jueves, 7 de mayo de 2015

La muñeca




Cuando compré aquella casa en  Cantacaños,  adquirí  también, sin saberlo,  la maldición que  pesaba sobre ella. Nada más llegar al pueblo los habitantes  me obsequiaron con un hosco e incomprensible silencio. No entendí   el motivo de esa conducta recelosa, sus miradas de desconfianza.
La casa parecía  muy antigua y se componía de dos  plantas,  sótano  y  un pequeño jardín. Ni los más ancianos del lugar la vieron construir.  Su estructura era de piedra, y  pese a los años transcurridos desde entonces,  se mantenía sólida y desafiante, como si los años no contasen  para ella.
Antes de aposentarme en mi reciente adquisición  me hospedé en el único hostal del pueblo. Mi  propósito era saber algo de sus últimos moradores, visitar los alrededores y conocer algo de las gentes que habitaban en este perdido pueblo de las montañas.
Por suerte, nadie como la dueña del hostal para informarme de todo. Aunque,  en contrapartida, debería  someterme a un completo interrogatorio sobre mi persona. De mí, poco pude decir;  era soltero y funcionario de la Administración. De costumbres y apetencias sencillas, no tenía vicios inconfesables siendo mi única afición leer novelas policíacas y sobre todo la fotografía. Motivo por el cual me interesé por aquella casa debido a los incomparables paisajes que rodeaban al  pueblo  y que retrataría a placer amén de gozar de paz y tranquilidad lejos del mundanal ruido. 
Según me informó Manuela, la dueña del establecimiento, había sido ocupada en muchas ocasiones pero nadie pudo pasar más de dos noches seguidas entre sus paredes. Decían que oían ruidos extraños, voces ininteligibles  y un llanto lastimero. Tanto era así que  abandonaban el lugar a toda prisa, como si alguien los persiguiese.
Manuela era bajita y regordeta, de manos pequeñas pero fuertes; tenía unos ojos inquisitivos que parecían descubrir hasta el más oculto de tus pensamientos. Llevaba un mandil limpio como los chorros del oro, al igual que todas las dependencias del establecimiento mostraban un lustre sin igual.
- ¿Está seguro de habitar esa casa? -me dijo tras relatarme el episodio de los demás inquilinos. -Mire que se arrepentirá, no durará más de dos noches,  se lo advierto.
Me cayó bien Manuela. Me recordaba a mi abuela materna, Isabel, siempre  trajinando en la cocina de carbón,  el puchero de barro hirviendo  en el fuego, guisando  arroz con  conejo,  bacalao con patatas, o habichuelas con morcilla, todo bien espesito y sabroso como sabía hacer.
- Tranquila, Manuela, -le sonreí afablemente- Serían gentes de la ciudad, señoritingos de esos que no están hechos a la vida rural porque viven entre algodones. No podrían dormir y por eso imaginaban cosas raras.
- No, mire, salían despavoridos, como si hubieran visto fantasmas.
Solté una risotada que me pareció exagerada.
- No creo en fantasmas ni en espíritus, por la sencilla razón de que no existen, son fruto de una  imaginación exacerbada. Precisamente mis películas favoritas son  las de vampiros, hombres lobo, monstruos  a cual más horrible. Además,  me ha costado muy barata esa casa, era una ocasión de oro que debía aprovechar.
- Claro, tenían prisa por quitársela de encima, necesitaban un incauto como usted, perdone que se lo diga.
- No diga eso, Manuela, está bien situada y en perfecto estado por lo que se ve, me vendrá de perlas como base de operaciones para mis reportajes fotográficos, a mis amigos les encantará también.
- ¿Se va a traer a sus amigos a esa casa con todo lo que le he dicho?
No pude contener otra risotada.
- Se lo que está pensando, Manuela, que esto va a ser algo parecido a La Matanza de Texas, o algo así, ¿verdad?
- Me voy a la cocina, ya me dará la razón.
- De todos modos sepa que mis comidas las haré en su comedor.
Pero ya se había perdido de vista y me dispuse a vaciar el maletero del coche.
La cerradura respondió a la primera y el interior  aparentaba estar más o menos limpio. Funcionaba la corriente eléctrica, menos mal. Ocuparía la habitación pequeña, la de una cama. Había otra con dos en la primera planta, y un  sofá que se extendía, sería más que suficiente para cuando vinieran Ramón y Antonio con Mercedes y Susana.
Eché a la lavadora la ropa de las camas, y me dediqué a quitar el polvo con el  mayor de los  entusiasmos, nada como una casa limpia y confortable.
