jueves, 29 de enero de 2015

La Ruperta






Las nuevas tecnologías avanzaban a pasos agigantados. En el Banco estos cambios se hacían patentes cada vez más. Para cuadrar la caja de ventanilla Vicente debía de sumar el debe y el haber. O, lo que es lo mismo,  los cobros y los pagos. En una máquina  enorme, ciclópea, con teclas que apretabas con toda la fuerza de tus dedos y palancas que chirriaban espantosamente.   Y si no cuadraba las comprobaciones eran poco menos que tediosas.
El ordenador no era tal, consistía en un  híbrido contable extraño, lleno de teclas y botoncitos, con su rollo de papel donde se imprimían las operaciones.   Todo había cambiado, empezando primeramente por las mismas oficinas.
Ahora eran espaciosas, diáfanas, luminosas, con muebles bien diseñados y cómodos, eran alegres e invitaban a entrar en las dependencias.
Vicente era un sobreviviente de los viejos tiempos bancarios;  entró de ordenanza, cuando se llevaba el uniforme; uno azul en invierno y otro gris en verano.  Todavía recordaba y era motivo de comentario siempre que surgía la ocasión –él la buscaba siempre- los almuerzos en el pequeño bar de la quinta planta, donde se reunían los ordenanzas después de entregar antes de las nueve y media, los documentos de la cámara de compensación.
Reunión de subalternos que  terminaba precipitadamente cuando aparecía el conserje y los dispersaba después de amonestar a los que no llevaban el uniforme.
Era de los más antiguos, aunque todavía le quedaban unos años para jubilarse. No tenía la menor prisa en que llegara ese momento.
Cualquier cambio que se producía Vicente lo asimilaba con tesón y eficiencia, haciendo valer su vetaranía  de cajero por encima de todo.
Los clientes de la Entidad estaban encantados con los nuevos derroteros de la tecnología bancaria pues no en vano se agilizaban los procesos de sus operaciones.
Un día aparecieron los primeros ordenadores, con una pantalla como la de un televisor, y hubo que aprender su manejo, la palabra Informática apareció por primera vez en el horizonte de conocimientos de Vicente y la acogió con el mayor entusiasmo; había que ponerse las pilas, le dijeron, y él se las puso, muy pronto dominó las diferentes pantallas que se desplegaban como por arte de magia ante sus ojos.
El invento le pareció maravilloso, todo quedaba dentro de los chips que llenaban la CPU, cabían millones y millones de datos, parecía no tener límite de almacenamiento y los podías consultar  cuando quisieras.
Un día, de repente, le insinuaron algo que lo llenó de inquietud.
- Vicente, te van a poner un aparato que lo va a hacer todo por ti.
- Ya no tendrás que hacer nada.
- Ni tocarás el dinero, la máquina se encargará de cobrar y pagar.
Estos, y otros comentarios, corrían de boca en boca entre los compañeros, y por las noches, las frases “No tendrás que cobrar”, “No tendrás que pagar”  sonaban en los sueños de Vicente como una pesadilla llenándole de inquietud.
Pero el tiempo pasaba y ningún cambio se producía. Llegó a pensar que todo era un proyecto que no iba a llevarse a cabo.
Hasta que una mañana el recinto de Caja se llenó de técnicos metro en mano y comenzaron a medir y trazar planos sin descanso.
¡Ayyy¡ la cosa empezaba a revelarse. “No te preocupes, Vicente, te quedará sitio de sobra, ya verás.” “El Reciclador será de gran ayuda”.
“Reciclador”, ése era el nombre de su adversario, el que quería quitarle el espacio a Vicente. Ya se veía en un rincón, relegado de su puesto por el dichoso aparato.
Susana, la compañera que dirigía el departamento de implantación del nuevo dispositivo, le explicó en qué consistía el  proyecto.
Se trataba de un aparato que facilitaría el trabajo de ventanilla reduciendo al mínimo las faltas en Caja. Ese era el tema, Vicente, le dijo Susana. Agilizar tu trabajo y darte la seguridad de que el efectivo se entrega y se cobra correctamente. Tú estarás ahí, diciéndole en todo momento a la máquina lo que tiene que hacer.
Vicente quería convencerse; a ratos lo conseguía, pero lo inevitable–pensaba- ya estaba en marcha.
Llegó el día tan esperado y temido al mismo tiempo. Tras desembalar el aparato con sumo cuidado lo instalaron. La primera impresión que tuvo Vicente fue que se parecía a R2-D2, el pequeño robot de la saga de “La Guerra de las Galaxias”, podía decirse que era idéntico.
El Reciclador, ése era su nombre, era de pequeño tamaño, de formas redondeadas y armoniosas; al enchufarlo  se le encendieron dos lucecitas azules a modo de ojos y en su pantallita pudo leerse una especie de bienvenida con su nombre y denominación técnica.
Vicente iba a ser el primer empleado del Banco en usar el Reciclador, por lo que sus opiniones respecto al manejo del mismo serían muy importantes,  le dijeron. Comunicaría los posibles defectos o imprecisiones en su uso antes de lanzarlo a toda la Red de Oficinas.
Por un momento Vicente se sintió investido de una gran responsabilidad; desde luego aprendería todo cuanto había que saber del Reciclador; exprimiría todas y cada una de sus posibilidades para que su funcionamiento fuera óptimo en sus funciones.
Susana fue su monitora y con su amabilidad y simpatía fue muy fácil aprender a manejarlo. También cabría decir que Vicente tuvo el honor de ser el primer y único alumno  en las enseñanzas de Susana. Y aventajado, por cierto.
A Vicente la palabra Reciclador le resultaba fría e impersonal, así se lo dijo a su responsable y compañera Susana.
- Se llamará Ruperta; así lo llamaré a partir de ahora.
- ¿Y por qué ese nombre?
- Pues…no lo sé. Alguno tenía que ponerle y me parece un nombre apropiado, me vino de repente.
Y con el nombre de Ruperta se quedó. Fue una novedad para los Clientes, no daban crédito a la velocidad con que el dispositivo guardaba los billetes y también la exactitud y precisión que demostraba al pagar el efectivo.
Vicente estaba encantado con su Ruperta;  llegaron a formar un tándem perfecto. Era segura y eficiente, rápida, obediente a cualquier indicación que se le daba.
Aquel veterano cajero admiraba su precioso color granate y el sonido de sus engranajes le sonaba como el trino de un pájaro. El cuadre de Caja con aquel formidable colaborador ya no era una inquietud.
Ciertamente la Ruperta presentó pocos inconvenientes de uso y las recomendaciones de Vicente fueron esclarecedoras antes de ser presentada en el resto de la Red.
A los compañeros de Vicente les gustaba ver cómo la limpiaba.  Aprovechaba cualquier momento para pasarle un paño con abrillantador; meticulosamente le prodigaba sus mejores cuidados. El no se daba cuenta  de que lo observaban, no llegaban a entender la especie de  arrobamiento que sentía  por la Ruperta.
- No sé qué haría sin ella –confesaba a Susana cuando le preguntaba por su funcionamiento.
- ¿Ves? Tanto miedo que tenías a la Ruperta y mira qué contento estás.
La verdad es que a veces se pasaba alabando sus muchas cualidades de uso; y los compañeros, de broma, le decían que se había enamorado de la Ruperta. Y él no les hacía ni caso, su compañera mecánica era genial.
Un día, como cualquier otro mecanismo, dejó de funcionar y la jornada laboral ya no fue la misma para Vicente. Se sentía solo, como inseguro;  sin la valiosa compañía de su Ruperta no se sentía bien.
Cuando el técnico la puso de nuevo en marcha la alegría y seguridad volvió de  nuevo a su ánimo.
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La Ruperta, o Reciclador como era su nombre exacto, llegó poco a poco a las demás Oficinas de la Red y su éxito fue rotundo.
La unión  de Vicente y Ruperta fue feliz desde el primer día. Y cabía pensar que ésta felicidad duraría siempre. Pero no fue así.
Un día, a espaldas de la fiel e incansable Ruperta, le informaron a del nuevo dispositivo, el R45-ST. Un aparato de mayores prestaciones  y que debía de probar Vicente al igual que hizo en su momento con  la Ruperta.
Aquel día, por extraño que les pareciera a sus compañeros, Vicente no lustró hasta lo indecible los plásticos y metales de Ruperta.
En su cabeza bailaba la imagen del nuevo Reciclador; bueno,  mejor llamarlo Adolfina. Ése sería el nombre de su nueva compañera.
Era más alta, de un precioso azul celeste, con elegantes franjas naranja fosforescentes. Y no tenía dos lucecitas como Ruperta; tenía cuatro, de un verde esmeralda que deslumbraba.
Y Vicente, desde ese día, ya soñaba y se imaginaba al lado de Adolfina, cobrando, pagando, atendiendo a los Clientes más rápido y mejor que nunca.
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martes, 27 de enero de 2015

