia volviendo de súbito al presente con la mirada perdida y cargada de nostalgia.
- Y ese niño fue apadrinado por Roberto Pereira, consejero de la ONU y al acabar  la Universidad,  emprendió  la búsqueda de quien recibió sus primeras lecciones de fotografía.
Entonces, en un movimiento  de prestidigitador, apareció en una  mano de Paulo Pereira, un pequeño estuche de plata. Al abrirlo, Leticia contempló aquellos tirabuzones suyos que se cortó para dáselos  un  lejano día.
La emoción turbaba  a Leticia. El  niño de entonces ,  ahora el hombre que la contemplaba mirándola fijamente a través de sus ojos negros,  había desatado un tropel de emociones que ella creía  perdidas para siempre.
Lentamente, Leticia abrió su bolso y sus gráciles dedos mostraron una fotografía idéntica a la que exponía el cuadro.
- La llevo siempre conmigo - dijo ella con la voz quebrada.
Esta vez fue  Paulo Pereira quien se mostró visiblemente impresionado al contemplar la imagen y sus oscuros ojos se  empañaron  unos instantes.
Quedaron en suspenso los dos, contemplándose como si fuera la primera vez, hacía tantos años,  a orillas del Amazonas. Ella,  una audaz jovencita que triunfaba en su profesión y se adentraba en la selva amazónica llena de ilusiones y proyectos. Él, un muchachito risueño lleno de encanto que acaparó toda su atención desde el primer momento por su gracia y desparpajo.
- Debo felicitarle por su magnífica obra;  por sus famosos Ángeles Rubios, los retratos más sutiles e increíbles que nunca he visto.
Paulo sonrió con dulzura a Leticia.
- Desde pequeño sigo impresionado por su cabello rubio, de esos rizos prodigiosos que yo rememoro  desde entonces;  y de su rostro,  para mí el prototipo de la Belleza más pura.
Leticia estaba a punto de echarse a llorar por sus palabras. Nadie,  jamás,  le había dicho una frase como aquella. ¿Por qué se puso a temblar repentinamente?
- Por eso retrato siempre modelos de piel blanca como la nieve y  cabello dorado, en un vano intento de que se asemejen a usted.
Leticia se tambaleó levemente y Paulo Pereira la sujetó con suavidad.
- Nada, no ha sido nada, gracias -musitó con un hilo de voz por tanta emoción.
Sentados frente a unos cafés dejaron pasar  el tiempo, indolentemente,  entre confesiones y risas, compartiendo retazos de sus vidas.
- Nunca pensé que volvería  a ver a Benko, aquel niño de la aldea  del Amazonas y menos convertido en todo un hombre. Y, para mi sorpresa, siendo uno de los mejores retratistas del momento. Me ha dado usted una sorpresa mayúscula.
- El hallazgo fue para mí conocerla, señorita Leticia.
- Señora -corrigió ella con una elegante sonrisa- Tengo un esposo y unos hijos  adorables,  que me dan toda la felicidad que una mujer puede desear.
Paulo Pereira asintió y se inclinó hacia adelante en un gesto como para dar mayor confidencialidad a sus palabras.
- A los pocos años de irse usted y su equipo vinieron  unos misioneros y unos delegados de la ONU que visitaban la cuenca del Amazonas. Desgraciadamente había perdido a mis padres y mi vida no hubiera seguido otro rumbo diferente de los demás  de la tribu si no hubiera sido por un afortunado azar llamado Roberto Pereira. Me adoptó otorgándome  su apellido y me trató como uno más de sus hijos dándome su afecto y la posibilidad de ser alguien en la vida.
Su voz se  había quebrado al recordar el infortunio de sus padres y evocar a su familia adoptiva.
- No hacía más que recordarla  haciendo fotografías -siguió rememorando Paulo Pereira- y puse todo mi empeño en ser fotógrafo como usted.
- Por favor, Paulo, no me llames de usted -dijo ella cordialmente.
- Gracias, Leticia, por tu amabilidad.
- Y ciertamente has sido un alumno muy aplicado, tus retratos son famosos en el mundo entero. Además de tus reportajes de Flora y Fauna que sigo con mucho interés desde siempre. Quién me iba a decir que mi fotógrafo preferido era el inseparable Benko en aquella selva amazónica que nunca olvidaré.