A media semana me dispuse a pasar mi primera noche en la casa embutido en mi confortable saco de dormir de montaña.
No recuerdo si me despertó aquel sonido o estaba ya desvelado. El caso es que sonaba como a un leve siseo, una especie de  llanto infantil o eso me pareció.
No le di importancia en un principio si bien la persistencia del mismo me hizo aguzar el oído. No eran imaginaciones mías, se podía oír un gemido; tenue, pero real. Me levanté de un salto y encendí la luz.
Provenía de la planta baja. Reparé entonces que no había revisado el sótano.
 Estaba a oscuras, la bombilla debía estar fundida.  Tomé la linterna y alumbré  lo que parecía  ser la leñera o algo parecido.  
Pensé en cuanto me había dicho Manuela sobre que nadie pudo resistir más de dos  noches en aquella casa.  Máxime cuando descubrí aquella enorme tapa de hierro rectangular a ras de suelo ocultando sin duda el acceso a un  espacio subterráneo.  El intrigante sollozo provenía de allí.  Quien fuera o lo que fuera estaba bajo mis pies.
 Más intrigado que temeroso, me atreví a tratar de levantar aquella   plancha  metálica sin conseguirlo;  su peso debía ser considerable.
Pasé el resto de la noche con aquel sonsonete metido en la cabeza sin encontrar explicación alguna a la naturaleza del mismo  y pensando que tal vez había sido en exceso temerario al  bajar al sótano con tan solo la ayuda de la linterna.
A la mañana siguiente busqué quien me ayudase a levantar aquel pesado hierro  del sótano sin conseguirlo. Nadie quería saber nada de esa casa.
 Recurrí a Manuela por si conocía de alguien que pudiera ayudarme.
- Esa casa tiene mal fario, se lo dije,  y usted erre que erre. Váyase a su ciudad ahora que está a tiempo, hágame caso. Algo malo guarda esa casa que asusta a quien entra allí. - me exhortó categórica mirándome muy seria.
Zalamero, la tomé de los hombros.
- Pues míreme, he pasado una noche y no me ha pasado nada, ¿lo ve?
- Tienta a la suerte, Dios quiera que no tenga que arrepentirse. Están de paso unos leñadores que no saben nada de esa casa, veré qué puedo hacer, cabezota del demonio.
- Gracias, Manuela, dígales que les pagaré bien.- respondí aliviado.
Así fue cómo, tras ímprobos esfuerzos y ayudados por largas palancas entre cinco hombres y yo pudimos abrirlo. Un olor fétido y telarañoso casi nos tumba de espaldas.
- Esto lleva muchos años sin abrir, yo de usted lo volvería a cerrar;  a saber la de bichos que hay ahí abajo -me advirtió uno de los ellos antes de irse apresuradamente junto con los demás.
Aunque puse bombilla nueva en el sótano  me hice con  una fuente extra de luz pues  quería verlo todo con detalle.
Siempre tuve curiosidad por los enigmas, encontrar explicación a lo que pudiera ser un misterio desafiando  riesgos y venciendo temores.
De nuevo  volví a oír aquel murmullo lastimero. Bien pertrechado del  potente foco luminoso, fui descendiendo por unos mugrientos y resbaladizos escalones.  Lo que me fue dado contemplar  me llenó de estupor.
Tenía aspecto de ser  una lóbrega mazmorra, húmeda y maloliente. Lo increíble eran las imágenes que descubrí. En cada uno de los ángulos de la estancia había una figura a tamaño natural de Santiago Apóstol, tan fielmente talladas que  parecían mirarme como si fueran a hablarme de un momento a otro, semejaban ser de carne y hueso por su gran realismo.
Había un pequeño arcón de madera en medio de la habitación que actuaba como caja de resonancia de aquellos quejumbrosos sonidos, pues de ahí provenían. ¿Descubriría  por fin el origen de aquel misterio?
La tapa tenía grabada una inscripción. Parecía latín. Recordé mis buenas notas en esa lengua antigua cuando hice el bachillerato. Hacía muchísimos años de eso, desde luego, pero me puse a la labor.
Conforme trataba de descifrar aquellas frases, una extraña inquietud se iba apoderando de mí. No quería reconocerlo pero estaba nervioso. Justamente así es como me sentía. ¿Qué me estaba pasando, tenía algo que ver con este extraño y misterioso sótano? Empecé a pensar que sí.
Era un latín arcaico y mis conocimientos no llegaban a desentrañar del todo lo que estaba escrito. Vislumbré la palabra demonio. Infierno, diablo, espíritu maligno. Que Santiago Apóstol era el guardián del lugar. Quien escribió aquello, exhortaba a que el contenido del cofre no saliera de aquellas cuatro paredes y viera la luz del día. Era una advertencia.
