miércoles, 25 de junio de 2014

Ainara




Estabas todavía atontada por el efecto del tranquilizante. Había sido una mañana demencial. Perdiste los nervios finalmente y arremetiste contra todos y contra todo, fue algo irracional que te hizo estallar sin poderte contener. Tu esposo te separó  cuando ya tenías medio agarrada por los pelos a tu nuera, agitando los brazos y gritando desaforadamente.
Ahora empezabas a recordarlo todo poco a poco. La semana anterior fue una locura, sin poder dormir, siempre en el pensamiento el próximo juicio.
El ánimo meditabundo y la mirada perdida en mil sórdidos pensamientos.
Las palabras  se quedaban pegadas en tu reseca garganta, ni te reconocías la voz. Deambulabas por la casa deslizándote ajena  a  cuanto te rodeaba. Eras una sombra de ti misma.
Nunca aprobasteis que apenas con  diecinueve años vuestro hijo se uniera a aquella muchacha. Eran demasiado jóvenes, tiempo habría de todo, pensabais. Estaban muy acaramelados sentimentalmente, daba gusto verlos tan unidos y entusiasmados. Parecían el uno para el otro.
Tu hijo siempre buscó en tu mirada que aprobaras aquella relación, que le animaras y le dijeras ¡adelante¡  pero siempre un velo de duda y  de temor era tu respuesta.
Sólo cuando vino al mundo Ainara recobraste la esperanza y apostaste por aquella temprana unión. La niña fue una bendición celestial. Una criaturita deliciosa que hizo las delicias de la familia. Y en la que volcaste tu entrega de abuela más entusiasta y cariñosa.
Casi la criaste tú, siempre en tus brazos, mimándola como hiciste con tus hijos cuando eran  pequeños. Ainara fue tu locura, la alegría que te recompensaba de tantos sinsabores como te atenazaban.
Su pelo y sus ojos eran los tuyos, la piel blanquita, los andares….
No sabíais qué haceros con ella. Os la rifabais para tomarla en brazos.
Un día todo se trastocó; la pareja empezó a discutir y la unión que tan fuerte mantenían se vino abajo. Parecía que ello no fuera a ocurrir nunca pero era un hecho palpable que no se llevaban bien.
Los reproches, las palabras fuera de contexto; y aquellos mensajitos por el móvil que tan relevantes iba a ser.
De la noche a la mañana la citación ante el juez;  los abogados, procuradores, toda la parafernalia que rodea un juicio.
Vuestra abogada fue clara desde un principio: habría que luchar y muy bien para ganar ante el estrado. Casi siempre le daban la razón a la madre y por ello la custodia de los pequeños. Este hecho era el que te sublevaba, que tu hijo no pudiera tener a Ainara; que tú misma no pudieras disfrutar de la compañía de tu querida nieta.
No era sólo la custodia lo que se barajaba;  podía ser condenado a la cárcel durante un tiempo y esta noticia te hizo estremecer hasta lo más profundo de tu ser. Tu hijo, carne de tu carne,  entre rejas, como un vulgar delincuente. Aquello no podía ser cierto, sin duda era una confusión, algo que no iba a suceder nunca.
Otra alternativa eran los trabajos comunitarios; seria preferible a la cárcel, sin dudarlo.
Los mensajes por el móvil eran un arma peligrosa que esgrimiría el abogado  de la parte contraria. Todo se confabulaba en contra, eso era cierto. Y más que nada sería la sarta de mentiras que saldrían de la boca de tu nuera; sabría hacer muy bien su papel frente al estrado.
Se te llevaban los demonios al verla mirándote desafiante, segura de su victoria sobre vosotros.
Tanto que la quisiste, acogiéndola casi como a una hija. Y ese era el pago que os daba, acusar al padre de su propia hija, sin el menor miramiento, amenazarlo con quitarle la custodia de la niña.
El día del juicio Ainara se quedó en casa de un familiar. La niña no habría comprendido el por qué de todo aquello, sin duda se habría visto afectada por la gran tensión que flotaba en el ambiente.
Por suerte para ti en algunos momentos te venía al pensamiento la ilusión que tenías por la tienda; los pormenores y trámites que iniciaste y los que todavía tenías que llevar a cabo, una ingente tarea que te absorbía todo  el poco tiempo que te quedaba libre.
También te reconfortaban las palabras de ánimo y esperanza que te dedicaban todos tus amigos y amistades.
No era poco, desde luego, contar con tanta gente sincera a tu favor en estos momentos. Aunque la pena y la desazón eran finalmente tuyas y de nadie más.
Te levantaste por inercia cuando todos lo hicieron. El juez y el jurado entraban en la sala. Iban a dictar sentencia. La suerte estaba ya echada, pensaste. Sólo cabía rezar la última plegaria y desear una sentencia justa.
El rostro del juez era una página en blanco. Sus labios apenas se movieron al pronunciar la decisión del jurado. No llegaste a oírla, sólo notaste los abrazos de los tuyos y sin saber por qué tus lágrimas afloraron.
Tu querido hijo no iría a la cárcel. Pagaría una multa y cumpliría una orden de alejamiento. Y podría estar con su hija cada quince días.
Era para estar contentos, la verdad. El fantasma de la prisión se alejaba definitivamente de tu hijo. La multa no era excesiva y el alejamiento sería conveniente después de lo sucedido. Y podríais disfrutar de Ainara cuando correspondiera.
Notaste cómo un nudo espeso y doloroso aflojaba tu ánimo poco a poco liberándote de tanta tensión acumulada. Y resonaron de nuevo aquellas palabras que nunca dejaron de acompañarte en todo el tiempo que duró la pesadilla. De aquella persona tan lejana pero a la vez tan próxima. “Sé fuerte”. “Ánimo, vencerás”. “Tendréis suerte, todo irá bien.”.
Y lloraste de nuevo. Pero esta vez fue de inmensa alegría.