A Paulo Pereira le reconfortaba el modo afectuoso con que Leticia le hablaba y miraba.
- Te parecerá una tontería pero el mechón de tus cabellos siempre fue una especie de talismán para mí. Todavía guardan las yemas de mis dedos la sensación que sentía cuando acariciaba tus cabellos. Es así,  por increíble que parezca.
Leticia sonrió ampliamente y tomó una de sus manos.
- Guardé esa foto de los dos como oro en paño, no sé ni como se ha conservado tan bien.
- Ahora, Leticia, este famoso fotógrafo, como dices tú, pero humilde  fotógrafo, quiere pedirle a su maestra  un deseo.
La expresión de Leticia mostró una gran sorpresa. ¿Cuál sería ese deseo?
- ¿Qué podría hacer yo por ti, una simple reportera?
- Una simple reportera a la que se  rifan en las Agencias.
- Ya será algo menos, ya - rió divertida Leticia. ¿Y cuál es el deseo del afamado retratista del momento?
- Un deseo que está cumpliéndose en parte porque quería verte de nuevo. Y algo más en lo que sueño desde siempre.
Fueron unas palabras trascendentes, rotundas aunque cálida e inocentemente pronunciadas por Paulo Pereira que despertaron una poderosa curiosidad e intriga en ella.
- Quiero que poses para mi.
Aquello fue como una inesperada e intensa lluvia de verano que sorprendió totalmente a Leticia. Intentó asimilar la petición de aquel hombre que la miraba como cuando un niño pide algo imposible.
- Por supuesto que sí -se sorprendió ella misma al pronunciar estas palabras casi automáticamente.
Paulo Pereira no esperaba tan repentina espontaneidad y  su rostro se dulcificó complacido.
- Gracias, Leticia, no sabes cuánto he soñado este momento.
- Pero con una condición.
- ¿Chantaje...? - y soltó una jovial risotada.
- Que luego poses para mi, Benko. Sin Polaroid.
- Concedido. Sin Polaroid.
- Siempre serás Benko para mí. -sentenció Leticia.
- Me alegraré de que así sea.
- ¿Nikon contra Nikon?
- Nikon contra Nikon.
Brindaron como los viejos amigos que eran y quien quiera que los contemplase sin duda se hubiera contagiado de su alegría. 

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sábado, 11 de abril de 2015

Aquella Navidad




Cuando los astronautas Conrad y Thomas descubrieron AQUELLO a través de la ventanilla de su cápsula espacial creyeron haberse vuelto locos de repente. AQUELLO era lo más insólito y extraordinario con que podían tropezarse allá arriba. Sucumbieron con la incredulidad y el espanto pintados en sus rostros.
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Todo empezó la mañana de un día de Navidad, cuando aquel hombre y su hijo llevaban una veintena de pavos al mercadillo de la ciudad. Augusto, que así bautizaron al bicho más lozano, escapó de la varita del chico y corrió a picotear aquella planta que crecía al borde del camino. Sus hojas grandes y amplias, de vivas tonalidades encarnadas, atrajeron su atención. Y debieron de satisfacer su gula a juzgar por lo pronto que las despachó. Con este acto tan simple, tan estúpido si se quiere, la Ciencia, los botánicos y estudiosos del mundo entero perdieron la oportunidad de asombrarse con el hallazgo del más fantástico ejemplar vegetal que, extraña e increíblemente, no figuraba en libro ni catálogo alguno. Era una planta inédita. Estaba allí y nadie sabría decir desde cuándo, cómo, y por qué.
         El esplendoroso tamaño de Augusto llamó inmediatamente la atención de los compradores. “¡Vaya pavo imponente!”, pensaban. Pero tuvieron que trocar su admiración por el pavor. Aquel animalejo comenzó a transformarse por momentos en una criatura monstruosa. En un visto y no visto adquirió la corpulencia de un avestruz y al intentar su dueño echarle un lazo, tenía tal altura que se tragó al pobre hombre como si fuera una lombriz.