EL banquete




Todo llegaba en esta vida, pensó Luis. Cuando iba a los convites de jubilación de los demás imaginaba que tarde o temprano le sucedería a él. Pero lo veía muy lejano, no merecía la pena calentarse la cabeza en ello.  
Y en este momento era él,  Luis López Tejada, empleado de Banca, de 65 años,  quien recibía el agasajo de sus compañeros del Banco.
Era un buen restaurante, la ocasión lo requería. No sentía apenas apetito, estaba expectante, pendiente del menor detalle, de las expresiones de sus camaradas;   charlaba de vez en cuando con  alguno de ellos.
Cuando se fueron presentando en el local comprobó que otros muchos se habían sumado a la ocasión. Más de cuantos pudo imaginar, nunca pensó lo apreciaran tanto y quisieran acompañarlo en aquel acto de compañerismo.
Primero fueron unos calamares a la romana tiernos y jugosos. Después clóchina valenciana, pequeñas y sabrosas, de sabor inigualable y en su punto de pimienta, todos sorbían el caldo con la cáscara a modo de cuchara. Esgarraet, croquetas de bacalao, mojama en aceite, ensaladilla rusa, pescaíto frito,  platos de ibéricos y queso manchego curado.
Vino blanco del terreno, bien frío, y tinto acompañaron  el aperitivo, todos bebían despreocupados, disfrutando alegremente el momento.
Hubo un desfile de camareros portando humeantes e increíbles calderetas de marisco que desataron el delirio gastronómico de todos.
Después,  fruta de temporada y helados, pasteles variados, no faltó de nada en el postre.
Con el café y las infusiones hubo como un paréntesis y Asunción, una compañera, aprovechó para sacar una gran bolsa. Luís intuyó  lo que iba a suceder y se le notó nervioso e intrigado.
Manolo tintineó un vaso con una cuchara para pedir silencio. Todos callaron y miraron hacia donde estaba Luis. Era el momento cumbre, el desenlace de la comida.
Asunción abrió la bolsa y le dio un estuche de piel a Luis.
- Luis, en mi nombre y en el de todos  recibe éste pequeño detalle, por haber sido una magnífica persona y un excelente compañero,  gracias por haber estado entre nosotros. Nunca te olvidaremos.
Se adelantó y le dio un beso. Él abrió el estuche y sacó un elegante reloj y una pluma Montblanc. Llevaban grabada la fecha de la comida y su nombre.
No supo qué decir. La vista se le nublaba y trató de  contener unas inesperadas lágrimas.
- Yo…- balbució- os quiero dar las gracias, habéis sido más que compañeros, como unos amigos, yo…….
Viendo su azoramiento irrumpieron en entusiastas aplausos y pensó que sus lágrimas habían pasado desapercibidas.
Todos se fueron despidiendo de Luis. Se había hecho tarde, cada uno tenía sus quehaceres.
Quedaban Ana e Isabel. Eran las compañeras con quien tenía mas trato a diario. Se llevaba bien con todos, siempre había reinado un ambiente de cordialidad y sano compañerismo. Y aunque algunas veces las premuras del trabajo creaban momentos de agobio, siempre prevalecía el buen entendimiento y el trabajo en equipo, pero con ellas era diferente, existía una sincera  y bonita complicidad en todo momento.
Se le acercaron con una sonrisa y le alargaron un pequeño envoltorio.
- Luis, esto es particular de nosotras dos, no es nada, pero queremos que siempre te acuerdes de este día y de los años que compartimos juntos en la Urbana.
Había un quiebro de emoción en la voz de Ana y una amigable y cómplice sonrisa en la mirada de Isabel.
¿Qué podría ser aquello? Con manos trémulas dejó al descubierto….! un paquete de rosquilletas ¡
Ahora sí que le superó la emoción, unas gruesas lágrimas resbalaron por su mejilla. Nunca hubiera imaginado aquel detalle, tan simple pero tan significativo para él.
- Sabemos lo que te gustan, para que nos recuerdes siempre que te comas una – dijo Isabel impresionada por la emoción que sentía Luis.
- Nunca olvidaré este momento, es un detalle que recordaré siempre, gracias a las dos.

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Esperando el autobús pensó que al día siguiente ya no iría a trabajar.
Otro compañero ocuparía su lugar, alguien más joven que él, lleno de nuevos proyectos, ilusiones, con una vida laboral por delante, más y mejor preparado para las nuevas tecnologías.  Imprimiría nuevos aires al Banco, sería la nueva savia, la que demandaban los tiempos actuales.
Pero se sentía completamente satisfecho. Había sido feliz y se sintió realizado en su trabajo,  ocupado su puesto en  la trinchera como el primero, -así decía él-   y conseguido el objetivo. ¿Qué más podía pedir?
Un capítulo de su vida se cerraba. Y comenzaba otro, no menos ilusionado y deseado.