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miércoles, 4 de junio de 2014

El Rayo



Cuenta una vieja historia que  había un  hombre tan anciano  que nadie sabía su edad. Ni él mismo recordaba sus años de tantos que tenía. Sus paisanos le apodaban “el antiguo”.
Lo mantenían vivo  la pena y el dolor que lo embargaban por la pérdida de su esposa y de su hijo.
Se los llevó un rayo una noche de tormenta delante mismo de sus atónitos ojos sin que pudiera hacer nada por salvarlos.
Un día un chamán tan viejo como él y que pasaba por allí se le quedó mirando muy fijamente y el hombre  sintió que  la mente del chamán penetraba en sus pensamientos.
-No sufras más y ve a Talcahuano. Allí están tu esposa y tu hijo.

El viejo sintió una fuerte conmoción por las palabras de aquel extraño personaje. Talcahuano significaba en el idioma mapudungin que hablaba el pueblo mapuche  “Lugar de los Rayos”.
Así que reunió a todos los habitantes del poblado y les dijo:
-El chamán habló y me dijo que fuera a Talcahuano a buscar a  mi familia. Os ruego me llevéis allí pues soy demasiado viejo para llegar yo solo.

Así lo hicieron y llevaron con sumo cuidado y prestancia al venerable y respetado anciano a ese lugar.
Talcahuano fue antaño un paraíso  luminoso y acogedor; ahora, como si una maldición se hubiera cumplido, se había convertido en  una tierra  inhóspita y lluviosa cuyos habitantes se ganaban trabajosamente el sustento. Un mar bravío de indómito oleaje dificultaba la pesca a quienes se atrevían a buscarla en aquellas gélidas aguas.
Muy pronto se dio cuenta el viejo de  que aquel paisaje hostil hacía honor al sobrenombre de “Lugar los Rayos”, pues pocos días amanecían  que no se iluminara el cielo con las más pavorosas tormentas.

Una noche  de tantas que se preguntaba dónde debía encontrar a su esposa y su hijo, y como respondiendo a su congoja por no saberlo, se desencadenó un temporal tan estruendoso y aterrador, que ni los más ancianos del lugar recordaban haber contemplado uno igual.
Incontables  rayos iluminaban de tal modo el cielo que parecía era de día. El viejo estaba deslumbrado y sobrecogido por aquella visión tan espectacular.
Se percató de que en lo más alto de una  montaña que los lugareños llamaban Madanga, convergían los rayos como si un poderoso imán los atrajese.
Una voz interior, como un presentimiento, le decía que era allí adonde debía ir.
Los habitantes de Talcahuano trataron de que desistiera de su intención pero fue en vano. Por más que le advirtieron que en aquel sitio moraban fuerzas poderosas y desconocidas y terribles misterios oscuros, no lograron cambiara de propósito. 
Trabajosamente,  arrastrándose como pudo, en medio de una lluvia fría que le calaba los huesos, emprendió la subida a la montaña.
El ansia por reunirse con los suyos hizo posible aquella dolorosa ascensión.
Exhausto, casi moribundo,  llegó a la cima y lo que vio le sorprendió  en grado sumo.
Había una gran piedra de forma rectangular,  a modo de altar, en la que  incidían los rayos  uno tras otro,  sin cesar un solo segundo,  increíblemente  sin hacerla añicos. 
El viejo estaba aterrado y al mismo tiempo fascinado por aquel espectáculo que escapaba a toda comprensión humana.
Sus piernas se movieron fuera de  control y le condujeron al mismo epicentro de aquel mar de relámpagos.
Sucedió que una centella se le coló  por una  manga, un chispa por la otra; por las orejas, por la nariz, por la boca, miles y miles de rayos fueron penetrándole sin cesar, agitándole como a una marioneta en un  baile indescriptible. 
El viejo notaba un tibio calor y un inquietante cosquilleo le recorría el cuerpo de pies a cabeza. Todo era luz a su alrededor y percibió que también él era luz, formaba parte de ese mismo resplandor.
En ese tabernáculo deslumbrador se fueron  perfilando unas luces todavía más intensas que atrajeron poderosamente su atención. No podía dar crédito a lo que allí acontecía, aquella visión le sobrecogió el alma. No le salieron lágrimas  porque era pura incandescencia pero quiso llorar y gritar de alegría al ver a su esposa y a su hijo hechos luz como él.
- ¡Padre, padre! –gritó su hijo yendo a su encuentro  envuelto en chispas.
-¡Manuel,  esposo mío, por fin has venido! –se alborozó ella desprendiendo resplandores.
El viejo se sintió por fin dichoso, su búsqueda había terminado.
Los tres se fundieron en un iridiscente abrazo que hizo saltar en mil pedazos la piedra del altar de los rayos.
A continuación se oyó un estruendo ensordecedor y   la montaña tembló sacudiendo y estremeciendo  hasta el último guijarro de tierra, árbol y arbusto de aquel lugar.
Cual si se hubiera obrado un milagro,  un deslumbrante sol iluminó  un nuevo paisaje,  verde y armonioso, acogedor y mágico.