         Otro intervalo de tiempo y helo aquí convertido en un gigantesco caballo de Troya  emplumado que cacareaba. Bajo sus rugosas patas las aterrorizadas gentes desaparecían a cada viaje de su voraz pico. El animal agujereaba los edificios más venerables, los rascacielos altivos que se deshacían como hojaldres, lo aplastaba todo.
         Pronto una sola de sus patas cubrió toda la ciudad. Horas después, el continente entero quedaba asolado por aquella mole inabarcable de carne suculenta y apetitosa. El vasto océano fue para el plumífero una pequeña charca que atravesó sin esfuerzo.
         Todo se convirtió en una interminable sucesión de cráteres y el agua de todos los mares no llegó a mitigar la sed de aquel ser que escapaba a todo lo imaginable.
         Y seguía creciendo…
         Tanto, que llegado un momento sobresalía más allá de la estratosfera y se apoyaba sobre el globo terráqueo al igual que un payaso de circo haría equilibrios sobre una pelota rodante. Quedó, al dar un pequeño salto, flotando grotescamente en el espacio. Parecía un inmenso barco negro, sin rumbo, zarandeado por dóciles corrientes.
         Tuvo hambre. Primero deglutió la Tierra. Después, cual minúsculos granos de arroz, los planetas, los asteroides, los cometas, cualquier cuerpo celeste fue engullido. Aquella cabina espacial ni se notó en el asombroso buche de Augusto.
         El sol, tan reluciente, cautivó al pavo. Lo devoró de un picotazo. Le gustó el calorcillo que embriagó su interior. Se tornó él mismo brillante, despedía calor.
         Y siguió creciendo y creciendo…

jueves, 2 de abril de 2015

Laura




La enfermera depositó el sobre en la mesa del despacho del doctor Villagrán y se retiró tras dedicarle una leve sonrisa.  No  llevaba remitente  y estaba un poco arrugado. Intrigado, el facultativo lo abrió y unas líneas de cuidada caligrafía se ofrecieron   a su vista.
 " Mi inolvidable y muy  estimado doctor Villagrán -comenzaba así-. Soy Laura y cuando lea esta carta seguramente  no estaré ya en el mundo de los vivos. Pero antes de que mi  extrema gravedad  acabe  con mi vida, le rogué a don Segundo, -el cura que asiste de vez en cuando al  barrio de Las Chimbambas-,  le escribiera esta carta en mi nombre, pues no se  leer ni escribir.
No se me ocurren palabras para agradecerle lo que hizo por mí desde aquel día que llegué a su Hospital prácticamente muerta de inanición. Una ambulancia me llevó allí por error  y aunque a ese Centro no le correspondía atenderme pese a mi precario estado, dado que es privado, usted hizo lo imposible porque fuera acogida  bajo su única y estricta responsabilidad nada más ver cómo  me encontraba.
Nunca había estado en un Hospital ni conocido lo que era la caridad humana hasta que le conocí a usted.
Fue como si un verdadero ángel de la guarda se hubiera hecho realidad  en su benefactora persona. En mi inconsciente agonía oía su voz serena y tranquilizadora, sentía los cuidados que me prodigaba y cómo poco a poco recobraba la lucidez perdida. Notaba una fuerza interior que se abría paso empujándome a volver a la vida aunque solo fuera por ver su rostro y darle las gracias.
¿Cómo olvidar su saludo de cada mañana, su mano sobre mi frente, el... "¡Hasta mañana, Laura!", antes de abandonar el Hospital?
Fueron momentos y sensaciones que me acompañarán siempre hasta el fin de mis días,  tan  próximo como usted sin duda intuyó.
Si de verdad existe ese Cielo que don Segundo  predica, tenga por cierto que le estaré mirando desde allá arriba y velaré por usted en todo momento, porque siga aliviando y dando esperanzas a seres como yo."
A la mente del doctor vinieron aquellas escenas vividas no hacía mucho tiempo.  El impacto que le causó ver a una muchacha en tal estado de depauperación, con un terrible cuadro clínico, prácticamente muerta. A fuerza de goteros y estar pendiente de ella en todo momento su tensión arterial fue recuperando niveles normales y un leve tono sonrosado  asomó en sus mejillas.
Cuando no pudo prolongar más su  estancia en el Hospital, el doctor Villagrán la hizo conducir a su domicilio. Había oído hablar del barrio de Las Chimbambas pero nunca se hubiera hecho la más mínima idea del nivel de degradación que allí imperaba.
