jueves, 20 de noviembre de 2014

Lienzo de amor



LIENZO DE AMOR


La exposición de cuadros de María era un éxito. Prácticamente estaban todos vendidos; ella menos que nadie  pudo imaginar  tan gran acogida en su debut en Valencia. Había periodistas para cubrir el evento, estudiantes de Bellas Artes, algunos pintores locales reconocidos, marchantes y un público mucho más numeroso de cuanto cabía esperar.
Algunos asistentes mostraron  curiosidad  por conocerla y con más  de un pintor compartió  los aspectos técnicos de su pintura, llegaron incluso  a elogiar sus cuadros.
- María, ¿me permite un momento?
Quien se lo decía era un hombre bien trajeado de unos cuarenta y tantos años según pudo calibrar al primer golpe de vista. Era alto y vestía  chaqueta azul  y pantalones de color gris.
Era bien parecido y su colonia olía muy bien. Su curiosa e intensa mirada se apoderó de ella.
- Si, claro –dijo tratando de reponerse de la impresión-¿Puedo ayudarle en algo señor...?
- Luis,  Luis  Gisbert, María. Quizá le sorprenda saber que tenía muchos deseos de conocerla en persona aunque lo cierto es que sé de usted desde hace mucho tiempo.
- ¿Sí? –María lo miró sorprendida.
- Soy hijo de Armando Gisbert López. ¿Lo recuerda?
Le bastó apenas un momento para responderle.
- Por supuesto que me acuerdo. ¿Cómo  iba a olvidarlo?

A su mente acudió el recuerdo de su aprendizaje en la academia de pintura. Iba dos días a la semana terminada su jornada laboral  para aprender a pintar, su ilusión de siempre.
Se dedicó con tanto ahínco  que pronto destacó sobre los demás mostrando  un talento natural por el óleo.
Un día se celebró una muestra de los trabajos de los alumnos en una sala de arte concertada al efecto.
Allí se le acercó un caballero de aspecto distinguido.
- Hola, señorita, permítame que me tome la libertad de dirigirme a usted. Me llamo Armando Gisbert y su pintura me ha llamado la atención. ¿Podemos hablar un momento?
- Por supuesto, no faltaría más, me llamo María. –respondió gratamente sorprendida.
Se sentaron en una cafetería próxima delante de unos cafés.
- Me gusta la pintura y tengo una pequeña colección de cuadros de variados estilos. Creo  tener el don de descubrir un pintor fuera de lo común  cuando lo veo. No me equivoco con usted si le digo que le auguro un grandioso porvenir si continúa pintando así, se lo aseguro, mi  instinto no me ha fallado nunca.
María no supo qué decir, estaba arrobada por la presencia  de aquel hombre  que la  miraba con sumo interés.
- Le voy a proponer que pinte para mí. El precio no será ningún problema, desde luego. ¿Qué me dice?
- No sé que decirle –dijo titubeante-. Soy una principiante, no sería capaz de hacer un encargo  y menos a un entendido como usted.
- Paparruchas, créame. Podría habérselo pedido a un pintor de éxito y me haría un trabajo excelente  pagándole   lo que me pidiera. Pero no quiero eso. La escogí a usted, María, porque seria una creación que no seguiría ninguna pauta comercial, dejaría que el pincel interpretase su inspiración libre, sin ataduras académicas,  tal cual lo ha hecho en esos cuadros suyos  que he admirado y me hace decantarme y apostar por usted.
Estaba confundida y sonrojada. Era un hombre subyugante, sin duda,  y su proposición  tentadora, le parecía imposible.
- ¿Qué tipo de cuadro sería?
Todo el poder de la mirada de aquel hombre se volcó sobre   ella.
- Quiero que me pinte a mí- reveló con su bien timbrada voz.
Así fue como cumplió su primer encargo recibiendo una interesante  suma. A partir de entonces, sin dar crédito a lo que vino después, no dejó de pintar. Aquel cuadro de Armando  se comportó como un amuleto de la buena suerte, le llovieron tal multitud de clientes   que  llegó a pedir una excedencia en su bien remunerado trabajo para poder dedicarse de lleno a la labor.

- Celebro que le recuerde, María. Mi padre tampoco  la olvida, me dio recuerdos para usted.
Las palabras de Luis la sacaron de su evocación.
- Por favor, no me hables de usted, ¿quieres?
- De acuerdo, María.
- Conocer a tu padre y tener cierto éxito fue todo una. No sé cómo me atreví a pintarlo, era un reto muy grande y  temí decepcionarle.
- Pues fue todo un acierto, tu cuadro cuelga en su despacho de  fundador y presidente de la empresa y quién lo contempla pregunta invariablemente por la autora, es de un realismo asombroso, captaste su esencia, se muestra  tal cual es.