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martes, 13 de enero de 2015

Caleidoscopio




Suenan en mi puerta unos golpes suaves como pasos de pajarillo. Abro. Es Pablo, que me da los buenos días con la más diamantífera de sus sonrisas. Lo noto aureolado de una festiva alegría. Y es que, por fin, ha atrapado a las musas de lo infinito. ¡Nada menos! Brindamos por ello y me confiesa que sin mi ayuda no lo hubiese logrado nunca. Siento un dulce halago y, con la misma imprevisión de una tormentilla veraniega, empezamos a hilvanar pasados tiempos. Algunos recuerdos salen con envoltura de telaraña, pero todos conservan una limpia tibieza que los hace muy queridos. Nos gustamos apenas nos vimos. Las singladuras de nuestros sueños y afanes eran idénticas y estábamos embebidos del mismo ilusionado furor por la vida. Así que fuimos como dos aves que después de volar toda una vida solitarias, alinearon sus alas en un mismo destino. Con sus ojos hechiceros supo encender prontamente mis más fulgurantes pasiones. Por la noche, en mi habitación, aprendimos a ser hojas que arrastra el viento sin importarles adónde las conducirá. Me sentí desde el primer instante débil sirena de un mar embravecido. Me enamoró su aire de bohemio revestido de clásica genialidad y me subyugaron sus manos, solícitas ejecutoras de mis mejores deseos y caprichos. Nos queremos con un mutuo amor cuya solidez rivaliza con la de los monumentos milenarios.
         Se agota el poso de nostalgia que descansa en nuestras evocaciones y miradas. Volvemos al presente con una seca contemplación del despertador. Me comunica entonces que a mediodía, después de la comida, habrá junta del gobierno, pues el presidente ha de tomar hoy mismo una decisión. La noticia me hace formular un pronóstico. Los labios de Pablo anidan en los míos un instante que tiene el valor de una eternidad y nos separamos tras una mirada que arrastra el alma detrás.
         Salgo al pasillo. La exultante claridad que mitigan las persianas me transmite un poco de su reposado silencio. Flota una extraña esencia de paz. Dos soldados de blancos y resplandecientes uniformes pasan por mi lado haciendo gala de una controlada indiferencia. Más allá veo a Anita. Siempre me reconforta encontrármela porque cuando la niña corre y grita en medio de sus juegos, suenan las únicas notas de vida que se oyen en el inmenso órgano que es el Palacio. Esta vez me presenta a su hijita recién nacida, un adefesio de plástico despintado que yo beso ante su complacencia.
         Atisbo por la ventana. Siempre que miramos a través de ella salta a nosotros un mundo que parece una fotografía pescada de un baúl pintado de olvido. A los demás el exterior les parece inmóvil y anclado desde siempre. Yo percibo entre las brumas del amanecer el cerco cada vez más estrecho de las avanzadillas de la insolidaria ciudad.
         En el jardín, me siento al lado de don Jorge. Su cara de cuadro impresionista con tufillo de arrugas me examina cuidadosamente antes de que su galopante miopía le revele quién soy y me salude. Hecho esto, vuelve a sus oscuras divagaciones.
         Nicanor apenas puede caminar a causa del enorme talego de grasa que tiene por barriga. Lo suyo es estar apoltronado todo el día tocando la trompeta. Pero como su reserva de aire parecía inagotable, tuvimos que quitársela, so pena de que estallasen nuestros tímpanos. Junto a él, las carnosidades de doña Consuelo también emprenden un baile sambito especial cuando anda.
         Sigo el vuelo de una mariposa y descubro que Rodolfo, que me mira con la salvaje expresión de un cocodrilo con las fauces abiertas, mostrándome con rápidos gestos la antesala de lo que sería pasar una noche en sus asquerosos brazos.
         Don José le iguala en resbaladizas intenciones. Sus ojos de basilisco ascienden al extremo de mi falda y, a pesar de la distancia le noto ayudarse de la imaginación para remontar el suave curso de mis doradas piernas.
         Me levantó con una explosiva indignación encima. Tras corretear un poco oliendo mil perfumes, termino acomodándome con doña Úrsula, que, aunque muda, su pensamiento hace tal ruido que nadie desconoce sus opiniones.
         El espectáculo de la Naturaleza, a través del discurrir de insectos, orugas, caracoles y el grandioso abanico de las flores, me distrae hasta que tocan la campanilla. Entramos en el comedor como formando parte de una imponente manifestación de duelo. La sensación de movimiento y sonido se reanuda en la distribución de platos y cucharas. La sopa humea su calentura igual que una locomotora enfurecida.
         Rodolfo, el odiado Rodolfo, queda enfrente. En su forma de comer hay algo de voracidad caníbal y yo tiemblo cuando sostiene los cubiertos y, observándome, parece calibrar mi blanda carne. Menos mal que tengo junto a mí a Pablo. Aprieto su mano y la visión de Rodolfo ya no me parece tan terrible.
         A mi izquierda se sienta don José. Sus insípidas y descaradas zalamerías y arrumacos me dejan igual de indiferente que una puesta de sol en un día de lluvia. Le doy un puntapié. ¡Pero qué se habrá creído!
         La señora Concha, que oye su gemido, me saluda con un gesto de aprobación. En la mesa contigua Apolodoro, el consejero principal del nuevo gobierno me escruta como si mi cara fuese una playa que tatarease pacíficas canciones marineras.
         La espartana comida toca a su fin. Engullimos la moteada amarillez de unos plátanos y comienza la sesión.
         Remigio, con su voz llorona de acordeón desfasado, anuncia que va a decidirse sobre si emprendemos o no la revolución.
         El Presidente suelta entonces un largo discurso y nos convence, más por la mole de sus puños y ademanes de boxeador que por lo aquilatado de ideas y doctrina. Pero está clara una cosa: que tenemos que derrocar al actual gobierno de Palacio, exterminar a sus soldados y ocupar nosotros su lugar.
         Luego se levanta el Vice-Presidente. Una vez nos ha observado, especulando con todos con una tranquilidad inadmisible, descarga una risotada estúpida e intolerable. Comienza a hablar y deja caer las palabras con lentitud, como ricas migajas de las que tuviéramos que nutrirnos. La mayoría le odiamos. Es el típico hombre de política al que todos los sistemas de administración y poder se acoplan a sus intereses privados. Es característica su forma de disfrazar las antiguas perrerías que nos hizo con una careta de penitente inocuo que nos recuerda la de un payaso. Cuando nos ha llenado la cabeza de incongruentes hipótesis, se larga para alivio de todos.
         Por fin, aparece Apolodoro. Desbroza con agilidad el tedio y el desinterés que ensucian nuestros rostros. A todos nos gusta su presencia. A mí me da envidia su estridente jovialidad de 70 años. Su escueto discurso, preciso y efectivo como una máquina, logra su objetivo : incitarnos a la Revolución. Dos frescas se suben a la mesa y nos enseñan las patazas al son de una desenvuelta tonadilla.
         Quedo mirando una cabeza de piel amojamada que luce pelos desgarbados y sucios. Alguien da una palmada en mi espalda y me inocula el frenesí de la lucha. Empuñamos las armas disponibles y nos lanzamos a la contienda alocadamente.
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Brígida, la muchachota cuyo escote es un bazar de constantes sugestiones trata en vano de quitarse de encima a unos parroquianos. Pablo, que dormitaba en mi cama, se balancea en una mecedora ensartando sucios lamentos. Tendremos que seguir prisioneros en nuestro Palacio hasta la próxima Revolución. Los largos fusiles de estos soldados tiran un agua muy fría.
- Antonia, Antonia…
         Debo cerrar el diario por hoy. Mi Pablo me reclama.
Día 5 del mes del año de la sexta fallida Revolución.