Las chabolas, precariamente construidas con lo más inverosímiles materiales, se alzaban en medio de un lodazal que acentuaba todavía más lo lóbrego e insalubre del lugar.
En el extremo norte de aquel mísero paisaje, casi lindando con un vertedero, se alzaban unas tablas formando un habitáculo, a modo de casucha, con plásticos como techo y un gran trapo mugroso que servía de puerta para acceder a la estancia.
Al doctor Villagrán se le cayó el alma a los pies al depositarla sobre un sucio y maloliente jergón. Las condiciones higiénicas eran nulas, como las de todos los que habitaban aquel emplazamiento espectral. Las Chimbambas estaban habitadas por los más pobres de la ciudad, los desposeídos de la más ínfima dignidad humana, aquellos que no existían para el resto de la sociedad. Malvivían como un dios inclemente les daba a entender y el hambre y las infecciones, entre otras enfermedades, se cobraban vidas con demasiada frecuencia.
Estaba sola, sus padres habían muerto, sus únicas compañías eran las gentes que habitaban aquel inhóspito y terrible  lugar alejado de la mano de dios. 
El doctor Villagrán no podía quedarse con los brazos cruzados y permitir este estado de cosas. La muchacha necesitaba atenciones para que el débil hálito de vida que la sustentaba no se apagara todavía. La proveyó de un colchón digno y mandó limpiar y desinfectar el precario cuchitril que constituía su hogar.
Cada día, al terminar su labor en el Hospital, el doctor Villagrán la visitaba para suministrarle dosis de reconstituyentes y alimentos energéticos que pagaba de su ajustado sueldo.
En su fuero interno sentía la imperiosa necesidad de velar por ella, porque viviera lo mejor posible cuanto le quedara de vida, robándole tiempo al tiempo, antes de ese  inevitable final que adivinaba cada vez más cercano a tenor del irreversible deterioro de su organismo. 
Pese a su deplorable extrema delgadez, la piel pegada a los huesos, un rasgo de ella sobresalía esplendoroso sobre el conjunto de su persona de un modo que no pasaba desapercibido. Eran sus ojos, de un azul profundo e intenso,  como el del mar al atardecer. Su mirada serena, acogedora, invitaba a perderse en ese iris que brillaba como una gema preciosa.
El doctor quedaba prendado cuando la contemplaba  y su corazón se encogía al sentirse  impotente  por no poder sanarla.
Qué no hubiera dado él para paliar tanta miseria como  le rodeaba, tantos seres que carecían de lo más mínimo, sin horizonte de futuro, sin expectativas  de vida siquiera.
Unas lágrimas empañaron la visión del doctor al recordar a Laura, revivió ese modo de mirarle agradecida por lo que  hacía por ella.
Su voz dulce y pausada, la tibieza de su piel al tomarle el pulso, la placidez que emanaba de cada gesto, de cada palabra.
Se percató de que la carta continuaba y con un suspiro siguió leyendo.
" En el sobre le adjunto mi posesión más querida; poca cosa es para quien luchó lo indecible por alargar  mi existencia como mejor pudo,  pero nadie mejor que usted para ser su custodio. Es la medalla de la Virgen del Carmen que mi padre llevó  siempre en su pecho  y le protegió en su azarosa vida de pescador;  ésa única herencia me dejó. Es la patrona de los marineros, aclámese a Ella cuando le haga falta, pues todos somos marineros en el infinito Mar de la Vida."
Efectivamente, de un extremo del sobre extrajo una pequeña medalla de oro que refulgió al sostenerla entre sus manos. Sintió que un fuerte estremecimiento sacudía todo su ser al recordar de nuevo las palabras que la muchacha le dedicaba cada día al despedirse.
<Gracias por venir, doctor Villagrán. Solo le tengo a usted.>
No pudo contener unos sollozos de emoción al sentir  prendida en su alma aquella mirada pura e inocente de Laura, aquellos ojos azules  que anegaron  su corazón de la más límpida ternura como nadie había hecho jamás.
Y deploró con todas sus fuerzas que el Destino no hubiera sido otro para seguir contemplando el azul de sus ojos de mar.