María estudió con detenimiento el rostro de Luis. Era el vivo retrato de su padre aunque en este caso la firmeza de los rasgos de su progenitor se había atenuado; destacaba su mirada juvenil y mostraba una bondad limpia y auténtica. Sus pómulos eran menos pronunciados y su mentón no tan avanzado,  tenía las mejillas sonrosadas y un díscolo mechón de pelo rubio bailaba  en su frente.
Luis convino en que María tenía un encanto natural. Lucía una feminidad serena y atrayente; de medidas armoniosas,  sus comedidos gestos eran elegantes y  delataban junto con su límpida voz un dulce encanto  que invitaba a descubrir.
- María, pronto expondrás en Madrid y creo  que en un futuro  próximo   Roma y París, ¿no?
- No me lo recuerdes –lució de nuevo su tímida sonrisa.- No sé de dónde sacaré tiempo para prepararlo todo, la verdad; esto me desborda, no pensé que gustase tanto mi pintura, te lo digo sinceramente.
- Te creo, María, mi padre ya me advirtió sobre tu honesta humildad como  artista y sobre todo como persona.
A María le gustaba aquel modo de mirarla. Había algo en él que le daba confianza, una seguridad que le recordaba  lo que sintió con su padre cuando lo pintó en aquel entonces.
- En realidad he venido para llenar  todavía más tu apretada agenda, ponerte  en un compromiso.
Aquella frase  le trajo a la memoria el momento en que su progenitor le pidió que lo pintara.
- Quiero encargarte una serie de cuadros, dependería de ti el número de ellos. Ni qué decir tiene que no voy a discutir tu tarifa, eso carecería de importancia.
- Lo mismo me dijo tu padre cuando lo conocí, la historia se repite. ¿De qué se trataría? –quiso saber intrigada.
- Nací en un pequeño pueblo de la Sierra de Mariola.  Mi trabajo me impide visitarlo las veces que yo quiera, volver a las calles donde corrí de pequeño, a mis raíces. Hace mucho tiempo  que no voy. ¿Comprendes, María? 
El rostro de María había quedado en suspenso, pendiente de sus próximas palabras.
- Quiero que pintes  mi pueblo,  las montañas, sus fuentes, árboles y  flores, plantas sin igual de aquel  paisaje tan recordado y querido por mí. 
Lo rememoró con tal vehemencia que María creyó atisbar la armonía de aquel lugar que tanta añoranza causaba en Luis.
- Los pondré en el  despacho y en mi casa para hacerme la ilusión de que estoy  allí, subiendo por sus callejuelas y recorriendo los senderos de las montañas. Tu pintura es tan real que lo conseguirá.
Luis se dio cuenta de la expectación que había despertado en ella.
- En breve podríamos acomodarnos en la casa donde nací y cada día tomaríamos una ruta para que pintaras. ¿Qué me dices?
Era una oferta muy interesante. Por otro lado una estancia en un ambiente rural respirando aire puro y oyendo los pájaros le servirían  para reponer sus gastadas energías y huir  del estrés de la ciudad.
                                               - - - - - - - -

Agres resultó ser un idílico lugar. Enclavado en la Sierra de Mariola, era un pueblecito como salido de un cuento. Rodeado de olivos, almendros y árboles frutales, el aire estaba aromatizado por mil esencias de plantas medicinales y era una delicia oír el rumor de sus numerosas fuentes.
La casa era antigua, tenía dos plantas y corral. Las cuadras de antaño eran ahora una confortable estancia de sólidos muebles de madera hechos a medida siguiendo el estilo de la época, con el escudo y apellido de la familia esculpido en cada ángulo del respaldo de sillas y muebles. Una gran banca con coloridos cojines de ganchillo invitaba a gozar de su confort.
Las habitaciones estaban en el piso superior y eran de la misma madera  conservando idéntico  diseño.
Era una casa silenciosa y confortable en la que María se sintió a gusto desde el primer momento. Pronto se adaptó a las costumbres y a las gentes del pueblo, a ese tiempo sin reloj.
Luis resultó ser un solícito y encantador anfitrión. Poco antes de salir el sol cargaban el caballete,  la caja de pinturas y una cesta con el almuerzo. Subían a la montaña buscando perspectivas, los ángulos y la luz que a María le parecían más apropiados.
Volvían cuando el sol incendiaba los contornos del paisaje con su luz rojiza.
Mientras María pintaba sin descanso Luis leía un libro. En realidad pronto  se dio cuenta de que no dejaba de observarla un solo instante, sostenía  el libro para disimular.
El almuerzo era muy esperado y gratificante para María;   degustar  chorizos y morcillas de pueblo, en especial el lomo de orza, sabores inigualables que ya no existían en la gran ciudad.
Luis le indicaba los lugares y detalles que guardaban un especial significado para él; los cerezos en flor y  los olivos, la  fuente oculta  entre matorrales derramando su frescor. La cueva donde oyó decir de pequeño que  se escondía una gran serpiente, las laderas cubiertas de espliego, tomillo, mejorana, salvia, romero,   setas y espárragos en su época.
Un sano color rubí  pintó el rostro de María. Se sentía feliz en aquel ambiente, rodeada de una paz y equilibrio como nunca había vivido.
Contrastaba con Luis los aspectos de su obra,  conversaban hasta que el sueño los vencía en el portal de la casa, como antaño, viendo  lagartijas y dragones perseguir a  los insectos por las paredes encaladas a la luz de las farolas.
El cura  del pueblo los descubrió  un día bajar cogidos de la mano del Santuario de la Virgen con el rostro iluminado de un modo especial.
 Recordó cuando lo bautizó y le dio la comunión, el día de su matrimonio con Beatriz y el posterior entierro de la misma.
Aquel dolor y tristeza infinita que lo acompañarían siempre desde entonces, inconsolable por tan  irreparable pérdida.
La esperanza de que aquella muchacha le devolviera tal vez la alegría perdida a Luis empezó a crecer en el ánimo del sacerdote. 