jueves, 27 de noviembre de 2014

El viaje



La noche era cerrada. Hacía frío. Salía un vaho por la nariz al respirar y por la boca también. Por eso el hombre dijo las palabras justas al comprar el billete de tren. No quería que le entrara demasiado frío por la boca al hablar. Odiaba los resfriados.
El taquillero le advirtió que subiera al vagón de en medio, los otros estaban fuera de uso. Esa Navidad no viajaba casi  nadie y menos en una noche tan fría como aquella.
Antes de subir al vagón se entretuvo mirando el humo que despedía la negra locomotora; era un modelo muy antiguo, de carbón, le extrañó que todavía existieran en uso. Pero, dado que aquella línea era tan poco utilizada, quizá no fuera rentable sustituirla por un  modelo más moderno y más caro.
Los compartimentos estaban fríos como témpanos. Y oscuros. Todos menos uno, al que se dirigió castañeteándole los dientes.
Pensó que sería el único viajero en aquel trayecto, dado el panorama de soledad  que presentaba el tren.
Pero se equivocó. Alguien más le haría compañía;  había una señora o señorita sentada en un asiento.
- Buenas noches –dijo tiritando.
- Buenas noches tenga usted –le respondió una voz joven.
El hombre dejó su pequeña  maleta de cuero gris en la rejilla arriba del asiento y acomodándose en el duro asiento de gastado símil de piel se dispuso a observar a su acompañante.
- Me han asegurado que pondrán la calefacción cuando arranque el tren.
Le sorprendió la espontaneidad de la mujer.
- Pues menos mal, hace un frío terrible, no lo soportaríamos. Gracias por su información.
Era una chica. Joven.  Un pañuelo de colores cubría  su  cabeza,  y llevaba gafas oscuras. Vestía un abrigo largo de paño verde y pantalones complementada con  una bufanda de lana marrón. Desde luego iba preparada para el frío.
La mujer notó la discreta mirada de su compañero de viaje. Y con el mismo recato al observarle,  reparó en que el hombre llevaba gafas y en su pelo castaño claro apenas si destacaban unas discretas canas.
Tenía una edad indefinida. Si era más mayor de lo que ella hubiera supuesto, de ningún modo lo aparentaba. Tenía un aire de seriedad que se diluía al mirar sus ojos, vivos y de mirada amable.
También su abrigo era  de paño verde y esta casualidad le chocó bastante. Calzaba unas elegantes botas de piel  y un reloj dorado  había asomado en su muñeca al subir la maleta.  
Su colonia era penetrante, perfumaba  toda la estancia. 

El tren arrancó súbitamente e inició la marcha con lentitud. Poco a poco fue ganando velocidad adentrándose en aquel paisaje montañoso y oscuro.
Un calorcillo agradable iba saturando el compartimiento del vagón.
Tanto el hombre como la mujer se observaban disimuladamente, como esperando que uno de los dos rompiera aquel silencio que ya se hacía incómodo por momentos.
- Será un viaje muy largo, señorita……..
- Victoria, me llamo Victoria, y sí, será un trayecto de interminables  horas y horas….
- Luis, mi nombre es Luis, tanto gusto, señorita Victoria. Ha dicho usted interminable como si no fuera a tener fin el viaje. Llegaremos el día uno del  
año que viene, hoy es Nochevieja.
- Pues ahí me dará usted la razón, tardaremos todo un año en llegar al destino. Del 2010 al 2011, nada menos –y rió comedidamente por sus palabras.
- Sí, eso es cierto, pero no en el sentido literal como lo dice usted. A propósito, no me hables de usted, quieres? Llámame Luis, el viaje será largo y para qué guardar protocolos.
- Como, quiera……digo, como quieras. Es cierto, será de muchas horas el trayecto hasta Liriolandia.
- ¿Liriolandia, has dicho Liriolandia? Ahí es precisamente a donde voy.
Qué casualidad. Pensé, no se por qué, que  bajarías antes  de llegar allí.
No veo que lleves mucho equipaje, Victoria.
- Ah, eres un buen observador. No llevo apenas equipaje, es cierto. En realidad no debía estar en este tren. Y menos una Nochevieja. Lo mismo que tú, en vez de estar en casa con tu familia. Y perdón por mi suposición.