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martes, 28 de enero de 2014

Extraños en la noche



Todo empezó una noche de verano, en la verbena del pueblo. La orquesta-conjunto, “Los Diablos Rojos”,  iban  a ofrecer  la última canción.

Amelia no era de las chicas que más sacaban los chicos a bailar.

Era agraciada, honesta a carta cabal y sana como las manzanas que se criaban en la comarca.

 La estampa de la  muchacha que nunca ha salido del pueblo,  ocupada siempre en las tareas de su casa y cuidar de sus hermanos más pequeños. Tanto,  que  olía a hogaza de pan y puchero de barro y   sus manos estaban lustrosas de lavar la ropa en las aguas del río.

Lorenzo era también el típico pueblerino. Incansable en el campo y en  la ganadería de su padre, sólo conocía el trabajo y el abrigo del hogar.

Ingenuo y sencillo como alto y fornido, recogía alguna que otra calabaza cuando sacaba a bailar a las muchachas. Aunque tenía buena planta, sus rústicos modales y su parquedad hacían que pasara desapercibida.

Ellas preferían a los forasteros porque eran refinados en su manera de hablar y las encandilaban contándoles cosas de la ciudad, olían a colonia cara y vestían muy bien.

Sonó el primer compás de aquella melodía y Lorenzo, sin saber por qué, le pidió a Amelia que bailara con él.  Ella aceptó, sorprendida de que por fin alguien la sacara a la pista justo en el baile que clausuraba la feria.

Bailaron mirándose a los ojos como si fuera la primera vez que se veían. Apenas se movían de arrobados que estaban.  Acabó la música y seguían abrazados, como si todo a su alrededor no existiera.

Aquello levantó muchos comentarios. Tantos como su inesperado  noviazgo, surgido tras el baile. A partir de entonces los vieron pasear por las calles del pueblo, por los campos, los ribazos, cogidos de la mano siempre, ausentes de todo y de todos.

Amelia comenzó a pintarse un poco los ojos, peinarse de otro modo más favorecedor  y perfumarse antes de salir de casa.  En alguna escapada que hizo a la capital adquirió ropa del mismo estilo que las jóvenes  que veraneaban en el pueblo.

Lorenzo también dejó las camisas y pantalones de siempre para vestir más moderno y actual.

Tan notorio  fue su repentino cambio que hasta los veraneantes,  chicos y  chicas, los miraban de otro modo, como si los descubrieran por  primera vez llegando a provocar cierta admiración.

Un día las  campanas de la iglesia  del pueblo tocaron a boda y Lorenzo y  Amelia fueron aclamados por  sus paisanos  deseándoles  toda clase de parabienes y felicidad.

Nadie recordaba un “sí quiero” más  radiante y emotivo como el de aquellos novios que se juraron amor eterno a los pies de la Virgen de Cortes.


Tanta dicha en aquel noviazgo y matrimonio tan repentinos como dichosos, tuvieron su recompensa en unos hijos que serían fiel reflejo de sus padres;  Miguel y MariCortes.

Los años fueron pasando apaciblemente en aquel pueblo que poco a poco fue cambiando  al compás de los nuevos tiempos; la recién estrenada  autovía acortaba distancias y pronto crecieron adosados y nuevas edificaciones que dieron un toque de modernidad a todo el entorno. También la nueva piscina, el Instituto y las Escuelas Profesionales contribuyeron a realzar su importancia como cabeza de partido.

Lorenzo y Amelia seguían paseando cada atardecer por los alrededores del pueblo aunque ya no iban solos; unos lozanos y bulliciosos nietos les alegraban  la vida y les recordaban cuando sus hijos, Miguel y MariCortes, correteaban delante de ellos saltando y corriendo alegres y risueños.


Una tarde de Noviembre un hielo traicionero en el asfalto los estrelló contra un árbol al perder el control del vehículo. Un ángel misericordioso debió llevar en volandas la ambulancia porque  salvaron  la vida a tiempo.

Estaban vivos aunque apenas podrían andar con normalidad, así se lo comunicaron los médicos. Las muletas serían sus compañeras inseparables para siempre.

No regatearon tiempo ni dinero visitando más y más doctores pero el diagnóstico era el mismo: nunca caminarían con normalidad.

Esperanzados, por agotar todas las posibilidades, acudieron a incontables sesiones de afamados fisioterapeutas que les hicieron soñar que lograrían andar como antes del accidente pero tan solo fueron un alivio pasajero a sus dificultades locomotoras.

Amelia y Lorenzo lo sufrían todo resignados y siempre dando las gracias a Dios por no haber perecido en aquel terrible accidente y así estar  el uno junto  al otro y poder seguir disfrutando de sus hijos y nietos.


Unos amigos les hablaron de los balnearios de aguas termales,  los variados beneficios que se obtenían con aquellas aguas que salían de las entrañas de la tierra. Aliviaban y casi curaban multitud de dolencias de todo tipo;  óseas, dermatológicas, pulmonares, eran incontables sus propiedades.