Una noche, al calor de la lumbre, descubrieron  lo rápidas que habían pasado las hojas del calendario. Las llamas arrancaban destellos oscuros en la copa de coñac que sostenía Luis y en sus ojos María adivinó una emoción contenida.
- Como sabes hace mucho tuve la fatalidad de perder a mi esposa -comenzó a decir con suavidad dejando la copa y tomando las manos de ella-. Todo mi mundo se derrumbó, pensé que ya nunca volvería sonreír y ser feliz. Solo he vivido para trabajar sin descanso, sin otra meta que lograr más y más beneficios, como si con ello pudiese olvidar mi triste  pasado. Ahora, al conocerte, un presente nuevo y prometedor se ha ido abriendo ante mí, una ilusión  que pensé nunca volvería a vivir.
Se quedó mirándola expectante antes de proseguir.
- María, se me ha ocurrido una locura.  
Ella  sonrió levemente y contempló cómo el mechón rubio de su frente destacaba todavía más por resplandor del fuego.
- Ahora quiero pintarte yo a ti –afirmó de golpe.
- ¿A mí?- respondió ella  sonriendo desconcertada.
- Quiero pintar en tu corazón el mío, plasmar madrugadas, atardeceres, los colores más intensos y vibrantes que un hombre sea capaz de pintar con el pincel de su amor, María. Te quiero.
Un cálido y  creciente  calor comenzó a embargar a Maria. Un brillo  intenso asomó en su mirada.
- ¿Sabes…?  He vivido siempre sola y entregada a mi arte sin que nadie fuera capaz de pintar en el lienzo de mi corazón más allá de unos simples trazos. Preguntándome siempre si llegaría a conocer algún día a ese artista que me sorprendería llenándome de  luz y color.
Luis pudo advertir el temblor de las manos de María, esa mirada dulce que lo envolvía y revelaba cuanto agitaba  su interior.
- Llegaste tú y pincelada tras pincelada, has ido pintando  mi tela blanca con tu afecto, tu cariño, con lo mejor de ti mismo, creando  el más grato y auténtico retrato de hombre que pueda existir.
Un anhelo titilaba en los labios de él.
- Por si no lo sabes te diré que hace tiempo está impreso tu corazón en el mío, Luis, eres  el artista que esperaba y siempre soñé. Yo también te quiero.
Se besaron sutilmente, apenas una leve pincelada en sus labios.
- Ahora sólo falta firmar mi obra, cariño –le susurró al oído.
- Sí…-  dijo embelesada.

Amanecía cuando todavía  la paleta de colores pintaba su lienzo de amor.