El hombre cambió su postura en el asiento y  mirándola con un súbito interés le dijo:
- Tranquila, no pasa nada. Sería curioso saber cómo estamos en una noche tan especial como esta en un solitario tren y  en un solitario vagón. Seguro que ambos tenemos poderosos motivos para estar aquí, cuando apenas falta una hora para que suenen las doce campanadas.
- Seguro que hay una historia detrás de esta circunstancia, pequeña o gran historia, según se mire. O una locura, como puede ser mi caso.
- ¿Locura? – se inclinó el hombre hacia delante, curioso por  aquella revelación- ¿Vas a hacer una locura el mismo día de Nochevieja? No puede ser cierto, Victoria, no. –y soltó una breve  carcajada.
- Luis, no, no es exactamente una locura, quizá me expresé mal. Te lo contaré, si. En realidad no me importa que lo sepas. Este traqueteo del tren, el paisaje impenetrable a través de la oscura ventanilla, la soledad que nos envuelve….parece que invite a la confidencia, a compartir un trocito de nuestra vida con un desconocido.
- Es verdad, también siento esa necesidad,  que sepas el motivo de mi viaje.
- Llevo una vida intachable en todos los aspectos. Un buen empleo, una familia que me quiere….sin ningún sobresalto o suceso en ningún sentido que altere mi pacífica existencia. Todo me sonríe, por decirlo así.
- Pero…me permites decirlo? Falta emoción, quizá……¿un amor…?
- Ah, jajá jajá- rió con ganas la mujer. -¿Qué te hace suponer eso?
- Perdón, quizá supuse demasiado. Pero nadie se mete en un tren una noche como ésta si no es por un motivo muy particular, no crees?
- Cierto, y por la misma regla de tres estás en el mismo caso.
- Touché – hizo el hombre un gesto de asentimiento- También tengo un motivo muy importante para ir a Liriolandia. –dejó pasar un breve instante y dijo en tono confidencial- No me importa decirte que es un motivo….sentimental?
Victoria mostró interés aproximándose un poco más a Luis.
- Vaya, esto se pone interesante por momentos. Cuéntalo si te apetece, tenemos tiempo antes de las doce.
- En Google busqué referencias de un libro que luego leí, “El cuento número trece”, de Diane Setterfield.¿Lo has leído, te gusta leer?
- Sí, me gusta mucho leer, pero ése libro en concreto no lo conozco.
- El caso, Victoria, es que leí varias opiniones sobre el libro. Y entre ellas una me llamó especialmente la atención. Tildaba la novela de dispersa en varios de sus capítulos y como no estaba de acuerdo con su parecer le escribí  mostrando mi total disconformidad. Era una lectora y me contestó reiterándose en su juicio. Por supuesto le volví a escribir. Bueno, para no hacerlo largo,  te diré que hubo un cruce de opiniones a cuál más firme y categórica. Y, poco a poco, entre carta y carta fuimos compartiendo gustos y opiniones sobre un sinfín de temas, sobre todo culturales. Y luego de aspectos de la vida. Un día, sin saber por qué, surgió el conocernos. En Liriolandia nos conoceremos; llevaré el libro de la discordia bajo el brazo.
- ¿Ah, sí? –la expresión de Victoria denotaba un súbito interés.- Parece una historia romántica. Me recuerda a otro libro “Contra el viento del norte”; dos seres desconocidos que por azar del destino reciben por equivocación unos correos y llegan a entablar amistad. ¿No serás  por casualidad uno de los personajes del libro? – y volvió a reír ampliamente.
- No, Victoria, no lo soy. –el hombre la miró fijamente cuando le dijo…..- A ver si tú, por el contrario, eres la protagonista femenina de la historia – le  sonrió cordialmente.
- Mi historia es algo similar a la tuya y a la del libro, fíjate qué casualidad. Nunca se sabe si los escritores escriben sobre la ficción o sobre algo que se basa en la realidad.
Victoria se recostó en el asiento quitándose el pañuelo. Lucía una larga melena de pelo castaño claro. Luis comprobó que era atractiva y su belleza era serena y armoniosa. Pero aquellas gafas oscuras desentonaban en el óvalo de su rostro. Pensó pedirle que se las quitara. Y cuando fue a decir algo su reloj le indicó que faltaban cinco minutos para las doce.
- Las doce, Victoria, la Nochevieja está ahí. Llevo una radio pequeña, oiremos las campanadas por aquí.
- Y yo tengo dos vasos de plástico y una Fanta sin empezar.
- Harán juego con los cacahuetes pelados en lugar de las uvas.
Rieron  como dos niños que disfrutan del mismo juego.
- Habrá que pedir un deseo fervientemente y desear que se cumpla.
- Sí, Luis, ya lo tengo pensado. ¿Y tú?
- Yo también. Pero antes me gustaría ver los ojos de la persona con la que voy a compartir la noche más especial del año.
Sus palabras fueron acompañadas por una mirada vehemente y cálida, amistosa; y Victoria,  con premeditada lentitud y sin perder detalle del efecto que causaba en Luis lo miró a través de aquellos singulares y exóticos ojos caquis sorprendentemente luminosos y preciosos.
Algo indefinible asomó en la expresión de su compañero de viaje. Ella movió la cabeza divertida y coqueta. Luis estaba absorto mirándola, como un niño que contempla lo nunca visto.
- ¿Te gustan mis ojos, Luis? –recalcó a propósito tendiéndole un vaso lleno de Fanta.
Ensimismado como estaba desparramó por el asiento unos cacahuetes.
- Vaya, nos quedaremos sin uvas, Luis.
- Han sido tus ojos, me han deslumbrado.
- ¿Sí? Hace tiempo que nadie me dice un piropo, y menos ése. ¿Sabes? Vienen de herencia familiar; de parte de mi madre.
- Pues….nunca los vi tan bonitos, parecen piedras preciosas.
- Eres un zalamero, Luis. Si la cita que tienes es la que me figuro, sin duda sabrás decirle palabras hermosas. A  las mujeres nos gustan.
El hombre intensificó la mirada dándole un matiz más personal.
- Y si es un hombre quien espera la llegada de este tren cuando vea tus ojos los querrá ver todos los días de su vida.  
Victoria lo miró sin  pestañear durante unos instantes que se hicieron eternos antes de que un radiofónico y lejano reloj sonara empezando  las campanadas.
Uno, dos, tres….entre risas atragantadas de divertida simpatía tomaron cada uno las doce uvas de rigor, en este caso doce cacahuetes.
Luego levantaron los vasos de Fanta y mirándose a los ojos brindaron.
“Es un tunante, un auténtico y delicioso tunante; desde un principio ha sabido quién soy, la Victoria con la que ha quedado en Liriolandia. Con la que ha pasado tantos y deliciosos momentos debatiendo los temas más inverosímiles, riendo divertidos, esperando el día siguiente  para continuar con la misma ilusionada complicidad. ¿Qué se dirían cuando se vieran en el lugar donde habían quedado?  Estaba ansiosa por saber cómo se presentaría, si le daría un abrazo de  bienvenida, quizá un beso apresurado y nervioso.”

“Es más atractiva de cuanto supuse. No sé cómo nos presentaremos después de vernos aquí. Iremos cada uno por su lado al bajar; sí, eso haremos, por lo menos yo. Seguiremos la broma, como si tal cosa. Y, luego, celebraremos la casualidad de este encuentro inesperado, que será inolvidable para siempre. Ay, que manera de mirar, cómo mueve sus pestañitas cada vez, ese rubor de manzanita….Es……un encanto, Dios mío……”

Pareció que el tiempo se había detenido; cada uno seguía en la ensoñación de la última campanada que daba paso al nuevo año 2011.
Una tierna dulzura iluminaba sus rostros, unidos por un suspiro,  por un anhelo compartido.
Al chocar los vasos de plástico en el brindis quedó en el aire un beso apenas entrevisto, como dibujado en papel de calco. Pero indeleble en sus corazones; quizá preludio de otros muchos que brillarían con luz propia.