Sus hijos se ofrecieron a llevarlos a uno de ellos, para que pasaran una temporada fuera  de su rutina  diaria y así distraerse y  olvidar sus males. Tras largas deliberaciones pensaron que quizá los chicos tuvieran razón y les conviniera respirar nuevos aires, así que aceptaron.

El balneario  estaba situado en las estribaciones de la Sierra de Alcaraz, un entorno privilegiado,  poblado de árboles, arbustos, flores de todo tipo. Sus instalaciones ofrecían los más completos tratamientos corporales atendidos por  personal cualificado.

Desde el primer día los arroparon los monitores en los baños  y  los demás compañeros para minimizar sus deficiencias físicas. Por las tardes, bajo los sauces llorones mecidos por la fresca brisa de las montañas, disfrutaban conversando con gente de su edad, compartiendo detalles de sus vidas, experiencias, recordando su día a día  en aquella amable armonía.

El día de la despedida llegó cuando más entretenidos estaban. Cada uno debía de volver a sus puntos de origen; unos a sus residencias de la tercera edad, otros en compañía de sus hijos y familiares y los demás a sus quehaceres diarios.

Como cada año se organizaba una gran fiesta de despedida. Al ser verano y la temperatura nocturna muy agradable, se habilitó la gran explanada de la entrada  engalanándola  a tal efecto. En el espectáculo unos  residentes cantaron, otros recitaron  sentidas poesías y rimas;  también actuaciones  musicales de acordeón, guitarras y laúd para deleite de la concurrencia. También hubo entrega de  premios a los ganadores de petanca, parchis, dominó, y todas aquellas actividades que promovía el Balneario para que nadie permaneciera ocioso y quisiera participar.

El colofón de la noche, el momento más esperado, era el baile. Rumbas, salsa, boleros, cumbias, tangos, todo tipo de  música y ritmos  mantenían en movimiento a un ejército de bailarines a cual más entregado y pletórico de fuerzas.

Lorenzo y Amelia miraban  cómo bailaban y se divertían todos al compás de alegres melodías. Estaban cogidos de la mano y una sana envidia se dibujaba en sus ojos al contemplar el espectáculo musical.

Se hizo muy tarde y había que recogerse para madrugar al día siguiente.

El Disc jockey anunció la última canción,  “Extraños en la noche”.  En labios  de  Frank Sinatra, “La Voz”, fue destilándose  suavemente a través de los altavoces, esparciendo sutilmente en el aire su inolvidable eco romántico.

Sin que nadie lo advirtiera, algo desconocido e indescriptible se apoderó de Lorenzo y Amelia al recordar que esa canción fue la que sonó  aquella noche en la verbena del pueblo cuando bailaron por primera vez.

Se miraron a los ojos en una mirada desconocida hasta entonces, llena de un extraño brillo que los envolvió sacudiendo hasta la última partícula de su ser.

Una súbita sacudida recorrió sus  cuerpos y  los levantó  de sus asientos. Un poderoso imán los atrajo a la pista de baile por su propio pie, sin muletas, enlazados por la cintura, como si aquel momento se transfigurase en la noche que se abrazaron y se miraron como si solo ellos estuvieran en el mundo.

Ante el asombro de los presentes se deslizaron suavemente al compás de la canción;  “La Voz” los mecía con mimo, cómplice en cada nota de ese quedo vaivén que los unía  como dos mariposas libando la misma flor.

Hasta la luna, allá en  lo alto, había  detenido su deambular  nocturno para ser testigo de aquel inaudito milagro en sus miembros tanto tiempo paralizados.

Cuando la última nota de la canción se perdió en el aire se besaron como si nunca lo hubieran hecho, embebidos de  aquellas lágrimas dulces que surgían del corazón.


Ningún doctor supo dar explicación a este hecho que escapaba de sus conocimientos y que figuró en numerosos artículos de revistas especializadas de medicina.  Aunque se barajaron varias hipótesis,  entre ellas que la parálisis parcial de sus piernas fue  transitoria, cobraba fuerza entre los que acudían al Balneario de Benito el convencimiento de que fueron sus  aguas medicinales las que obraron  ese particular milagro en  Lorenzo y Amelia.


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miércoles, 4 de septiembre de 2013

Dragolandia




Era un dragón muy singular. Más que ningún otro. Su apariencia era la que debía tener un dragón que se preciara de ello. O sea, tenía un tamaño gigantesco comparado con la figura humana, su piel estaba formada por unas placas de queratina durísimas, la espalda se reforzaba con unas protuberancias que se alzaban como espinas amenazadoras y su enorme cuerpo terminaba en una cola larguísima y robusta que podía dirigir en todas direcciones. Las patas terminaban en prensiles y poderosas manos con uñas afiladas del tamaño de una espada. Pero lo que más llamaba la atención de un dragón era su impresionante cabeza. Una boca aterradora con hileras de dientes espantosos y cortantes, una lengua larga y negra como el carbón y unos ojos enormes y penetrantes cuya mirada era la del diablo personificado.

También era consustancial de su fisonomía un par de alas inmensas, acordes con su tamaño. Este dragón era, con todas las de la ley, un ejemplar de los de mayor magnitud y desasosegador aspecto. Daba miedo verlo.