                                - - - - - - - - - - - -
























jueves, 2 de octubre de 2014

Dama errante



El hombre se entretenía viendo a los niños dar de comer a las palomas. La incipiente primavera llenaba el parque de flores tras unas lluvias benefactoras después de un tiempo de sequía.
Olía a césped recién cortado y la temperatura era muy agradable, la gente empezaba a lucir  atuendos veraniegos y se respiraba un ambiente festivo.
Ensimismado en sus pensamientos no vio a la mujer que se le acercaba.
- Hola, Alberto.
Dio un respingo al oír su nombre y se incorporó de inmediato.
- ¡Elvira! ¡Por dios!, ¿Eres tú? –exclamó sorprendido al verla.
- Sí, soy yo, la última persona que esperabas encontrar, ¿verdad?
Y rió despreocupada,  desconcertándolo.
- ¿Qué…? ¿Qué haces aquí…? - balbució.
- No me mires así, por favor, no soy un fantasma; soy Elvira, tu Elvira. Y he venido a verte, sabía que estarías aquí.
La incredulidad pintaba el rostro del hombre conforme la contemplaba. Tenía los ojos abiertos como platos.
- He regresado, Alberto, he vuelto por fin.
- Me has dado la mayor sorpresa de mi vida, Elvira, de verdad. Pensé que ya no te vería nunca más. Te miro y no me lo creo.
- ¿Cómo me ves? , Anda, dímelo. -giró sobre sí misma.
- Estás increíblemente  guapa, como siempre, el tiempo no ha pasado para ti.
- Adulador, sigues tan zalamero como siempre –una mirada coqueta se hizo patente.- Tú tampoco has cambiado apenas;  bueno, sí, alguna cana bien puesta –y pasó la  mano por su cabello con familiaridad.
- ¿A qué has venido, Elvira? –hubo un quiebro en su voz.
- He venido a quedarme para siempre,  mi viaje ha terminado. 
- Después de tanto tiempo sin saber nada de ti… ¿Regresas, como si tal cosa? ¿Así de sencillo?
- Así de sencillo, Alberto –la voz de Elvira era firme- . Mi viaje ha terminado, ya te lo he dicho.
Estaban sentados en un banco frente al estanque y la bruma acuosa del surtidor les llegaba sutilmente.
- Te fuiste un día, de repente, dejándome solo, sin saber por qué; ni tú misma me lo supiste decir. Ahora apareces, como por arte de magia, cuando creía que nunca te vería más. ¿Por qué te marchaste, Elvira, lo sabes ya?
- ¿Sabes qué día es hoy, Alberto? –dijo soslayando la pregunta-,
Uno de Abril; hace años tal día como hoy nos conocimos, sentados en este  mismo banco. Eres tan romántico y das tanta importancia a estas cosas  que sabía  te encontraría aquí.
- Vaya, un detalle que recuerdes esta fecha, después de tanto tiempo, Elvira.  Aunque sigues sin responder a mi pregunta,
- Nunca olvidé los días uno de Abril, créeme. Ni el diluvio que cayó después, ¿recuerdas?  Llegamos como sopas a casa.
Tomó aire después de proseguir.
- Desperté un día y me sentí vacía,  en mi pequeño mundo de cada día, siempre inmutable.  Quise ver otros paisajes, vivir nuevas experiencias, emociones diferentes. Fui como una hoja que arrastra el viento sin saber a dónde me llevaría.
Llegué a ser un barco que surcaba mares, descubría continentes, paisajes, gentes de todo tipo y condición. En mi navegar  incansable una mañana me vi sola, perdido el rumbo. No te ocultaré que algún Capitán Garfio me tentó y estuvo a punto de vencerme,  pero en mi mente siempre estaba mi Peter Pan, mi héroe de siempre, el  que me convirtió en su Campanilla.
- Todo eso suena muy bien, Elvira, muy bonito. –dijo el hombre mirándola fijamente-. La dama se va acudiendo a una misteriosa llamada interior, una hoja otoñal sin rumbo por un viento repentino, como has dicho. Y yo, el Peter Pan de su historia se queda sin su Campanilla, dando gracias encima a Garfio de que no abordara tu nave y te raptase, ¿no es así? Esto suena a una patética película  de aventuras de bajo presupuesto, Elvira, la verdad, eso es lo que es.
El hombre dejó que transcurrieran unos instantes antes de seguir.
-¿Tal vez esperas que todo siga igual, que mi vida y mis sentimientos se hayan  guardado en una urna, esperando tu vuelta?
Su voz adquirió un tono grave y profundo.
- ¿Y  si te dijese que tu héroe tiene otro duende, otra Campanilla, alguien que llenó tu ausencia y borró tus recuerdos? ¿Qué pensarías si te digo que no deseaba que volvieras después de escapar de mí? ¿Creíste que sería tan tonto de recordarte a pesar de todo?  ¿Crees que te quiero, que podría quererte todavía después de esto?

Una súbita tristeza asomó en el rostro de la mujer. Sus facciones se habían ido contrayendo conforme el hombre  pronunciaba sus últimas palabras. Sus mejillas  palidecieron  cuando sus ojos se llenaron de lágrimas. Aunque permanecía impasible contemplando su llanto, la mujer creyó ver que una débil inquietud   estremecía los  labios del hombre.
- ¿Qué esperabas, Elvira, que te recibiese a bombo y platillo?
Las lágrimas fueron cesando y dieron paso a una serena calma que  iluminó su mirada con un brillo desconocido.
- Esperaba tus palabras, Alberto;  la verdad es que  las merezco.
Te dejé en la estacada, estás en tu derecho de decirme cuanto quieras.
- Menos mal que lo reconoces, Elvira, es lo menos que esperaba oírte decir. No sabes el daño que me ha causado tu ausencia.