Justo en el momento que levantaba la tapa me quedé a oscuras. En esa  negrura total dos puntos como brasas  se encendieron al unísono.
Un débil resplandor  iluminó una pequeña figura. Era una muñeca. Sus ojos brillaban. Y mi corazón se desbocó cuando una risa oscura y lejana salió de aquel esperpento de trapo  que me miraba fieramente, clavando sus ojos rojos como dardos en los míos.
Creí desfallecer del miedo que sentía y por más que quise cerrar la tapa no pude, una fuerza imperiosa  me lo impedía.
Sus pequeñas facciones gesticulaban al mover el trazo borroso de lo que parecía una  boca.
- ¿Quién eres, quién te envía?
Estas palabras no salieron de cuerda vocal alguna. Las oí dentro de mi cráneo como si me llegaran desde una dimensión lejana y desconocida.
- ¿ Quien me habla? -dije temblando.
- Soy yo,  bastardo, ¿no me ves?
 La muñeca, de algún modo que desconocía,  se comunicaba conmigo.  ¿Soñaba o realmente estaba sucediendo todo aquello?  Era lo más aberrante que podía imaginar, imposible de creer. Despertaría de un momento a otro y la pesadilla  se desvanecería.
El generador volvió a iluminar el sótano y descubrí con inusitada claridad la muñeca. Me estremecí de lo horripilante que era. La cabeza tenía cierta consistencia, el resto del cuerpo era de  tela grasienta y  descolorida que acababa en unas desgarbadas y bamboleantes  piernas.
- ¿Quién eres tú?
Estaba asustado y temblaba;  no me salió sonido alguno.
- ¿No sabes quién soy, esbirro ? -volvió a martillearme la cabeza esa voz cavernosa.
Estaba a punto de desmayarme, todo me daba vueltas por culpa de  aquella incomprensible criatura que hablaba y tenía forma de pepona y  seguía dirigiéndose a mi.
- Soy Fatama. ¿ No has oído hablar de mí?
Negué con la cabeza como pude.
Una burlona y estruendosa risotada resonó entre aquellas  cuatro paredes encogiéndome el ánimo más de lo que lo tenía.
- El  encantamiento del cofre ha cesado al abrirlo.
- ¿Encantamiento? -me sorprendí a mi  mismo con aquel hilo de voz que salió de mi garganta.
- No sé quién eres ni que  haces vestido de esa extraña manera pero soy Fatama y he vuelto a la vida de nuevo aunque sea en el cuerpo de esta deleznable  y ridícula  figura.
Sentí un nudo en el estómago al oír esas palabras. Mi pulso estaba descontrolado, se nublaba mi vista. Aquello no era una película de miedo; estaba despierto y era real lo que me estaba pasando.
- Has de sacarme de aquí.  Coge las imágenes de Santiago Apóstol y quémalas para que pueda salir. Obedece, esbirro estúpido. ¡Ya! ¡Rápido!
De súbito, noté que una fuerza reparadora se iba abriendo paso en mi interior cuando me aclamé al Santo que esa voz siniestra me ordenaba destruir.
- No entiendo nada de lo que me está pasando. Voy a cerrar los ojos y contaré hasta diez; cuando los abra estaré en mi saco de dormir,  tú habrás desaparecido y serás una horrenda pesadilla que nunca recordaré.
Eso hice. Conté hasta veinte, para estar más seguro. Abrí los ojos y la pesadilla seguía allí, mirándome burlona y con una insufrible sonrisa.
- Vaya, eres un espíritu cultivado,  sabes contar, ¿eh?
- Soy licenciado en Empresariales -me sentí raro cuando lo dije.
- ¡No me hagas perder la paciencia, mamarracho estúpido! -gritó con su voz en falsete.
Sin duda Santiago Apóstol me ayudaba en este trance, por momentos me iba sintiendo  más seguro de mi mismo y envalentonado.
- Mientras Santiago Apóstol presida este lugar  no puedes hacerme  nada, así que deja de amenazarme y llamarme estúpido.  Empieza por contarme tu historia,  el motivo de que estés aquí.
Se revolvió y gimoteó cuanto quiso mirándome ladinamente de soslayo para ver mi reacción pero me mantuve inflexible y no hice caso de su taimado llanto.
- Mi padre era buhonero, borracho y pendenciero; mi madre una mala mujer, decían que era  bruja. Nací con el rostro extrañamente  deformado y  la calle fue mi hogar, buscándome un mendrugo de pan como podía,  recibiendo nada más que la crueldad de todos en forma de golpes y burlas.  Nunca supe  lo que era  una  muestra de cariño  por parte de nadie.
Creí ver un atisbo compungido  en sus vidriosos ojos.