Pero tenía una característica muy peculiar que le diferenciaba de cualquier otro de los de  su especie que iban sembraban el pánico por todas partes.

Era un dragón bueno, sus intenciones no eran malévolas y perversas.

No era un dragón sanguinario que se comía los rebaños de ovejas y se merendaba de postre a los campesinos que sembraban las mieses. Ni incendiaba aldeas y bosques y se  llevaba entre las garras la torre de alguna iglesia.

Ni tan siquiera aniquiló al ejército que el rey mandó para matarlo. Simplemente sopló un fuego suave para derretir las armaduras de los caballeros y  les diera tiempo a quitárselas.

Solamente se limitaba, eso sí, a volar amenazadoramente por todo el reino, para dar fe de su naturaleza de dragón y poblar de pesadillas los sueños infantiles.

 

Como todos los días la Princesa fue con sus doncellas a coger flores y frutos del bosque. Era una primavera radiante. La temperatura era muy agradable y las recientes lluvias habían esponjado y beneficiado de tal modo la tierra que la cosecha se prometía más abundante que nunca.

Solamente debían tener la precaución de no traspasar los lindes del bosque.

Mas allá estaba el volcán y era allí donde se suponía vivía el dragón.

La Princesa se quedó rezagada cogiendo trufas y sin  darse cuenta dejó atrás el bosque buscando caracoles, que eran su plato favorito. Crecían abundantes en los campos cercanos al volcán. Se dio cuenta de que aquéllos caracoles eran más grandes de lo normal y tenían un bonito caparazón de color rojo. Y casi corrían cuando ella acercaba la mano para cogerlos, hubiera preferido fueran a su encuentro.

Entretenida, no se percibió de que se hizo sombra a su alrededor de repente, pese al día tan soleado. Ni tampoco oyó sonido alguno, ni se dio cuenta que los pájaros habían dejado de cantar.

Miró hacia arriba y el dragón estaba  allí. La Princesa se quedó petrificada. No hubiera podido escapar aunque corriese como una liebre.

La Princesa era valiente pero la visión del dragón tan cerca superaba todo asomo de valentía. Apenas era nada comparada con tan descomunal criatura.

El monstruo la miraba feroz, aunque curioso y complacido de su fragilidad, sabedor que con un gesto podía engullirla,  era como una muñequita, apenas un principio de aperitivo.

Ella se tapaba los ojos con las manos y temblaba sin disimulo. Estaba a punto de llorar cuando ocurrió lo más insólito que nadie hubiese imaginado.

El dragón le dijo a la Princesa:

- Tranquilízate, por favor, no voy a hacerte daño alguno.

La Princesa no pudo dar crédito a aquéllas palabras. Miró desconcertada alrededor buscando a  quien  las había pronunciado.

- Soy yo el que te habla, el dragón. Mírame, no tienes nada que temer de mí, verás cómo no pasa nada, anda, no te asustes.

La Princesa lo contempló todavía sin comprender lo que sucedía. Estaba viva, no la había tragado de un bocado con aquella boca de espanto. Y cuando los latidos de su corazón se amansaron se dio cuenta que la voz del dragón era dulce y melodiosa. Que aquélla terrible cara del dragón se había ablandado en una mirada cordial y  agradable. Hasta comprobó que tenía unas pestañas muy largas y unos ojos azules muy bonitos. Sin saber por qué encontró hasta guapo al dragón. Pero era una locura pensar  tales cosas. Aquello no estaba sucediendo, estaba a merced de aquél monstruo y la devoraría  en un periquete.

- Sé lo que estás pensando, que estas viviendo una pesadilla o algo así, pero te aseguro que es real,  estás delante del dragón, la terrible fiera que tiene atemorizado a tu reino. Pero todo tiene su explicación. Cuando llegue su momento se sabrá.

- Pensé me ibas a comer, ¿los dragones no devoráis a la gente?

- Los dragones no estamos a todas horas comiendo personas. Nunca me comí a nadie ni pienso hacerlo. No sería capaz de comerme siquiera una mosca. Mi comida es la lava del volcán y bebo fuego. Así tengo mis llamaradas a punto siempre. ¿Sabes lo que me gustaría comerme? Un par de butifarras catalanas y de postre un  gran tocino de cielo del tamaño de la plaza del pueblo.

La Princesa no sabía qué pensar del dragón. Era desconcertante.

- Eres  un dragón muy tonto. Ningún dragón dice esas cosas.

La Princesa se asombraba de su audacia ante el dragón. Aquél dragón parecía bobo.  O por lo menos lo aparentaba. Le miraba la cara y le veía una expresión bobalicona que le hacía diferente.

- No sé tu nombre pero te llamaré Bobo, por la cara de bobalicón que pones cuando me miras. Jajajajaja- y rió acompasadamente con esa gracia que sólo las Princesas tenían.

 

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El tiempo fue pasando y la Princesa y Bobo, así  llamaba al dragón, se hicieron muy amigos. Casi todos los días la Princesa y sus doncellas salían en busca de setas y flores silvestres. Y de caracoles. El cocinero de palacio ya no sabía de qué forma cocinarlos, tanta era la cantidad de este molusco que la primogénita del Rey traía en sus cestas.