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sábado, 14 de marzo de 2015

Ángel de la guarda (continuación y final de "Ángel azul")





Aquella mujer no cesaba de mirarme. Estaba nervioso ante la insistencia conque me observaba. Y más me puse cuando se levantó y fue en dirección a donde yo estaba sentado.  Era impresionante, mediría más un metro ochenta por lo menos y lucía una larga melena de pelo negro. De tez morena,  su rostro era bellísimo. Como si tal cosa tomó asiento a mi  lado.
- Hola, Alberto, ¿cómo estás? –me soltó de sopetón.
- ¿Me conoce? –silabeé  débilmente.
- Claro que te conozco. Y tutéame, por favor, soy Elvinatel, tu ángel de la guarda. 
 Sentí  un repentino vahído.
- Hace algún tiempo te pedí que me pintaras en aquella casa, ¿recuerdas?. Y desde entonces te has hecho todavía más famoso; los coleccionistas, las Galerías de Arte, la gente rica, todos quieren uno de tus ángeles rubios.
Mi memoria empezaba lentamente a funcionar. Desde luego que la recordaba, vaya que sí. Un sudor frío recorría mi  frente.
-  Me has pintado subida a una nube, en forma de ola, rodeada de palomas, en lo alto de una pirámide, de tantas maneras como te inspiré  cada vez que pensaste en mí. ¿No es así, Alberto?
- Sí, es verdad -respondí  sin entender todavía lo que estaba pasando.
- Primero,  tranquilízate; sé que todavía no te has repuesto de nuestro primer encuentro y que  no te explicas   lo que sucedió aquel día.
Aunque lo cierto es que no olvidaste el más mínimo detalle de mi figura  al pintarme  tan magistralmente en tus cuadros.
Traté  de poner en orden mis  ideas poco a poco. Mil interrogantes recorrían mi  mente.
- Antes eras rubia como el oro y ahora eres morena, ¿cómo iba a saber que eres tú? Y, además... -titubeé- ¿Qué quieres ahora de mí?  Ya te pinté como querías, ¿no es así?
La mañana era soleada y la terraza estaba repleta de gente que disfrutaba de aquella temperatura primaveral tan agradable.
- Un refresco de limón -pidió la mujer al camarero que se acerco solícito a la mesa.
- A mí otro café, por favor -demandé pensando que debía estar bien despierto.
Sentí que la mirada de aquella inquietante mujer invadía hasta el más profundo rincón de mis pensamientos.
- Llevas una temporada pensando en la muerte, temiendo llegue  ese momento e imaginando qué sentirás en ese preciso instante, si es que alcanzas  a percibirlo, ¿no es así?
- Es verdad -asentí con la cabeza sorprendido por aquella revelación-Pero...¿cómo lo sabes?
- Lo sé todo sobre tí, nunca me separo de tu lado;  ni de noche ni de día. Yo te desperté aquella vez  que dabas cabezadas conduciendo y te hice dar un volantazo para no darte de frente con el camión; y te subí a la acera de  un empujón para que no te arrollase el bus que iba justito al bordillo, recuerda.
Hasta...- y una pícara expresión asomó en su cara- te quité de la cabeza aquella treintañera que se cruzó en tu camino y de la que te encaprichaste.
Tras una risita cómplice que acentuó todavía más su encanto, su voz adquirió un tono grave y solemne.
- No quiero asustarte, Alberto, pero he venido a hablarte de la vida y...de la muerte.
Tragué saliva y desde luego me sobresalté.
- La...¿muerte?
- Claro, Alberto, la muerte va con la la vida, y al contario. -se quedó tan tranquila después de decirlo-.
Dio un pequeño sorbo al refresco y prosiguió.
- En términos coloquiales, y para que lo entiendas, te diré que la vida es como una chispa que surgió hace miles de años. Una llama que se enciende en cada uno de nosotros al ser engendrados y transmitida por nuestros padres, que a su vez la recibieron de los suyos. De igual modo que junto con tu esposa la  transferisteis a vuestros  hijos.
No sabía qué pensar.
- Suena muy bonito, como un cuento, ¿no?
- Está fuera de tu alcance comprenderlo por más que sea sencilla mi manera de hacerla asequible para tí.