- Me tiraban piedras como si fuera un perro sarnoso, nadie se me acercaba, ningún chico me cogió de la mano nunca.  Mi  horripilante cara les causaba miedo y repugnancia. Quizá porque fue tan grande el odio y la rabia  que sentí por todos los que me golpeaban y me despreciaban  sucedió lo que sucedió.
Estaba cada vez más atrapado en su relato y noté que la ira se hacía más intensa en sus ojillos ardientes.
- Casi muerta de hambre cogí un trozo de berza que comía un cerdo y el porquero me molió la espalda a palos. Estaba tan furiosa que le pedí a Lucifer le prodigara el peor de los males. Y empezó a soltar espumarajos por la boca y contorsionarse grotescamente hasta que cayó muerto al mismo tiempo que los cerdos morían gruñendo enloquecidos.  
Salió la arpía de su mujer alertando a los vecinos y gritando que la hija de la bruja había matado a su marido con un maleficio.
Este suceso y otros, fueron los que finalmente propiciaron que interviniera la Inquisición.
Se me pusieron los pelos de punta al oír nombrar aquella temida Institución que mandó a la hoguera a un sin fin de brujas, entre otros ajusticiados y torturados.
- Me aclamé a Satanás y a todos cuantos me despreciaron por mi aspecto, se les cubrió el rostro de terribles y dolorosas bubas;  desbordé ríos que anegaron las cosechas de quienes no me dieron ni un repizco de pan y quemé  casas y cobertizos de los que me negaron cobijo.
Se me pusieron los pelos de punta al pensar en lo que podría hacerme si no tuviera la protección de Santiago Apóstol.
- Me apresaron junto con mi madre y otras mujeres acusadas de  brujería.
Nos iban a torturar y quemar en la hoguera. Por eso la noche antes mi madre y las demás brujas realizaron un conjuro y me convirtieron en una muñeca para salvarme del tormento. Los verdugos  se llevaron la mayor sorpresa de su vida  al ver  una muñeca de trapo en mi lugar, dijeron que era magia diabólica.
Por lo que sé,  las dejaron medio muertas antes de quemarlas en la hoguera y el cruel inquisidor que las atormentó arrojó  también la muñeca  al fuego, para no dejar rastro de nada. Era tan implacable en su lucha contra la brujería que rebuscó entre las cenizas para asegurarse de que se habían abrasado.  Y  encontró la muñeca. Por todos los medios trató de destruirla sin conseguirlo, todo el resto de su vida lo  dedicó a este empeño. Murió gritando que era obra del Maligno, de Satanás,  que se apoderaba de las almas de los hombres.
Estaba estupefacto con las palabras de la muñeca. Era demencial. Traté de imaginarme aquella turbulenta y oscura época en que la Inquisición imponía su ley empuñando la Cruz.
- No sé quién me encerró en este cofre ni me trajo a este lugar,  aunque supongo que sería algún servidor de la Iglesia para impedir que causara más daño. ¿Sabes dónde estoy, si la Inquisición me persigue?
- Hace cientos de años que la Inquisición desapareció, estamos en otra época.
- ¿Ha desaparecido la Inquisición, ya no queman a las brujas?
- Ya no hay brujas ahora ni queman ni torturan a nadie.
Quedó en silencio aquel extraño monigote parlante y no supe qué pensar de todo cuanto me estaba  sucediendo. Dudaba de que aquella historia fuera verdad. Dudaba de mi propio raciocinio, pensé que estaba volviéndome loco.
- Yo no quería hacer daño a nadie, de verdad, sólo ansiaba llevar una vida normal. Vivir con mi padre y mi madre, como cualquier chica  de mi edad.
Tener amigas,  bañarme en el río y que un chico me cogiera de la mano y me llevara al bosque, como hacían con las demás. 
Pero mi padre era un borracho y me pegaba sin motivo alguno y mi madre se despreocupó de la casa y de nosotros, vivía  en otro mundo. Salía por las noches y venía de madrugada, con una extraña y  siniestra mirada que  daba miedo verla. Nadie me besó, ni me  abrazó, ni me dijo algo cariñoso, ni  me llamaban por mi nombre. Mi horrible rostro los espantaba. ¿Crees que podía vivir así?
Sentí una repentina lástima por ella, imaginé a una adolescente en aquel mundo despiadado y cruel, despreciada por todos y luchando por sobrevivir. Sin el calor  humano de unos padres que le prodigaran  amor y protección. Me dio pena.
Soy un sentimental, no puedo evitarlo. El dolor y la desgracia ajenas me causan infelicidad. Comencé a considerar todo aquello bajo otro punto de vista. Hablaba realmente con un ser vivo. Era un alma la que me hacía sentir toda su congoja  y sufrimiento. ¿Iba yo a juzgarla, a ser tan insensible como para ignorar lo que el destino me estaba mostrando  en ese momento?