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viernes, 21 de noviembre de 2014

La momia





Ésta no es una historia corriente. La protagonista de todo cuanto sucedió es una muchacha muy singular. Tan especial como para que sus andanzas sean increíbles, fuera de toda lógica y comprensión.
Su nombre es Mar. Nombre ciertamente acorde con el lugar donde nació.
En un barco, en alta mar; una noche de tormenta espantosa. Poseidón  mostraba una de sus peores caras, estaba furioso y fuera de sí y no cesaba de poner a prueba a aquel insignificante cascarón que flotaba obstinado en no ir al fondo del océano. Por lo menos hasta que aquella frágil criatura pudiera ver cuanto apenas su primera luz.
Y la vio. Pero eso no fue todo, y aquí comenzó el sorprendente principio de su no menos sorprendente existencia.
De súbito la ira de Poseidón cesó; el señor de las aguas se retiró a lo más profundo al oír el primer llanto de aquella niña. Quizá alguien pudiera  pensar que fue por no oírla, tal era la potencia  de sus lloros.
Dada la precariedad de la travesía se apresuraron a bautizarla.  Mar seria su nombre, y marina fue el agua que un improvisado capellán dejó caer sobre su cabecita mientras hacía el signo de la cruz.
Creció hasta llegar a  ser una muchacha de increíble belleza. Tuvo a sus pies a reyes y príncipes, los más apuestos galanes le rindieron pleitesía.
Gozó  de los dones que tan generosamente le ofrecía la vida.
Pero Mar no era feliz. Todo le aburría, no encontraba placer ni sosiego en nada.
Sintió en sí misma todas las sensaciones que un ser humano pudiera sentir.
Desde la satisfacción más plena al desencanto más desalentador.
Todo lo experimentó. Menos una cosa. Jamás sintió miedo por nada ni por nadie, nunca se le puso la piel de gallina.
Se sentía incompleta, necesitaba que su piel se erizara por algún acontecimiento o causa, temblar de miedo, asustarse, acurrucarse en un rincón buscando refugio.
Había dormido en cementerios, jugado con fieras salvajes, se entregó  a los desafíos físicos más temerarios.
Incluso vivió una temporada en un castillo escocés. Y ni siquiera los fantasmas que se le aparecieron consiguieron asustarla lo más mínimo.
Hasta tuvo la descortés ocurrencia de echar aceite lubricante a las cadenas de aquellos lúgubres seres para que sus chirridos espeluznantes la dejasen dormir en paz. Los cuales, desalentados,  indignados e impotentes pese a sus esfuerzos por aterrorizarla volvieron a sus tumbas para no salir jamás.

Un día sus pasos la llevaron a Egipto. Y estaba en un oasis buscando dónde echar su saco de dormir cuando la tierra se la tragó.
Fue deslizándose como por un largo tobogán hasta aterrizar como un fardo en el suelo.
Cayó en medio de un lujoso salón, rodeada de gente elegantemente vestida.
Apenas tuvo tiempo de recobrarse cuando se vio apresada por dos robustos guardias. La llevaron ante un majestuoso trono y se dio cuenta que eran egipcios y que aquel imponente personaje  que la miraba con arrogancia debía ser un faraón o algo por el estilo.
- ¿Quién eres tú, que osas irrumpir en la pirámide sagrada?
- Soy Mar –fue lo único que se atrevió a decir.
- Muerte, muerte –gritó  a una el coro de sumos sacerdotes- Arrojémosla a Gusanofis, muerte, muerte a la intrusa.
Fue dicho y hecho. Se encontró en una estrecha cueva oscura y silenciosa. Aunque pronto oyó como un siseo que iba aumentando progresivamente.
Aquel extraño ser era como un gusano de grandes proporciones, tan grande que ocuparía pronto el espacio donde estaba  la muchacha. Pasaría por encima de ella y la disolvería con sus jugos gástricos sin remisión.
Mar no perdió la serenidad. Sacó de su mochila la lamparilla de luz del  camping-gas, la encendió y arrojándola sobre la enorme oruga contempló cómo ardía con la misma tranquilidad con que uno ve arder una falla valenciana.
Los perversos sumos sacerdotes no daban crédito a lo que habían visto. Rojos de ira gritaron de nuevo enardecidos:
- Gallinofis, la soltaremos a Gallinofis, ése será su fin.
La echaron a un corral de granja gigante. Era increíble. Todo era descomunal a su lado. Gallinofis era,  ni más ni menos una gallina gigante. Y bien sabido es que las gallinas picotean el suelo buscando alimento. Y Mar era una cosa blandita a los ojos de aquella ave que se aproximaba hambrienta hacia ella. En una demostración de astucia que hubiera asombrado al mismo Ulises de Ítaca, se cubrió con el chubasquero amarillo y simuló dos ojitos como pudo y empezó a dar saltitos  emitiendo sin cesar unos “pío, pio” de lo más convincentes.
La gallina quedó sorprendida por aquel improvisado pollito y, en un acto maternal, ahuecó sus plumas y la cubrió cobijándola.
Así estuvo la muchacha un buen rato sintiendo el  calor tan reconfortante de aquella improvisada madre adoptiva.  
El caso es que salió corriendo tan pronto tuvo ocasión para refugiarse en el granero.
Pero aquello fue como saltar de la sartén al fuego. Una nueva y pavorosa criatura la amenazaba de nuevo.
Primero descubrió el par de ojos negros y asesinos que la miraban. A continuación el cuerpo de la impresionante araña quedó al descubierto.
Sus proporciones eran increíbles, nunca imaginó un monstruo así.
El animal no tenía prisa. Aquella presa no podría escapar corriendo y zafarse tranquilamente. La alcanzaría sin dificultad.