Hablaban de todas las cosas que se les ocurría, tal era la confianza que se tenían. Así, la Princesa fue conociendo el fascinante y desconocido mundo de los dragones. Y Bobo supo de la vida de Palacio y la Corte del Reino, el nombre del Rey y la Reina, sus padres, y  sus hermanos los príncipes David y Judith.

Reían y se lo pasaban muy bien, el tiempo se les pasaba volando. Cuando se despedían siempre se decían lo mismo.

- No me iría

- Ni yo tampoco.

           

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Pero la Felicidad es una flor muy efímera cuando la maldad, la inquina y la envidia soplan con fuerza sobre los sentimientos más nobles y sinceros.

Malvada, la hija de la condesa Odiosa, descubrió un día los encuentros de la Princesa y el dragón. Y celosa y envidiosa de la belleza de la Princesa y la admiración que despertaba allá por donde iba, la denunció a los Inquisidores.

El asunto despertó una gran conmoción en la Corte y el Rey y toda su familia quedó en entredicho. Nada menos que la Princesa, la hija del Rey, la flor y la nata de la Corte, la hija predilecta, era amiga de un dragón, el ser más malvado y terrible que podía existir.

Sus padres y hermanos estaban compungidos, no paraban de llorar, pero apenas pudieron  oponerse al gran poder de los Inquisidores.

El pueblo permaneció fiel a la familia real, no le dio importancia a la conducta de la Princesa. Porque también era cierto que el dragón de la Princesa nunca había atacado la ciudad ni cometido desmanes, así como  tampoco otro dragón había hecho acto de presencia estando tan cerca el dragón de la Princesa.

Pero los Inquisidores eran tan malvados que conspiraron y predispusieron con sus malas artes a la mayoría de la Corte contra la Princesa y prepararon un juicio contra ella para llevarla a la hoguera por bruja.

El juicio, pese a la fuerte oposición del pueblo, que adoraba a la Princesa por ser tan buena, quedó en celebrarse muy pronto y  a puerta cerrada. 

Avisado Bobo, el dragón de la Princesa, de todos estos sucesos por una doncella, salió de su guarida en el volcán y voló raudo y veloz al castillo.

El descomunal dragón apareció en el cielo de la ciudad lanzando amenazadoras llamaradas de fuego y bramando furioso se dejó caer en la plaza mayor.

El revuelo que se armó fue indescriptible. Los aldeanos y burgueses huían despavoridos, las madres abrazaron a sus hijitos y nadie encontraba un escondite para librarse de la presencia de la bestia.

Los Reyes, la Corte entera y el cuerpo de Inquisidores, la Princesa, el cuerpo de guardia, todos estaban aterrorizados y quedaron a merced del dragón.

El dragón tenía los ojos inyectados en sangre y humeaba por la nariz vapores de azufre, estaba enfurecido y los miró a todos desde su descomunal tamaño, eran seres insignificantes a su lado, hubiera podido barrerlos a todos de una sola llamarada.

La Princesa era la única que no estaba asustada, y se alegró al instante de ver a  Bobo, su amigo el dragón.  En un descuido se zafó de sus guardianes y corrió al lado de Bobo.

La multitud lanzó un grito de horror al ver a su linda Princesa junto al dragón.

De nuevo sucedió lo que mente alguna hubiera podido imaginar. Aquel dragón, aquella criatura que parecía salida del más profundo de los infiernos, volvió a hablar, esta vez para  todos los habitantes del Reino que allí estaban congregados.

- Rey, Reina, Corte del Reino, Inquisidores,  habitantes todos, os ruego detengáis este acto  de injusticia que estáis a punto de cometer.

 Se miraron unos a otros,  estupefactos y sorprendidos, sin creerse para nada lo que allí estaba sucediendo.  Como Bobo vio la incredulidad  pintada en sus rostros, prosiguió.

-No soy  un dragón pese a la apariencia que tengo. Por  insólito que os parezca soy Valiente, el Príncipe heredero de Naranjalandia, hijo de Afortunada, mi madre y Bondadoso, mi padre, el Rey. Siendo un apuesto y gallardo joven,  heredero del trono de mi Reino,  la condesa  Odiosa me propuso desposara a su hija Malvada. Como quiera que la rechacé por no sentir amor hacia ella, condición indispensable para casarme algún día, la condesa, una auténtica bruja,  despechada me lanzó una maldición. Y  me convirtió en lo que veis, un feo y horrible dragón.  Podéis imaginaros el terrible dolor de mis padres por la pérdida de su hijo primogénito, y la vida tan terrible y miserable  a que me sometió la maldad de la bruja, condenado de por vida a ser despreciado y odiado por todos, a esconderme  y alimentarme de lava y fuego.

Y, lo que es peor, verme privado de sentir el más bello sentimiento que un ser humano pueda experimentar: el amor.

Sólo si se diera una condición dejaría de ser un dragón: que lograse el amor de una doncella y que ésta, en prueba de ello, me diera un beso de enamorada.

Pero…¿Quién en su sano juicio se acercaría a mi sin miedo a ser devorado?  ¿Qué tierna y gentil muchacha me daría un beso, sería tan loca de enamorarse de un dragón?  Nadie sería capaz, estoy condenado a ser un dragón para siempre.

Bobo miro a todos apesadumbrado y no hubo ningún presente que no sintiera lástima por él.

Pero aquel era sin duda un día que pasaría a la historia del Reino y seria recordado para siempre por las generaciones presentes y  futuras.