Hacia rato que se habían levantado del banco y estaban el uno frente al otro, muy cerca.
Cruzaban sus miradas con intensidad y, en su interior, un desasosiego extraño  los atenazaba.
- También  he sufrido lo mío al darme cuenta de mi error, Alberto, no sabes cuánto lo lamenté. Perdida por ahí, arrepentida,  en una zozobra en la que no hallaba respuestas a mi conducta, a la deserción  que supuso dejarte solo.
- Muchas cosas han cambiado en este tiempo,  Elvira. Momentos, días, sensaciones que no hemos vivido y que ya no volverían por mucho que quisiéramos. Tu recuerdo se ha ido borrando poco a poco, como las  huellas en la  playa al venir una ola.
¿Qué me queda de ti, cómo podría volver a quererte?
La pregunta aleteó por un momento en la  intensa mirada  de ambos. Finalmente un suspiro de la mujer fue dibujando en su rostro una dulce sonrisa.
-  Alberto, eres el mentiroso más delicioso que existe.
El hombre iba a replicar pero ella le cerró los labios con la mano.
- No me has olvidado en absoluto y lo sabes. Allá donde estuve nuestra hija Elvira me hizo  llegar  tus novelas conforme ibas publicando. Y mira qué casualidad que la protagonista de cada una de ellas es mi arquetipo: melenita rubia,  mi silueta, piensa, actúa, se mueve como yo…
El hombre seguía sus palabras con la sorpresa pintada en su rostro.
- No hay ninguna otra Campanilla, Alberto, -continuó  sin dejar que replicase-. En tu última novela, “Dama errante”, no cesas  de pedirme que vuelva a tu lado, que no me has olvidado un solo instante, cada página es una declaración de amor a la protagonista de la historia que,  en suma, vengo a ser yo.   Lanzas tu lamento al amor perdido en cada obra tuya en un intento desesperado  de que tu mensaje me llegue, no sabes cómo, pero esperas que suceda ese milagro.
- Nuestra hija estaba enterada…-susurró  el hombre entre dientes-.
- Ella no quiso intervenir en todo esto, éramos nosotros quienes debíamos  solucionarlo. Elvira estaba tranquila porque  sabía que las bodegas de mi nave estaban llenas de ti, que volvería a tu lado, mi puerto seguro, el único y verdadero amor de   mi vida.
Un fulgor indefinible brillaba  en los ojos del hombre.
- La verdad es que cada uno de Abril no dejé de venir a este banco,   imaginarte a mi lado, estremeciéndome cada vez al recordar nuestro primer beso. Y que en cada novela me resultó imposible evocar a otra mujer que no fueras tú. Yo…
Ella le rodeó por la cintura atrayéndole  hacia sí y  rozó los labios del hombre  con los suyos.
- ¿Podrás perdonar a esta tonta Campanilla que ha estado a punto de perderte para siempre, mi querido Peter Pan? – dijo mimosa.
- Me lo pensaré…-le respondió antes de besarla apasionadamente-.
Hubo un revuelo  de palomas. Y el vendedor de globos, viéndolos,  pensó que la primavera era la estación más bonita  del año, que el amor era maravilloso y que le hubiera gustado estar en lugar de aquel hombre, en brazos de la  hermosa mujer.
                                   - - - - - - - - - - -


  









Bella Dama



Como todos los jueves, allí estaba la  nota en su  buzón del zaguán de la finca. Un folio cortado a mano por la mitad dentro de un sobre.
Esta vez eran cuatro frases escritas con su letra de cuidada caligrafía y perfecta norma ortográfica. La semana pasada fue una especie de poema de los que acostumbraba a dedicarle.
De nuevo la pregunta de siempre: ¿quién  era aquel hombre que desde hacía meses le escribía todos los jueves?
Elvira vivía en una finca de muchos vecinos y por más que trató discretamente de averiguar quién pudo ver al que dejaba esas misivas no obtuvo nada en claro.
Por mucho que trataba de comprender lo que le estaba pasando no encontró explicación alguna. Que un hombre le escribiese amparado en el anonimato  nunca le había sucedido. Se expresaba con educación y una galantería comedida,  para nada pedante y le transmitía cuanto ella le inspiraba.
¿Cómo podía decirle aquella retahíla de bonitas palabras a una mujer desconocida? Eso pensó al principio; justo hasta cuando en una carta le escribió…”¡ Qué bien le sentaba el vestido azul, estaba preciosa!”
Aquello la descolocó por completo. Efectivamente, hacia poco se vistió de azul; una falda plisada por encima de la rodilla y chaqueta de algodón haciendo juego.
Contrastó su letra con la de sus amigos, con todos cuantos conocía y formaban parte de su entorno.
Intentó sin éxito adentrarse en la personalidad de su desconocido admirador, ni su nombre sabía.
Cuidaba sus frases con esmero, la palabra justa y en su orden, sin rebuscamientos, una prosa  que se apoderaba suavemente de ella y que la inducía a querer leer más, a esperar con impaciencia el próximo jueves.

Elvira era maestra de Reiki, un método de vida para sanar y lograr el equilibrio de cuerpo y mente, aumentar la fuerza universal que todos poseemos y llevamos dentro.
Pese a su autocontrol, algo en su interior estaba sufriendo un cambio que no sabría definir. Con la llegada de esas insólitas cartas cargadas de una devoción  inesperada,  acudió  a su mente  el recuerdo de todos los episodios sentimentales que había vivido y creía desterrados para siempre.
Aquellos hombres que desfilaron por su corazón sin que ninguno de ellos dejase raíces tan profundas como para llenar y compartir su vida plenamente.
Era una mujer de acusada personalidad, profunda, como un océano tan inmenso y desconocido que cuantos hombres intentaron navegar en sus aguas fracasaron en las primeras corrientes adversas.
Decían de ella que pocos, tal vez nadie,  podían  mantenerle la mirada más allá de cuatro segundos dada la fuerza y fulgor  que emanaba.
De una feminidad natural y nada artificiosa, era elegante y su armonía corporal se veía coronada por una melena rubia que refulgía como el oro. Ciertamente encandilaba al sexo masculino, era imposible sustraerse a su encanto. Ella se sabía el centro de un sistema planetario formado por hombres que la ensalzaban y la adulaban para lograr sus favores.
Pese a ello no era vanidosa  ni prepotente en su trato como cabría suponer.  Su trabajo y experiencia, su entrega y generosidad sin límites a los demás en el desempeño del Reiki y de las Flores de Bach, la habían hecho muy popular y apreciada.
Su consulta estaba a rebosar siempre y cuando llegaba por la noche a su casa, rendida y exhausta, sólo la satisfacción de hacer felices a los demás la compensaban de su ingente trabajo.