La muñeca lloraba desconsoladamente. Unas lágrimas resbalaban por su cara agrietada y ennegrecida. Cada llanto se me clavaba en el  corazón como una espina, sentí que un nudo atenazaba mi espíritu y me sentí extrañamente culpable sin saber por qué.
Obedeciendo a un impulso que  brotaba de mis entrañas, con sumo cuidado tomé aquella muñeca y la acuné en mis brazos. Su cuerpecito se estremeció a mi contacto y  noté su tenue calorcillo. Ordené una greña rebelde en su frente y acaricié su carita atribulada. Sus ojillos como aceitunas negras me miraron agradecidos. Enjugué con la mano sus mejillas húmedas del  llanto. Le sonreí  y me dedicó una pequeña sonrisa.
Me sentía bien con ella en mi regazo, mirándonos con calma,  como  si toda la vida hubiéramos estado así.
Entonces la besé. Acerqué mis labios a sus mejillas descoloridas y apretujándola contra mi le di unos tiernos  besos.
Podría jurar que oí un insólito y suave suspiro. Y cómo sus desmañados bracitos de trapo rodeaban  mi cuello y su boquita me besaba también.
Me sentí de un modo tan especial tras lo sucedido que, ensimismado todavía por ese contacto increíble, tardé en percatarme de lo que estaba ocurriendo. La muñeca fue creciendo y creciendo mudando incomprensiblemente  su aspecto. Fue asombroso.
De repente tenía ante mí a una chica que me miraba a través de unos expresivos y enigmáticos ojos verdes. Su cutis era terso y sonrosado. Me sonrió ampliamente.
- Hola, soy Fatama.
De repente tenía un gran problema; una jovencita que había aparecido en mi vida sin saber cómo ni por qué y debía encontrar una salida lo antes posible pues no podía camuflarla debajo de un armario como si tal cosa.
Lo primero fue vestirla; se puso una camisa vieja y unos vaqueros desgastados que iba a retirar;   con esto saldría del paso.
- ¡Qué palacio tan extraño! Nunca había visto nada igual.-exclamó asombrada al recorrer la casa.- ¿Dónde estoy, como te llamas?
- Me llamo Roberto y ésta es mi casa. ¿Puedes decirme quién eres tú realmente?
- Te lo he dicho; me llamo Fatama  y soy la hija de la bruja que quemaron en la hoguera, acabo de contarte mi historia.
- Si, una historia increíble, fruto de una alucinación sin duda, es lo más extraño que me ha pasado nunca.
Me quedé mirándola haciendo balance de  la situación. Tenía delante una chica de unos veintitantos años, algo delgada y bonita de cara. Si era cierto, la hija de una bruja, venida de otra época al siglo veintiuno. ¿Cómo justificaba su presencia, qué hacía con ella?  La cabeza me iba a mil por hora buscando una solución. ¿Por qué tenía que sucederme a mí todo esto, a un simple funcionario de vida tranquila que nunca se metió en ningún lío?
Aquella chica que decía llamarse Fatama tomó mis manos y su mirada cándida y juvenil me envolvió.
- Por un extraño sortilegio al besarme me has devuelto a la vida en el cuerpo de una muchacha de aspecto normal, como siempre envidié de las demás. Ahora, mi destino, mi vida, está ligada a la tuya para siempre, Roberto.
Sentí un calor sofocante que me abrasaba al oír aquello.
- Salgamos al jardín, necesito tomar aire puro. -le dije apremiante.
Salimos al exterior y aunque imperceptible al principio, fui testigo de los cambios que, inexorables,  empezaron a producirse a continuación.
El sol se oscureció de repente y el cielo se pobló  de nubes negras que adoptaron formas inverosímiles y tortuosas, cual  seres fantasmagóricos que  danzaban  macabramente  mostrando un aspecto amenazador que infundía miedo. ¿Qué estaba pasando?
Al volver el rostro hacia Fatama me llevé el mayor susto de mi vida. La chica atractiva de ojos verdes había desaparecido. En su lugar había una figura sucia y zarrapastrosa con el rostro más horrendo que mente humana pueda imaginar. Su boca era un agujero negro en el que apenas asomaban dientes. Sus ojos ardían al mirarme y sentí pavor al contemplar aquella figura salida del Averno.
Entonces  lo comprendí. Y la verdad me aterrorizó. Al salir al exterior, fuera del cofre y del escudo protector de Santiago Apóstol, el señuelo de muchacha inocente se  había convertido en lo que realmente era:  una bruja. Que se situó frente a mí y puso en mi frente su mano fría y huesuda.