- Vale, la llama se prende, de acuerdo; y cuando uno muere, ¿qué? -dije excéptico.
- La llama sigue existiendo en el otro ser que es portador de la vida que tú le diste.
- ¡Ajá! -exclamé triunfante- mi acertada teoría de que después de muertos es como antes de nacer;  la Nada, el vacío más absoluto.
- ¿Esa  es tu  acertada teoría? -me miró inquisitiva.
Me sentí pillado en falta.
- Alberto, como humano no puedes comprender cuanto hay fuera de la Vida. Lo conocerás todo cuando dejes tu cuerpo mortal.
La gente se nos quedaba mirando; bueno, en realidad era a ella a quien miraban. Una despampanante mujer con la falda a media pierna y deslumbrante  como una diosa bajada del cielo. Al lado de un señor mayor que para nada llamaba la atención. Y, esto me hacía sonreír por lo chocante, hablando de la muerte, como si fuera un tema de conversación de lo más usual.
- ¿Y que hay de tu cuerpo? Dices ser mi ángel de la guarda, ¿no es así? -le solté de corrido.
- Lo soy, Alberto, no lo dudes.
- ¿Y qué es un ángel, si se puede saber? -dije en tono burlón.
Frunció el entrecejo en un gesto reprobatorio  y pensé iba a ser objeto de una regañina.
- Es normal que tengas tus dudas sobre mí, incluso después de lo que tus ojos vieron aquel día cuando me mostré en forma humana, concretamente en cuerpo de mujer.
Debió ver el brillo repentino de mis pupilas cuando recordé una vez más su cuerpo delirante y deseable y aunque hizo como que no se percató de ello, creí vislumbrar una leve sonrisa aquiescente.
- Cuando un ser nace, dos fuerzas acuden de inmediato. La Luz y la Sombra, por decirlo así. Cada una quiere prevalecer sobre la otra para marcar el Destino de esa nueva vida. Aunque una de ellas estará más presente, durante toda su existencia se librará  una lucha constante entre las dos Entidades por regir los actos, los pensamientos y el azar  de ese ser humano.
- El Bien y el Mal, el Cielo y el Infierno, Dios y el demonio, como me enseñaron en el colegio religioso, ¿no es así? -afirmé categórico y triunfal-.
- Quiero pedirte que vivas el dia a día, Alberto, para eso he venido de nuevo. El mañana nadie lo conoce y el pasado ya no existe más que en los recuerdos de una memoria que se desvanece con el tiempo.
¿Qué ganas angustiándote en pensamientos que te hacen sufrir? Eres un buen hombre; recto, sencillo, entregado a tu hogar y tu trabajo. Tu religión y primer mandamiento es tratar a los demás como deseas te traten a ti, por eso haces felices a cuantos te rodean y pones un poco de paz y concordia allá por donde pasas. ¿Te parecen pocos atributos para no sentirte realizado y estar satisfecho  en este mundo?
Su mirada me embelesaba transmitiéndome una extraña paz, algo en mi interior se esponjaba bajo el influjo de sus palabras.
- Nada de cuanto existe tiene la facultad de crearse  a sí mismo. Hay una fuerza primigenia e invisible que es el orígen de todo.  Ese y no otro es el único misterio que conoceremos  cuando nuestra existencia llegue a su fin. Unos le llaman dios, pero es  uno de los muchos nombres que variados seres y culturas a lo largo de la Historia le atribuyeron. Otros no creen en nada.
Estaba hecho un lío, ciertamente; no había dicho nada que someramente yo no intuyera desde que me hice muy crítico con la educación religiosa a la que me vi sometido en el Colegio de curas donde estudié el Bachillerato.
- Sé lo que piensas y me doy cuenta de tu turbación;  es razonable que  te sientas así. Soy y seré el suceso más extraordinario que nunca te ha sucedido. Inexplicable para tí, por eso nunca comprenderías qué es un ángel.
Sin esperarlo puso  mis manos entre  las suyas y sentí una confortable sensación. Los transeúntes debieron notar que me puse colorado como un tomate.
- Soy de carne y hueso, real como tú mismo en este instante. ¿Notas el calor de mi piel?
- Sí -respondí embobado al notarla tan cerca.