Pocos conocían su faceta más intima, lo hogareña que era. Rodeada de sus plantas, arropada por sus libros y  cotidianos enseres, encontraba el sosiego y la paz para reponer sus gastadas energías.
La serena presencia  de su gato Sivi le devolvía también el equilibrio perdido. Era un mimoso ejemplar de gato blanquinegro  que nada más la veía entrar frotaba su lomo entre sus piernas y buscaba sus caricias.
Como era costumbre en los felinos domésticos, recorría la casa hasta el último rincón para cerciorarse de que todo estaba en su lugar correspondiente. Elvira sabía leer  en la mirada de su gato que todo estaba como lo había dejado, que nada había cambiado, que podía estar tranquila.
Guardaba cuidadosamente los escritos de ese hombre y los releía diariamente.
Le mostraba un fervoroso interés, la hacía partícipe de su vida contándole detalles particulares en sus cada vez más extensas cartas. La involucraba sin pretenderlo en una desconocida curiosidad, inconscientemente pensaba en él y se hacía insospechadas preguntas sin posibles respuestas.
Elvira deseaba amar y ser amada. Un invisible reloj, incansable, la apremiaba. Su corazón estaba vacío desde siempre, falto de un caballero, de un rey que gobernase sus dominios y guiara el caudal de sus sentimientos, colmándola de dicha como nadie lo había logrado.
Hubo príncipes, vanos e inconstantes, curiosos y fatuos galanes que quisieron  conquistar sus ricos y vastos dominios amorosos sin conseguirlo.
Ella nunca se dejó engañar por falsos espejismos, por ilusiones pasajeras, por caballos de Troya  ni astutos Ulises.  Una voz interior, su faro espiritual  más íntimo, su fiel  escudo, la guiaba por el buen camino.

Una carta la desconcertaba por encima de las demás, desbordaba el  curso natural de sus pensamientos. Quería conocerla, concertar una cita. Se lo haría saber en breve.
Desde ese momento estaba inquieta, como una adolescente en su primera cita con un chico. ¿Qué era todo aquel alboroto, ese arrebol en sus mejillas?
No, de ningún modo podía perder la calma, precisamente ella que dominaba el arte del Reiki  y sus técnicas de moderación interior.
Luego, en el espejo, se sentía bajo la mirada de aquel desconocido que  la veía sin ella saberlo, deleitándose en la contemplación de sus movimientos.
“¡Qué bien le sentaba el vestido azul, estaba preciosa¡” Esta frase la martilleaba  sin cesar. Era una chiquillada pensarlo pero le gustaba que ese alguien desconocido la encontrase preciosa. Todos se lo repetían a diario en una adoración a la que estaba demasiado acostumbrada. Ahora era diferente, sus palabras cobraban un enigmático significado. Sin saber por qué,  se encontró dibujando el rostro y el aspecto de su corresponsal misterioso.
Lo hubiera desechado al instante de haber tenido la oportunidad de contestar a su primera carta y atajar lo que  parecía la  absurda pretensión  de un desatinado, de un loco quizá.
 Imaginó  su  frente amplia y un mechón de pelo al que no supo darle color. Unos pómulos bien delineados, piel tersa y un firme mentón. De hombros… ¡Basta! Se dijo a sí misma. Era una ilusoria extravagancia fantasear sobre la fisonomía de ese hombre que sólo crecía en su imaginación, sin tener por qué.
Sin embargo unos ojos bien definidos le sostenían su mirada, sin pestañear siquiera. Tan insistentemente que tuvo que claudicar y cerrar los suyos, rendirse a la evidencia de su influjo.
Elvira salió a la calle con paso apresurado, sin saber a dónde dirigirse, sintiéndose presa de la mirada de ese hombre que sin duda la seguiría.
Por fin,  la cita: a las cinco de la tarde el  próximo jueves en el estanque  del Retiro. “Me agradaría  vistiera  su delicioso vestido azul, ¿me lo concede?”, le sugirió.
 Su ruego la sorprendió gratamente. Debió gustarle verla con aquel atuendo más que con ningún otro, no cabía dudar de  su  buen gusto.
Los días se le hicieron eternos a Elvira. El jueves parecía una lejana aunque inexorable meta. Iba a ser una cita a ciegas. No del todo puesto que él la conocía. Estaría allí, en el parque, mirando a todas partes esperando apareciera inesperadamente y pusiese fin a aquel despropósito que nunca hubiera imaginado.
¿Cómo sería? ¿Apuesto y varonil? ¿Un hombre corriente, sin rasgos destacables? Fuese como fuese, solo faltaba poner acento y timbre a tantas impensables  palabras como nadie supo decirle de ese modo tan sutil y cercano.
Jueves. Estanque del Retiro. Las cinco de la tarde. Una calma soleada aromatizada por macizos de flores y plantas.
Elvira escrutaba en derredor con el ánimo en suspenso, cual si fuera   una orquesta que espera el primer movimiento de la batuta para iniciar el concierto. No  recordaba una intriga  semejante en su vida.
Debieron  pasar unos incontables instantes hasta que sintió su presencia.
Aquella mirada se fue apoderando de ella conforme se acercaba. Lentamente, cual pintor sublime, dio forma a su frente, sus mejillas, a su pelo; vistió su rostro con  la  que sería su inigualable sonrisa.
Y la venció sin remedio el poder de aquella mirada que la subyugó para siempre.
Todas y cada una de sus palabras fueron cobrando sentido antes de que las pronunciaran sus finos labios. Elvira las fue decantando, emocionada,  en la solera más recóndita de su corazón. Allí estaría en exclusiva, por fin, el hombre esperado, el amor de su vida.