La Princesa, con una voz de cristal que era la de un ángel bajado del Cielo, levantó la mirada  y dijo:

- Yo soy  esa doncella, Bobo.

Un terrible grito de horror y espanto surgió de las gargantas de todos los allí congregados. Luego siguió un silencio sepulcral, ni las nubes se atrevieron a moverse.

La Princesa tenía una linda sonrisa en su cara y miraba afectuosamente a Bobo. Y, dirigiéndose a los habitantes del Reino, les dijo:

- Quiero que sepáis que yo, la Princesa, legítima heredera del Reino de Manzalandia, jamás he conocido un ser tan tierno y dulce como este dragón al que he puesto el nombre de Bobo. A través de su amistad he descubierto un corazón falto de cariño y afecto, deseoso de encontrar un alma gemela que le acompañe en su vida. Quiero ser su compañera, liberarlo de su ignominia.

La Princesa miró de un modo especial a Bobo, apenas podía contener la emoción cuando le dijo:

- Bobo, mi querido y entrañable dragón, quiero decirte que estoy profundamente enamorada de ti, desde el primer día, que nunca me importó cómo eras ni lo que pensaran de ti, que sólo me importó el fondo de tu gran corazón, esa manera tan tierna y delicada con que me has tratado.

El dragón dejó caer unas enormes y blancas lágrimas de sus grandes ojos.

Su cara tenía una expresión de gozo y alegría. No era la cara de un monstruo, se había suavizado y hasta resultaba agradable.

Los súbditos, los personajes reales, todos seguían con interés creciente el devenir de cuanto sucedía entre su Princesa y el dragón. Nadie hubiera imaginado la historia que empezaba a desarrollarse ante sus ojos.

- Princesa, -dijo Bobo el dragón,- me haces el ser más feliz del universo. Nadie me dijo nunca palabras tan hermosas como las tuyas. Yo también te amo, es imposible conocerte y no llegar a sentir ese sentimiento. No es sólo tu bello rostro, enmarcado en esos rizos prodigiosos, es la serena hermosura que florece en tu alma, tu generosidad sin fin, esa sonrisa que iluminó desde el primer día a este atribulado dragón. Me aceptaste tal como era, hiciste bonita mi bestial fealdad.

Quisiera desposarme contigo, Princesa, unir nuestras almas y nuestros corazones, romper las fronteras y desterrar los dragones para siempre.

Con tu ayuda y nuestro amor lo haremos posible. Seremos el uno para el otro para siempre jamás. ¿Me aceptas como tu Príncipe enamorado?

La Princesa se acurrucó contra Bobo y con  voz trémula y emocionada, dijo:

- Si, Bobo, tu serás mi Príncipe enamorado y yo seré tu Princesa enamorada. Te besaré y dejarás de ser dragón para siempre.

La  multitud guardó más silencio todavía, el momento  crucial había llegado.

Bobo bajó su impresionante  y terrorífica cabeza a la altura de la diminuta

Princesa. Ella se acerco al labio inferior del dragón, valiente y decidida, sin temer para nada sus dientes de pesadilla.

Y con toda la gentil presteza de su encanto femenino, le dio un largo y apasionado beso a su querido Bobo.

De momento no sucedió nada. Se podía cortar el aire con una espada.

Luego sobrevino la maravilla que nadie hubiese podido imaginar.

El cuerpo del dragón se iluminó de repente con una cegadora luz blanca. Y de cada escama de su rugosa piel surgió un sorprendente arco iris que se elevó a las alturas. En el cielo, poco a poco, fueron engarzándose las estelas de colores, como si un ser celestial e invisible las entretejiera con sumo mimo, hasta formar una increíble y luminosa sombrilla de inusitada hermosura.

Después, la sombrilla cubrió a todos los presentes inundándoles y penetrándoles con su fulgor.

Todos notaron un tibio y agradable bienestar bañados por aquella misteriosa luz.

Cuando cesó el mágico momento, el dragón había  desaparecido. En su lugar estaba un apuesto doncel que abrazaba a la Princesa. Era alto y rubio, nadie le hubiera ganado en apostura varonil.

Los reyes de Naranjalandia abrazaron presurosos al hijo que creían perdido y la emoción inundaba el lugar a raudales.

Mientras tanto los soldados habían apresado a la condesa Odiosa y llevado a presencia del Rey de Manzalandia. La condesa suplicaba perdón, se arrastraba por los suelos para impresionarlos y obtener clemencia.

El Príncipe se adelantó hacia ella y le dijo con ademán condescendiente:

- Condesa Odiosa, bruja perversa y mala, me lanzaste un maleficio para que no pudiera encontrar a mi amada. Ahora yo te lanzo el mío: a partir de ahora serás buena y vivirás al servicio de los demás, procurando su bienestar y no interferirás en   los asuntos del corazón.

Por los aires se elevó un OHHHHHHHHHHHH clamoroso que llego hasta las mismas puertas de San Pedro en el Cielo.

Los Príncipes, a cuál de ellos más guapo y gentil, se miraron y se besaron apasionadamente.

Y cuentan las leyendas, y escrito está, que el Príncipe recibió un besazo de la Princesa que le hizo olvidar su vida de dragón.

Y fueron felices y comieron perdices……………..”