No pude evitar perderme  en aquellos ojos negros y profundos, en el aroma sutil e indescriptible que emanaba de ella  y que iba endulzando mis sentidos, transportándome a sensaciones y fantasías antes nunca experimentadas.
- Soy quien te hace llorar y reír, sentir y amar, crear, soñar, suspirar, ese impulso de vida que guía cada uno de tus pasos y pensamientos, tus deseos y anhelos. El que  te hace ser como eres, con tus virtudes y defectos, quien te guía hacia el Bien dentro de lo posible y procura que no te pase nada antes del momento inevitable que a todo ser humno le llega.
Me sentí unido a ella por lazos que escapaban a mi conocimiento. Como un poderoso faro, deslumbrante e irresistible, su mirada me revelaba todo aquello que atenazaba mi pobre espíritu, abría mi pequeña mente a misterios insospechados, a espacios y universos en los que apenas era un insignificante puntito de luz en medio de miríadas infinitas de luminiscencias en movimiento.
- ¿Estás bien, Alberto? - su voz me devolvió a la normalidad tras un  inusitado  trance.
Había estado en una especie de Limbo, como flotando en el aire  y poco a poco fui distinguiendo los contornos y detalles de cuanto me rodeaba.
Ahora comprendía muchas cosas y me sentia feliz y contento por cuanto me había sido dado a conocer.  También, no podía evitarlo, atenazado al pensar en  ese final que a todos nos esperaba.
- ¿Sabes? Te confesaré un secreto.
Tras aquellas enigmáticas palabras quedé en suspenso, sin poder imaginar qué nuevo y desconocido manifiesto estaria a mi alcance.
- No andas descaminado cuando piensas que el sueño no solo es el acto de reponer nuestro organismo del desgaste diario. Estás convencido de que el sueño es un ensayo de la muerte, un estado inerte en el cual no tenemos conciencia de que existimos, que sería muy fácil e indoloro pasar al descanso eterno sin apercibirnos de ello. La mejor muerte posible, desde luego, eso piensas tú.
Era cierto que creía en ello y lo manifestaba y trataba de convencer a quienes quisieran escucharme, así se lo hice saber.
- ¿Ése es el secreto? -le dije excéptico.
Permaneció unos instantes con la mirada ausente, como pensando en la respuesta.
- El secreto te dejará más confuso de lo que estás, Alberto. -afirmó categórica.
Ahora la pelota estaba en mi tejado. No sabia qué decirle.
- Por motivos que escapan a tu entendimiento, tu conciencia, tu esencia más vital ha tomado el cuerpo de una mujer;  la que tienes frente a tí.  Soy ese sentido invisible y desconocido que todo ser humano posee y le guía en su hacer diario. Sólo los espíritus puros, sensibles y nobles, auténticos, saben escuchar ese hilo sutil, esa vocecilla amiga que nos ilumina con su Luz en todo momento.
Aquello me desbordaba. ¿Tenia salida en el laberinto de sus palabras?
- ¿Sabes...? -y cambiando de postura levantó un nuevo revuelo entre los mirones que estaban pendientes de sus bonitas piernas-. Podía haber hecho esta nueva aparición con aspecto de una mujer normal que pasara desapercibida del todo. Una ama de casa corriente, por ejemplo.
Se me quedó  mirándo entonces entre divertida y pícara poniéndome sobre  ascuas.
- Sé algo que todo el mundo desconoce de tí; que te gustan las mujeres mucho más altas que tú. Te pones a mil sólo de imaginarte al lado de una hembra de casi dos metros, ¿a que sí?
Como un campanazo resonó aquello en mi cabeza.
- Vaya, conoces hasta el último rincón de mis secretos pensamientos.
- Claro, ya te lo he dicho. Soy la personificación de tu tu conciencia,  así que nada escapa a mi conocimiento.
Debió de notar mi tremendo desconcierto mental.
- Poco a poco la impresión y el desasosiego que te estoy causando en estos momentos irá decantándose y tranquilizando tu ánimo. Meditarás asimilando lo sucedido y terminarás por comprenderlo todo.
-Me cuesta creer que existes de verdad, que eres el prototipo hecho carne de la mujer conque sueño enocontrarme cada noche. -me estremecí al pensarlo.
Apuré el café que me sirvieron comprobando que estaba frío.