                                      - - - - - - -

El  pastor que estaba con sus ovejas en la colina desde la que se divisaba el pueblo de Cantacaños, fue testigo del hecho más insólito y extraordinario que contemplaría nunca. Formando un espeso  perímetro alrededor de las casas del pueblo surgieron de la tierra, súbitamente, árboles y más árboles, arbustos, malezas, zarzales y todo tipo de matorrales espinosos volviéndolo invisible para quien pasara por allí. El pastor quedó estupefacto. No se lo podía creer. ¡El pueblo había desaparecido.!
Por el empedrado de una calle se movía una oscura e inquietante figura. Le seguía un gran gato negro que maullaba incesantemente, apremiando a que su ama le prestara atención. Era un maullido penoso, lastimero, estremecedor por  su intensidad, rompía el alma de quien lo escuchaba.
Pero su dueña, cruel y salvajemente le propinaba,  de vez en cuando, furiosas patadas. Luego,  una risa salida de ultratumba salía de su garganta y hasta el demonio más terrible  se hubiera escondido para no escucharla.

                                                   - - - - - -













 

















viernes, 1 de mayo de 2015

Berta




Berta era una ejecutiva brillante y de éxito. En el proceloso mundo financiero había llegado a la cumbre tras muchos años de duro y entregado trabajo. Ahora cosechaba el fruto de su empeño aunque era muy consciente de que no podía bajar la guardia en ningún momento.
Había logrado reunir un equipo de colaboradores de élite; ése era otro de sus méritos, captar el elemento humano que precisaba, conocer a las personas,  estimularlas y lograr lo mejor de ellas mismas. Estaba muy orgullosa de su equipo de profesionales, no había reto al que no se enfrentaban con las máximas garantías de lograr su objetivo.
Tenía fama de seria y fría,  escrupulosa,  inflexible las más de las veces. Aunque prevalecía su olfato de negocio, sabía escuchar a su equipo y aceptaba cualquier sugerencia que pudiera ser valiosa.
Era inteligente, sagaz  avispada, extrovertida,  abierta siempre a cualquier nueva experiencia que le fuera  útil en su vida diaria y personal. Todo le llamaba la atención y su curiosidad por cualquier tema era inagotable. También era alegre y positiva, creía en la bondad de sus semejantes, y se entregaba sin reservas a quienes ganaban su confianza pero siempre dejando su parcela más personal e inaccesible para ella sola, sin interferencias de ningún tipo. Especialmente en los momentos de índole sentimental en los que se hallaba inmersa.
Sobre su mesa,  una  cabina telefónica  inglesa a escala recuerdo de sus dos años de estancia en Londres. Un trozo de roca del Gran Cañón, una flor desecada  de la selva amazónica y una figurita de vudú brasileña como recuerdos de tantos lugares insólitos y países que había visitado. Dos ordenadores,  los consabidos útiles para escribir y varias pilas de documentos escrupulosamente alineados como era preceptivo en una mujer ordenada y organizada como mandaban los cánones de la eficiencia.
Un solo cuadro ocupaba la pared de su despacho: una copia perfecta de Las Muñecas, de Manet, la obra pictórica que más admiraba y por la que sentía verdadera devoción.
Solía vestir de Dior o Armani, trajes de chaqueta preferentemente; se sentía cómoda y elegante.  Unos toques de Chanel nº 19,  un rouge en los labios apenas insinuado, unas pinceladas de rimel  y un poco de  color en sus blancas mejillas completaban su look.
Desde el amplio ventanal de su  despacho divisaba las mesas de sus empleados. Hoy había sido un día especialmente duro y estresante. Por fortuna la reunión con los directores de Bancos y Cajas se había resuelto con éxito. A la salida de la reunión, el presidente de la Compañía la había felicitado, alabando la estrategia empleada en la resolución del asunto.
Era especialmente experta en ello. Le inspiraba la forma de actuar de la anaconda, uno de sus animales salvajes preferidos.
Nunca mostraba su línea de discusión  desde un principio;  dejaba que sus oponentes avanzasen en la exposición de sus argumentos,  que se sintieran confiados. Luego sondeaba brevemente  a cada uno de los directivos, se mostraba con esa magistral ingenuidad que interpretaba tan bien y que para nada parecía fingido. Sus gestos moderados y su sonrisa contribuían a que pensaran que iba  a aceptar las condiciones impuestas en la firma de los documentos.
Existía un momento en que se producía un paréntesis en la reunión, parecía que ya todo se daba por hecho. Entonces, como su admirada anaconda, se erguía de su asiento, decidida  y resolutiva, un tanto altiva quizá,  y uno a uno, iba desmontando las ideas de  cada uno de sus oponentes, los rodeaba con su disertación, arrinconándolos sin dejarles la menor escapatoria. En ese momento mostraba los contratos y ninguno de ellos podía resistirse a firmarlos.