                                          - - - - - - - - - -









viernes, 11 de julio de 2014

El tren



Faltaba poco para las campanadas de fin de año. Otro más que iría al limbo de los calendarios.
El  tren avanzaba rápido en medio de la noche. Apenas unas lucecitas salpicaban la negrura, obligando a imaginar formas y volúmenes, texturas de casas y campos.
El hombre miró una vez más a la mujer. Iban desde hacia muchas horas los dos solos en el vagón. La vio entrar cargada con una pequeña maleta con ruedas y un bolso de piel. Era alta y vestía un traje chaqueta de modisto de moda. Saludó con un suave acento sureño y cuando se sentó frente a él le invadió un sutil  perfume que le recodaba bayas y frutas silvestres.
Él respondió con una inclinación de cabeza y farfulló medio dormido un “buenas noches” que se le antojó ininteligible.
La mujer también miraba de soslayo al hombre, con una curiosidad creciente que sabía disimular muy bien. De vez en cuando se echaba hacia atrás un mechón de pelo rubio y se ajustaba el puente de las gafas de aleación que llevaba. Detrás de las lentes emergían unos expresivos ojos azules  que el hombre descubrió al hacer un análisis mas completo de su compañera de viaje,
Su rostro enmarcaba unos pómulos sonrosados, una frente despejada y una naricilla graciosa con unos labios perfectamente dibujados que apenas mostraban un toque de carmín..
Ella comprobó que el hombre todavía conservaba gran parte de su cabello negro aunque algunas briznas blancas indicaban unas canas estratégicamente situadas. Sus dientes blancos resaltaban en el cuidado bigote, y  la barba necesitaba una atención urgente. Tenía un aire indefinido de intelectual, sus ojos  grises parecían  perdidos en una ensoñación que no lograba definir.
Él consultó el reloj, la hora del cambio de año se acercaba. Entonces hizo algo sorprendente. De una cartera de piel negra sacó un estuche isotérmico con una botella de cava pequeña y dos copas y una bolsita que contenía uva.
- Perdone mi atrevimiento señora……me llamo Lorenzo y me gustaría que brindáramos juntos por el nuevo año. Es una costumbre que nunca quisiera perder y es muy triste no tener a nadie con quien hacerlo.
Ella se movió como sacudida por un resorte y alargó la mano para tomar la copa y las uvas.
- Me llamo Amelia,  Lorenzo,  tanto gusto de conocerle. Lo último que esperaba encontrar a estas horas es un ofrecimiento como el suyo. Es lo más insólito que nunca me ha pasado.
-  Sí? –rió Lorenzo- lo insólito es estar en un tren a estas horas y más en un día como éste. Bueno, para ser sinceros, Amelia, no es la primera Nochevieja que me coge  en un tren ni será la última. Pero, venga,  preparémonos, pronto darán las campanadas. Hay que pensar en los deseos para el nuevo año, es fundamental cumplir los requisitos de una noche tan especial como ésta.
De una radio que llevaba comenzaron a sonar las campanadas. Ding, dong, ding, dong,….
Fueron tomando las uvas, entre risas entrecortadas y una vez sonó la última chocaron las copas y bebieron el cava todavía sonriendo divertidos.
- Sabe, Amelia? No creí que esta noche tan especial pudiese brindar con nadie. Llevo años levantando la copa yo sólo, mirando el asiento de enfrente vacío.
Pero hoy me siento contento, por fin puedo compartir este instante único con alguien.
- Pues sepa, Lorenzo, que es la primera vez en mi vida que recibo el año sin mi familia, sola. Y jamás hubiera pensado que lo haría de éste modo, en un tren, y brindando con un desconocido. No sé si creérmelo o no, me parece tan irreal....
- La vida a veces nos parece extraña, nos sorprende hasta a nosotros  mismos.
Qué hacen dos seres humanos en este vagón, en un día que todo el mundo busca un rostro amigo, una emoción que compartir, quizá un amor que vivir?
Y aquí estamos, Amelia  y  Lorenzo, como dos guijarros sueltos de una roca, perdidos en el camino.
- Lorenzo, eso le parece que somos?  Desde luego estamos solos cuando en realidad no deberíamos estarlo. Tengo una familia y seguro que usted también la tendrá.
- Sí, la familia, tiene usted razón, con  ella debimos brindar y tomar las uvas. Pero siempre hay una historia detrás de cada uno, quizá muchas historias dentro de una misma historia. Quizá le sorprenderían muchas cosas que podría contarle.
-  Yo también tengo mi historia, cada uno la lleva allá donde va. Y nunca podremos desprendernos de ella. Quizá vivir una nueva después  de la que ya tenemos, pero la anterior  nunca nos abandonará.