-¿Y qué pasará, qué debo de hacer a partir de ahora? -quería saber a lo que atenerme.
Me miró cándida y amigablemente.
- No has de hacer nada especial, Alberto. Seguir viviendo como hasta ahora pero sin preocuparte del mañana. Si te angustias con  el final de tu vida no disfrutarás el presente y tus temores y miedos harán que no seas feliz ni tampoco quienes te quieren y te rodean. Así de fácil aunque no lo parezca.
Te acompañaré siempre porque formo parte de lo que eres.
Traté de poner en orden mis ideas, darle un sentido a todo aquello que me estaba sucediendo pero era imposible. Me parecía una situación irreal.
Una corriente de tranquilidad invadió mi espíritu y traté de descubrir más cosas en aquellos insondables ojos negros que me miraban con una desconocida intensidad.
- Quiero que pongas mucha atención a las dos alternativas que voy a proponerte. Escúchame bien, Alberto.
Estaba  intrigado del todo, ¿qué me diría?
- Si te reúnes conmigo en  donde te diga, vivirás una experiencia mística que nunca olvidarás.
Estaba más desorientado todavia.
- Experimentarás algo tan trascendental y único como del todo insospechable. Te llevaré de mi mano al Paraíso, Alberto.
¡El paraíso, me ofrrecía el paraíso! -¿había entedido bien?
- ¿Eres capaz de llevarme al Cielo?
Me envolvió con una enigmática sonrisa que no supe descifrar.
- Soy capaz de eso y de mucho más:  no tienes ni idea  de lo que puedo hacer contigo...
Sus labios rojos brillaron de un modo especial y un excitante espasmo sacudió cada rincón de mi cuerpo.
- La otra posibilidad  que te queda es no acudir a la cita, en cuyo caso no  me verías nunca más;  aunque estaría siempre a tu lado en estado invisible.
Tragué saliva, era un  dilema difícil de asimilar.
- Y si me hago el ánimo y voy...
Sonrió ampliamente luciendo sus dientes de perla confundiéndome más de lo que ya estaba.
-  En el  supuesto de aceptar el encuentro, estoy segura de que  querrías repetir más veces esos momentos celestiales como pocos humanos han tenido el privilegio de probar.
Era imposible no sustraerse a su magnética presencia. Toavía creía estar en medio de una ensoñación que se desvanecería, estaba seguro, tan pronto me levantara de la silla.
Eso hice y también ella se incorporó. Apenas le llegaba a los hombros y sus esplendorosos pechos transparentándose a través de su  blusa quedaron a la altura  de mis ojos sintiéndome empequeñecido de repente, cohibido,  indefenso como un niño, sin voluntad.  Me hubiera pedido la cosa más inverosímil y arriesgada que se le antojase y  lo habría hecho como un autómata en el acto, sin pensar en las posibles consecuencias.
Lo que hizo fue inclinarse y acercar su rostro al mío. A continuación me besó tan apasionadamente que sentí que  una corriente de calor me  devoraba por dentro.
Fue lo último que recordé al abrir los ojos y verme en el suelo rodeado  de gente que me miraba como quien contempla un ejemplar de una especie rara.
- ¡Ya despierta! -gritó un vejete con la chaqueta de pana llena de lamparones.
- ¡Eh, señor, arriba! -me tomó del brazo una señora gruesa que olía a ajo.
Me incorporé medio aturdido comrprobando que la espectacular mujer que me había besado ya no estaba.
Poco a poco se fueron dispersando todos y quedé allí en medio,  confuso y sin saber qué hacer ni a dónde ir. Me temblaban las piernas y mis labios guardaban el  sabor de aquella boca tan indescriptible y sensual que me besó.
Tenía una tarjeta con una dirección en mi bolsillo. Unas alas briilantes estaban impresas en una esquina y con letras de filigrana su nombre: Elvinatel.
¿Qué significaba todo aquello, era real cuanto había sucedido? ¿Estaba en mi sano juicio o  era un desvarío mental?
El aire estaba impregnado de un perfume embriagador que se apoderó de mis sentidos. Y al mirar hacia arriba, creí vislumbrar una nube blanca en forma de ángel que flotaba balanceándose graciosamente en el azul del cielo.

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