                   ------------------------------------------------

Berta estaba en la balconada del Corralón de la muy noble y leal ciudad de Alcaraz, al pie  de la serranía que llevaba su nombre.
Tenia montado el caballete y pintaba desde  al alba  la ubérrima vega que se extendía antes sus ojos hasta los Batanes.
Le gustaban los amaneceres, ver cómo el sol pintaba sigilosamente con su mágica  luz aquel  paisaje tan conocido y querido por ella, El contraste de luces y sombras en ese rápido contraluz había sido un reto constante para ella que había resuelto con maestría.
Siempre que podía se refugiaba en Alcaraz para desconectar de su estresante trabajo. Poseía una bonita y acogedora casa y  allí recuperaba toda la energía y vitalidad que la ciudad y su trasiego le robaban. Era como su célula madre, un renacer de nuevo,  la que restituía su ilusión, su inspiración pictórica, la que la devolvía al mundo real dispuesta a seguir luchando.
Sus paisanos  se habían acostumbrado a verla yendo de un rincón a otro acarreando sus útiles de pintura. Era muy apreciada por  los suyos y muy corriente que ancianos y chiquillos la rodearan cuando pintaba.
Gustaba de sus  comidas manchegas; el sabroso queso,  el lomo de orza, las morcillas y chorizos, los incomparables mojes y ese jamón que dormía en la cámara de arriba  el tiempo que necesitaba. Acompañado todo por un tinto denominación  Mancha.
Llevaba  vaqueros comprados en Nueva York,  camisas a cuadros de lana escocesa y alpargatas de esparto.  De esa guisa se sentía feliz y libre como los pájaros, como el agua del arroyo que borbotea alegremente. Una Berta diferente y auténtica renacía en Alcaraz, como si se desprendiese de la  coraza que la atenazaba sin permitirle ser ella misma.
Por las noches se sentaba en el portal de su casa a ver las estrellas en la nítida oscuridad, seguir  el lento deambular de la luna y las nubes que la cortejaban allá en lo alto.
Se entretenía con  las salamanquesas pegadas a la pared, verlas atrapar moscas e insectos, en pugna con los pequeños dragones que salían de cualquier orificio para lograr su sustento.
Miraba  la oscura montaña que tenía enfrente donde destacaba la blanca figura del Sagrado Corazón,  dominando  todo el paisaje y
recordaba   las veces que subió con su padre, la cantimplora al cinto y un hatillo con pan y fruta; “Voy a subir con  la chiquilla al Santo”, decía su padre,  “Ten cuidado con la chiquilla, que no resbale”, contestaba su madre.
Muchas veces subía a ese Santo Cristo por recordar aquellos años tan felices, con la vieja cantimplora y un par de manzanas.
Gustaba de plasmar el delirio de las flores en primavera, a los pies del Cerro de Cabeza Gorda;  el rojo provocativo de las amapolas, los lirios, las castas azucenas, el espliego,  las mil y una florecillas silvestres, el verde de la hierba en su esplendor. Pintar los cortijos perdiéndose en la lejanía de los campos,  los trigales, las aldeas y fuentes,  cuanto descubriera la sutil artista que era.  Y esos contraluces en las  choperas que tanto la cautivaban y en cuyas sombras descansaba plácidamente.
Era una paz que la alimentaba por dentro, ponía en orden todo su ser y la transportaba a otro mundo.
- - - - - - - - - - - - - - - -