El terrible arácnido se puso encima de ella rodeándola con sus peludas patas. De nuevo Mar permaneció tranquila. Su lógica natural, tan valiosa   siempre para salir airosa de cualquier situación, se puso en funcionamiento.
Y tuvo que hacerlo rápidamente pues el largo y puntiagudo aguijón de la araña iba directo hacia ella.
Sacó el spray contra insectos y mosquitos y le cubrió generosamente los ojos hasta cegarla por completo. La enorme araña se revolvió dolorida, dando tumbos torpemente,  sin rumbo;  se frotaba los ojos con las patas en un vano intento por recobrar la visión.
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De nuevo el faraón y su cuerpo de consejeros y los despiadados sacerdotes no sabían a qué nuevo y terrible  tormento someter  a aquella desdichada que los ponía a prueba sin cesar. Pero lo que de verdad les desconcertaba no era el ingenio y el éxito de los ardides empleados en su salvación. Lo realmente sorprendente en ella es que en ningún momento sintió miedo ni perdió la compostura, ni suplicó la gracia de que le perdonaran la vida.
No podían creérselo, era imposible doblegarla.
Entonces, Kaka -Fis, la esposa del faraón, que había permanecido observando la escena sin pronunciarse, bajo de su sitial de oro y se puso delante de Mar, mirándola desafiante a los ojos.
De aquella mirada saltaron chispas, rayos y centellas, pero ninguna bajó la vista. Hasta que, por fin, Kaka-Fis, en una amplia sonrisa triunfal, dijo:
- Polifemosis, la arrojaremos a Polifemosis y la historia de esta estúpida muchacha terminará para siempre.
Un ¡ohhhhhh¡ generalizado llenó la sala. Sin duda –pensó Mar- aquel Polifemosis sería su definitivo fin. O eso pretendían aquellos egipcios salidos de no se sabe dónde. Pero no entraba en sus planes morir todavía.
La abandonaron en un desierto y los soldados que la llevaron allí salieron corriendo como alma que lleva el diablo espoleando los caballos salvajemente. Pronto supo por qué.
Polifemosis era un gigante en  toda la extensión de la palabra. Tan alto como un edificio. Iba desnudo y era tan infinitamente feo como nadie podría imaginar.  Peludo casi como un oso aunque su rasgo más inquietante y aterrador era su único ojo en medio de la frente. Un ojo grande como el ojo de buey del mayor transatlántico. Aunque, eso sí, era bonito; los dioses que crearon a aquel ser tan abominable y descomunal lo dotaron de un iris de insólito azul marino de sorprendentes reflejos.
Sea como fuere Mar comprendió que no escaparía de Polifemosis. Éste la contempló curioso, sin comprender qué era aquello que tenía a sus pies.
La tomó con la mano fácilmente, como si fuera una muñequita.
Eso era en su enorme mano, igual que una Barriguita con las que jugaba de niña.  
El gigante puso a Mar a la altura de su ojo y el apestoso aliento de Polifemosis casi la tumba de espaldas. Su boca parecía el hueco de una gruta, de grande; sus dientes como palas de hornero, sucios y desiguales.
La verdad es que –pensó Mar- si quisiera se la tragaría como si fuera un perrito caliente. Y sin ketchup, eso sí.
La muchacha puso los brazos en jarras y se quedó mirando  fijamente  aquel ojo de Polifemosis. Si aquel único ojo era increíblemente azul, los de Mar eran de un negro azabache profundo y amenazador;  brillaban como puñales en una noche sin luna.
- Bájame al suelo ahora mismo, venga.
Polifemosis no podía dar crédito a lo que oía.
- Te digo que me bajes ahora mismo, tontorrón, no me hagas perder la paciencia.
Y como el deforme gigantón no le hacía caso, sacó su navaja de Albacete de la faltriquera y se la clavó en el enorme labio inferior que le colgaba fláccido y sin gracia.
Así que se vio la sangre,  Polifemosis lanzó un alarido de dolor y Mar casi estuvo a punto de caer al suelo. En su vida de gigante nunca le había pasado nada igual.
Mar sintió su rabia hacia ella y aprovechó el momento para decirle:
- Dame las gracias, Polifemosis, que no te la clavé en el único ojo que tienes.
El hombretón no salía de su asombro, una muñequita insignificante diciéndole esas cosas.
- ¿Sabes por qué no lo hice? Porque nunca vi ojo tan hermoso como el tuyo. Es como el mar a media tarde, cuando lo contemplo desde mi duna.
Eres el hombre más grande y más fuerte que existe y yo la chica más pequeña que nunca has visto. Deja que me vaya y diré por todas partes que he visto al hijo de un dios, que era más alto  que una montaña y con un corazón tan generoso e inmenso como el mismo sol.
Éstas y otras palabras de Mar abrieron poco a poco ventanas de luz en el laberinto de la inteligencia de Polifemosis, de tal modo que se quedo mirándola arrobado escuchando la dulce vocecita de aquella muñequita.
Cuando habló el hombretón Mar descubrió una voz varonil deliciosa que no casaba para nada en aquel rostro brutal.
- Nunca he visto nada como tú; no echaste a correr cuando fui a cogerte. Y me provocaste sin pensar en las consecuencias. Eres muy valiente, nadie lo es como tú. Soy Polifemosis, también conocido como el Guardián. Debo impedir que nadie llegue al valle que hay poco más abajo. Pero después de ver cómo has vencido a los monstruos del faraón y la determinación de tu mirada, no seré yo quien te impida seguir tu camino. Sí te advertiré que tu destino final quizá no dependa tanto de ti como del curso de los acontecimientos. Ve en paz.
Entonces Mar, conmovida por aquellas palabras, besó el labio lastimado de Polifemosis arrancándole una calida sonrisa de agradecimiento.