 

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sábado, 1 de junio de 2013

El acantilado



                                              

El viento zarandeaba a las gaviotas,  parecían bailar al son de las fuertes rachas. Silbaba al entrar por los farallones de las cuevas marinas, gritaba y ululaba, como un fantasma que huye asustado de sí mismo, buscando un refugio imposible.
El hombre lo  miraba todo desde lo alto del acantilado. La línea del horizonte, borrosa por el oleaje, el sol marchitándose al atardecer,  las nubes de formas grotescas, cargadas de lluvia, las olas rompiendo estruendosamente sobre las rocas….
Tenía los ojos perdidos en un pensamiento tan lejano como el barco negro que se adivinaba en la lejanía.
Avanzó poco a poco al extremo de la peña. Sus pasos parecían los de un niño que aprendía a andar. Vestía traje chaqueta en buen estado aunque la ascensión al promontorio le había cubierto de polvo.
Esperó un buen rato, inquieto, con  la respiración entrecortada.
Entonces la vio. La mujer estaba muy cerca de él. No había reparado en ella. Sus miradas se cruzaron por unos instantes. Indecisa, empujada por el ventarrón llegó junto al hombre. Este la miró sin verla, no le dijo nada.
Ignorando su presencia,  el hombre  inició un paso al vacío. Una ventolera casi le hace perder el equilibrio y la mujer le sujeta como puede.
- Espera, hagámoslo al mismo tiempo.
Un gruñido es la respuesta.
- ¿Por qué?
- Queda más solemne.  Imagínate la noticia: un hombre y una mujer se arrojan del acantilado del Cabo del Águila. O,  mejor, dos enamorados que se despeñan cogidos de la mano.
- ¡Qué cosas dices!  Nadie se ocuparía de nosotros, dos desconocidos, ¿a quién le importaríamos?  Además, ¿qué sabrás tú del amor, de dos enamorados  que se tiran a un barranco?
- Pues sé muchas cosas, demasiadas. O quizá por no saber todavía más estoy aquí. Terminemos de una vez, venga, los dos al mismo tiempo….
El hombre la sujetó ésta vez, clavándole los dedos  en el brazo hasta hacerle daño.
-  Espera, hay tiempo, el precipicio no se irá de aquí. No esperaba tener compañera de viaje. Es el sito menos indicado para compartir esto con otro.
Pero yo llegué antes –rió forzado-,  me tiraré el primero, me verás caer  y quizá no lo hagas tú, ojalá  el horror te impida hacerlo.
- El horror es mi vida, llena de equivocaciones, de mala suerte.
- Dos almas gemelas, por lo que veo. Dos tristes parias que quieren irse para no sufrir más.  Terminar de una vez por todas, hacerle una jodida pedorreta al mundo, a la vida.
- Trabajando desde niña, sin  descanso, de sitio en sitio, mal pagada, tragando carros y carretas, haciendo lo que nadie quería hacer. Un marido, borracho siempre,  me pegaba,  me tuvo como una coneja de cría, seis hijos me hizo. La droga se llevó tres.  De los otros sólo uno me salió bueno.  Una tarde la policía me avisó que mi marido había muerto de un navajazo. Me había quedado sola, libre, y para qué quería la libertad. Pero lo que más me duele en esta vida es que nunca tuve amor, ternura alguna, nadie me dijo algo tan simple y bonito como  “te quiero”.
La mujer lloró. El hombre la miró confundido, quiso decirle algo pero no supo qué. Después le pasó una mano por el hombro, en plan conciliador.
- Aquí donde me ves, ninguna mujer se fijó en mí, no tuve oportunidad de fundar un hogar, tener unos hijos en los que mirarme en la vejez. Y mira que lo intenté, pero en vano, o quizá no supe buscarla. Al contrario que tú, no encontré a quién decirle eso que tu siempre esperaste oír, soltar un “te quiero” como la copa de un pino. Pero ahora ya es tarde para eso.
Guardaron silencio,  escuchando el bramido de la tempestad que no arreciaba.
Se cogieron las manos. En el fondo de ellos mismos se leía idéntico desencanto,  la misma tristeza. El momento había llegado.
Se asomaron al precipicio y un pavoroso vértigo se apoderó de ellos. Una salvaje corriente de aire les empujó  de lleno.
En ese momento unos excrementos de gaviota les manchó la cara a los dos.
Se contemplaron el uno al otro, con aquella suciedad en  el rostro.
Y,  de repente, estallaron a reír. Era una risa absurda, tan absurda como la situación que la provocaba.
Estaban todavía fuertemente cogidos de la mano, mirándose mutuamente sin dejar de reír a carcajadas. Cuando cesó la risa notaron que  algo había cambiando entre ellos.
- ¿Sabes? –dijo el hombre-, Hacía ni se sabe que no me reía de este modo.
- Yo tampoco, olvidé cómo había que hacerlo.
- No me importaría hasta decirte algo que nunca pude decir a nadie.
- Dímelo, puedes decirme lo que quieras y como quieras.
- ¿Qué te parece si te digo que te quiero? –dijo él ansioso-.
- Que son las palabras más bonitas que podrían decirme.
Poco a poco fueron separándose del acantilado. El viento había amainado. Y un tibio y vergonzoso rayo de sol iluminó por unos momentos a un hombre y una mujer que, cogidos de la mano, iban hacia un  nuevo y esperanzador paisaje.

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