- Ésta es una noche mágica, que sólo se repite una sola vez, como un puente entre lo pasado y lo que está por venir. De repente me encuentro con Amelia, y sin conocernos vivimos esta magia los dos, brindamos lanzando nuestros deseos  al mismo tiempo.
- Me preguntaba qué hacía un hombre con aspecto de escritor, o poeta en un tren como éste y en un día como  éste.
El hombre hizo un gesto de sorpresa  y sonrió.
- Me han dicho muchas cosas, créame, pero nunca eso,  He sido un poco de todo, empresario, artesano, artista, oficinista, vendí seguros y libros, hasta aprendiz de mago,  en fin, cualquier actividad era válida para llevar dinero a casa. Finalmente una lotería  me apartó de todo. Y al mismo tiempo que la diosa fortuna me colmaba como nunca pude soñar, un virus asesino se llevaba a María, mi adorada esposa.
Una fina cortina de lágrimas asomó en el hombre y quedó como perdido en el recuerdo.
-Tuve tres hijos. Cada uno siguió un camino,  ahora andan desperdigados por el mapa, de vez en cuando hablo con ellos. Pero estoy solo, hice del tren mi casa, mi hogar, en sus vagones me siento seguro, ajeno al mundo exterior, aquí tengo cuanto necesito; paz, tranquilidad,  llevo años viviendo de estación en estación, viendo la vida pasar a través de mil ventanillas, conociendo gente de la más variada condición. Soy cincuentón, Amelia, no estoy ya para muchas emociones, sólo quiero no pensar, que pase el tiempo poco a poco.
La mujer se recompuso en el asiento y volvió a su sitio un mechón rebelde de su pelo. Le había escuchado sin interrumpirle, imaginando preguntas que intuía no tendrían respuesta-
-Sabe, Lorenzo? También tengo para contar, mi pequeña o gran historia, aquello que nos depara la vida. Me enamoré muy joven del que luego fue mi marido. A punto de licenciarme en la universidad encontré al chico alto y guapo con el que soñamos casi todas las mujeres. Me enamoré perdidamente de él, pese a contar con la total oposición de mi familia, siempre me dijeron que no era de nuestra clase social,  un chico sin estudios, que no pegaba conmigo. Pero el amor es así, o lo que creemos es el amor. Nos casamos un mes de mayo, en una florida primavera que hacia presagiar cómo iba  a ser de esplendoroso nuestro matrimonio. Los primeros años fueron maravillosos, tuvimos tres hijas. Un día, sin motivo alguno, se volvió celoso, comenzó a espiar todos mis movimientos, a recelar hasta de los vecinos. Me sometió a una estricta vigilancia, supervisaba todas mis salidas, tuve que dar miles de explicaciones, mi vida  poco a poco fue convirtiéndose en un infierno, las discusiones cada día se hacían más frecuentes. Mis hijas, ya adolescentes, acusaban los cambios de humor de su padre, fueron escenas terribles, no quiero ni recordarlas. Entonces tuve que tomar la decisión de separarme de mi marido, no podía soportarlo más.
Me acosó durante un tiempo, la policía tuvo que intervenir, pero el tiempo pasa rápido, mis hijas crecieron, se casaron y formaron su vida. Me enteré después que se juntó con otra mujer.
Ahora, Lorenzo, vivo pendiente de cada una de mis hijas. Un tiempo con una, otras semanas con la otra y después acudo con la siguiente. También  parte de mi vida va  en un tren, yendo de un sitio a otro. Pero llega un momento que te preguntas quién eres, dónde estás, si gobiernas tus actos realmente o son otros los que te guían en cada momento. Estoy cansada, Lorenzo, muy cansada, no pertenezco a mí misma, nunca en mi casa, siempre en la de los demás. Tengo una preciosa villa a orillas del mar, donde el mediterráneo huele a azahar, a jazmín, donde crecen los naranjos y limoneros, y los rayos del sol se reflejan en mil colores en los arrozales  y en playas de serena belleza.
Quedó en silencio mirando fijamente su copa, como pensando que su vida también estaba vacía. Una sombra de tristeza la embargó y el hombre, solícito, le pasó una mano por el hombro, con sutileza, afectuosamente.
- Venga, Amelia, ánimo, que hoy es Nochevieja y mañana se cumplirán todos sus deseos, ya verá, no llore por favor, no llore, me va a hacer llorar a mí también.
Pero la mujer rompió en un llanto durante mucho tiempo contenido, se estremecía, no podía contenerse,  arropada por el hombre, que no cesaba de consolarla.

- - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - -

La luna patinaba en las aguas tranquilas de la playa, sus reflejos iban y venían en cada ola, en misteriosos susurros  de mil caracolas, de sirenas ocultas.
Lorenzo tomó la mano de Amelia e hizo brotar con su magia una rosa. Ella la llevo a sus labios y sonrió. Ambos se besaron dulcemente,
A lo lejos empezaron a sonar las campanadas de Nochevieja.
Levantaron las copas y brindaron. Y acudió a su memoria una mágica noche de tren.