Un camino bordeado de flores conducía a lo alto del montículo desde donde divisó un pequeño valle. Conforme bajaba por la pendiente, el canto de los pájaros dejaba de escucharse y cualquier signo de vegetación desaparecía; de tal modo que pisó tierra del desierto sin saber dónde estaba realmente. Unas  hienas surgieron de improviso y Mar echó a correr para librarse de su ferocidad. Tropezó en una piedra y cuando ya los colmillos de las hienas buscaban su blanca piel, el suelo se abrió inesperadamente tragándola sin remisión.

Unos hachones iluminaban lúgubremente la pequeña estancia. Mar se quitó el polvo de los ojos y recompuso su vestimenta. Aquello parecía una tumba. Lo era, pues un sarcófago presidía el lugar. No había dibujos en las paredes como era habitual en las tumbas faraónicas. Ninguna alusión a los sirvientes, tesoros, comidas, detalles que representaran todo cuanto acompañaría al difunto al Más Allá.
Mar sintió inquietud por primera vez. No sabría definirla, pero notó que un nudo iba formándose en la boca del estómago. ¿Acaso era miedo lo que sentía? ¿Pero de qué?  ¿De quién? Solo estaba ella aunque iba haciéndose patente una presencia invisible. Mar miró ansiosa por los cuatro costados, la luz permitía ver hasta el último rincón. Nada. Se sintió observada. Una creciente angustia fue germinando en su ánimo siempre intrépido y valiente. ¿Realmente aquello era miedo, la opresión que atenazaba su corazón? Notó los latidos que se desbocaban por momentos. No podía ni moverse.
En  ese momento la vio. Salida de la nada. Una momia. Una andrajosa y polvorienta momia que parecía haberse despegado de una de aquellas paredes sin darse ella cuenta. La miraba a través de aquellos negros y profundos huecos que semejaban ojos. Y su boca era un girón estrafalario y deforme. Empezaba a temblar cuando una voz sin timbre ni sonido se abrió paso en su mente.
Tenía ecos de cueva oscura, de murciélagos volando, de rasgar de telarañas. Primero una palabra. Luego otra. Desesperadamente lentas. Dejadas caer una a una, como gotas taladrando la piedra.
“Sabía que vendrías”  “Te esperaba”, dijo “¿Quién eres?” –repuso Mar.
“No importa quién soy. Importa a qué has venido.”  
Aquella extraña conversación no hizo más que aumentar la zozobra de Mar. Eran palabras oscuras, de ecos surgidos de un lugar impensable para la mente humana. Ella nunca hubiera deseado estar allí sintiendo el  absurdo e incontrolable pavor que sentía. Aquello no podía ser cierto.
La momia se fue acercando. Y cuando la tuvo delante mismo de ella se le erizaron todos los pelos de su cuerpo. Por primera vez en su vida sintió terror, le castañetearon los dientes y no pudo controlar las convulsiones de su cuerpo, presa del pánico como estaba.
Pero eso no fue todo. La momia pegó su nariz inexistente a la suya y la besó. Mar sintió que un universo infinito penetraba dentro de ella. Todo Egipto llenó hasta el último rincón de su cuerpo. De norte a sur desfilaron los fértiles valles alimentados por el limo del Nilo; sus gentes, sus campos, sus casas. Palacios, templos, divinidades todas que se asomaron a la mente de Mar en una catarsis imparable. Y sobresaliendo de todo aquel maremágnum insólito el soberbio guerrero. Montado en su carro de guerra. Insolente y retador, desafiante.
Su lanza y su arco de marfil con el carcaj de plata y las flechas adornadas con plumas de faisán. Pa-Ska-Ratis, apodado el “Sin Piedad”, el faraón más guerrero y más temido por amigos y enemigos. Tan odiado y repulsivo por su crueldad que ni siquiera hubo amor de mujer que pudiera calmar el río de lava que corría por sus venas y desembocaba en el volcán siempre activo que era su corazón.
Una a una Mar revivió sus batallas, cómo desgajaba con su espada el cuerpo de sus enemigos, abría las cabezas  con su maza. Cómo emprendía una campaña tras otra, en una vorágine que no tenía fin de muerte y destrucción. Pa-Ska-Ratis, el “Sin Piedad”, la viva encarnación del diablo en la tierra.
Asistió a su vida desde su nacimiento hasta convertirse en una momia.
Quiso escapar de aquel horror, salirse de aquella vida que no era la suya pero no pudo. El beso la ataba y le robaba la libertad de escapar de Pa-Ska-Ratis. Lloró, imploró, suplicó por primera vez en su existencia, pero sus gritos se perdían en la nada, no había lugar donde esconderse de aquella pesadilla.
Alcanzó entonces al lugar más secreto del alma del guerrero. Donde la soledad invadía al ser despiadado y cruel. Donde unas insólitas lágrimas anegaban sus ojos suplicando la paz y el descanso que nunca encontraba y tanto ansiaba. Donde pedía con todas las fuerzas de que era capaz un alma que atravesara la coraza de su insensible corazón y endulzara su azarosa y dura vida de luchas sin fin; el  amor verdadero en el rostro de una mujer que parecía no existir para él y cuya ausencia le causaba  la infelicidad más absoluta.  
Sólo en esa soledad del faraón comprendió el drama que asolaba su espíritu, y una compasión repentina afloró en ella.
Sin embargo ese refugio era efímero, duraba lo que una muralla en ser derribada, una ciudad incendiada.
Por eso no existía ninguna alegoría que acompañase al faraón a la otra vida.
La razón era que su ba, su alma, el ka de Pa-Ska-Ratis,  permanecía intacto y se mantendría  vivo mientras su propio espíritu no encontrara el oasis reconfortante de otra alma que lo amase y se apiadara de la suya.
Éstas y otras muchas vivencias sintió Mar mientras duró aquel increíble beso de la momia.
Notó que no era la misma. Se sintió poseída por algo que escapaba de su conocimiento. La Mar que escuchó de nuevo sus palabras,  “Éste soy yo”,  no era la muchacha que había bajado a la tumba momentos antes.
Y de repente un impulso poderoso y desconocido la empujó a los brazos de la momia  y le besó con toda la fuerza y pasión de que fue capaz.
Aquel ser milenario y rudo, impío, inmoral, despiadado y sin sentimientos  llegó a la  orilla hermosa de un mar de azul infinito, donde las gaviotas saludan a tu paso y el rumor de las olas y las caracolas componen para quien la escucha la más increíble de las sinfonías.
De la mano de Mar descubrió un mundo de armoniosa concordia, de tranquila convivencia;  poco a poco las palabras de aquella muchacha pintaron en su incandescente corazón la dulzura que nunca antes conociera.
Ella, al igual que él, buscaba algo que su azarosa vida no le había reportado pese a que  lo intentó por todo el ancho mundo afanosamente, pero  fue inútil.
Y ella, a través sus labios, le transmitía la buena nueva de que por fin su largo y azaroso viaje en busca de realizarse a sí misma, había llegado a su término.
Se sentía realizada, completa, era una mujer nacida de sí misma pero totalmente diferente. Y el artífice de todo ello había sido él, Pa-Ska-Ratis, el fiero e inhumano guerrero. Y así le habló: “Voy a quererte, momia infame, corazón cruel, manos manchadas de sangre. Porque has poseído mi alma con el calor de  tu alma atribulada y he visto tanto arrepentimiento,  bondad y dulzura  como muerte sembraste. Yo redimiré para siempre tus pecados y los convertiré en buenas obras. Escribiremos juntos una nueva historia para ti y para mí. Tu espera no ha sido en vano, amor, tu ba y mi ba serán el mismo. Deja que descubra bajo ese feo sudario tu rostro hermoso y libere el esplendor de tu alma. Déjame vivir a tu lado,  amor, que el mundo entero sepa que fuiste el más grande faraón de la historia. Y saldremos a la luz de la vida, lejos de esta cárcel de muerte y lo proclamaremos a los cuatro vientos”
“Me conmueves, ablandas mi corazón de piedra con tus palabras. Eres el sueño que nunca me atreví a soñar ni yo mismo. Pero no puede ser, muchacha, soy una momia, un ser milenario, de otro tiempo que no es el  tuyo, somos estrellas inalcanzables en firmamentos diferentes.  Una burla de Cronos, que juega poniendo las fichas en tableros diferentes.
Eres la criatura más hermosa que nunca he visto. Y yo el ser más horrendo y feo que pudieras imaginar. Eres joven, en plenitud de tu vida, nunca te faltarán pretendientes con los que serás feliz.”
“Ya tuve amores y ninguno llenó mi corazón. Algo me decía que lo encontraría  donde menos imaginaba. Eres insoportablemente único, momia, mi momia querida. Contigo seré la mujer más feliz del mundo. “

Parecía imposible que pudiera suceder pero de las cuencas vacías de la momia brotaron unas lágrimas negras que semejaban  perlas.
“Muchacha, no seas insensata. Regresa a tu mundo y déjame purgar mi desdichado destino. Una momia es muy poderosa pero ante el amor se convierte en un cervatillo. Vete, te lo ruego, porque si nos besamos de nuevo y pedimos el mismo deseo al mismo tiempo se cumplirá. Si no es así el dios Tebi-Tofis podría destruirnos. Aléjate, te lo ruego, no quiero que sufras el menor daño por una horrible momia.”

En el mismo momento que unieron sus labios  en  aquel mágico beso, dos infinitos chocaron el uno contra el otro y  dos seres se fundieron para siempre. Dos almas formaron una sola y el dios sonrió complacido.

Y si creéis en los milagros,  un día de abril que ya  os diré, mirad al cielo en la quietud de la noche. Veréis un valiente  guerrero  y la muchacha más hermosa subidos a un carro formado de estrellas….


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