De repente recordó la notita que guardaba en el bolsillo.
Era de Luis. Su secretario y  colaborador más importante.
Era incansable y tenaz como una máquina alemana y exacto como un reloj suizo.  Callado y trabajador como nadie, le ponía todos sus asuntos al día. Con los demás era quizá algo desabrida e impersonal. Pero con él era muy distinta. Era  un ser tímido y todo candidez y ternura. Lo conocía muy bien, pasaban la jornada entera uno al lado del otro, salvo cuando ella viajaba y él quedaba al frente del despacho.
Sus gestos amables y siempre contenidos, ese andar como flotando y ausente, esa mirada limpia y transparente que descubría todo su apacible carácter.
Esa firmeza y resolución que restallaba de improviso sorprendiendo a todos en los momentos precisos para luego disiparse  en su  anonimato.
Siempre la rescataba del colapso cuando tenía los teléfonos sonando y las pantallas de los ordenadores desbordadas de datos. En esos momentos llegaba él con su parsimonia, pulsaba las teclas oportunas, respondía todas las llamadas y todo volvía a su sitio,  recobrando ella  la calma. Encima le traía una tila,  solícito,  envuelto en su tímida sonrisa. 
Desde hacía tiempo se había dado cuenta de  que Luis bebía los vientos por ella. Al principio se mostró muy sorprendida, le costaba dar crédito a sus sospechas. Fue atando pequeños detalles; su azoramiento cuando le miraba  directamente a los ojos, el temblor que le estremecía cuando le rozaba deliberadamente, como en un descuido. Cómo la observaba a hurtadillas creyendo que  no se percataba de su muda admiración. Detalles entre otros muchos que, como mujer, no le pasaban por alto.
Leyó por centésima vez la escueta nota: “Me sentiría muy complacido si aceptara tomar una copa conmigo. Luis.”
Sonrió por el  rimbombante tratamiento de usted que no venia a cuento para nada.  Seguro que habría estado días, semanas tal vez buscando la decisión para escribir esa frase.
Se sintió extrañamente halagada. Quizá porque su actual momento sentimental no estaba en su punto más álgido.
Tenía en el alero una relación cuyo desenlace no podía augurar.
Se sentía sola, falta de una voz y una presencia que llenaran sus carencias afectivas.
Sin duda Luis era equilibrado, honrado y atento.  El típico hombre que se desviviría por la mujer de sus sueños. No costaba nada imaginarlo sentado en un sofá fumando en pipa junto a la chimenea del hogar, el perro de la casa a sus pies,  mientras  su esposa hacía calceta.
Ella no era precisamente de tranquilas labores del hogar si no de acción permanente en cualquier lugar del mundo que le apeteciera visitar.
Era su compañero de trabajo, pasaban todos los días juntos. Pese a que eran mundos diferentes se había establecido una química perfecta en su horario laboral que no deseaba romper  para nada.
Pensó que quizá esa copa con Luis significaría un elemento desconocido  en el laboratorio de sus vidas de consecuencias tal vez imprevisibles.
 No obstante le tentaba la posibilidad de conocer a Luis delante de una copa, en un ambiente fuera de la oficina. Comprobar si era tal como ella lo había imaginado.
¿Iría tan encorbatado y clásico  como todos los días? ¿Vestiría  unos vaqueros ajustados y una camisa informal para aparentar ser más joven? 
Y ella, ¿qué se pondría para ese primer encuentro? ¿Una blusa, un suéter? ¿Unos piratas, tal vez una  falda que dejara al descubierto sus rodillas?
Se sorprendió a sí misma con estos disparatados  pensamientos.
Su vida estaba ordenada y no tenía por qué salirse de su rumbo.
Sería la comidilla de todos; la jefa y su secretario, liados, sin que nadie se lo hubiera imaginado. ¡Qué calladito se lo tenían!
La invadieron unas absurdas suposiciones creándole una mayor confusión todavía.  Imaginó que se enamoraba de Luis  y  le hacía sentir  el amor que siempre soñó como mujer, alcanzar el éxtasis más deseado.
Una vocecita interior le recordó  que era una mujer decidida que nunca se arredraba ante nada y debía seguir los dictados de su corazón.   Que el tren de la felicidad, de la verdadera dicha, solo pasaba una vez. Ella estaba ahora mismo en el andén de muchas encrucijadas, de un nudo de vías  que se confundían unas con otras.
En su alma, con un repentino sobresalto, cual  súbito rayo de luz en su desconcierto, oyó  el silbido de un tren.
Sonaba en la lejanía pero lo sintió muy cerca, increíblemente cerca,  siempre había estado allí, a su lado  y ella nunca supo verlo.
Ese tren tan esperado se llamaba Luis.

                                - - - - - - - - - -

 
















miércoles, 29 de abril de 2015

Un mechón de tus cabellos





Paulo Pereira era un consolidado y afamado retratista que destacaba en el panorama fotográfico mundial. Leticia, también fotógrafa, había recibido una invitación personal de su puño y letra para asistir a una exposición de sus obras que se celebraba en Madrid.
Extrañada  por este hecho  acudió a la Exposición y su sorpresa no tuvo límites cuando, al entrar en la Sala, Paulo Pereira se dirigió directamente a ella nada más verla.  
Con una leve reverencia tomó gentilmente su mano y la besó.
- Bienvenida, señorita Leticia, es un honor que haya aceptado mi invitación.
Aquellas palabras habían sido pronunciadas en castellano  con un marcado acento portugués, o tal vez brasileño, dedujo ella.  Paulo le sonreía afablemente observando el asombro que asomaba en el rostro de Leticia. Sin duda, corroboró ella, era un hombre muy atractivo.
 Alto,  su piel bronceada casaba a la perfección en unas facciones de mirada profunda y acogedora. Sus ojos negros no cesaban de mirarla, extasiados y conmovidos.
Leticia estaba confundida, no sabía qué pensar. Paulo Pereira parecía disfrutar al verla  en ese estado y sonreía condescendiente.
- ¿Nos conocemos? -preguntó un poco azorada ante  la presencia de aquel hombre de cautivadora mirada.
- Ya lo creo que sí, desde que yo era pequeño, señorita Leticia.
- Me confunde usted, señor Pereira, no le conozco más que de ver sus fotografías  y saber de sus éxitos fotográficos,  pues, como fotógrafa que soy, me gusta estar al día.
- Pronto lo comprenderá todo, señorita Leticia. ¿Quiere ser tan amable de seguirme?
Con un caballeresco gesto la invitó a visitar una Sala aparte. La presidía una pequeña fotografía enmarcada en un cuadro de marco dorado profusamente labrado.
 De  colores desvaídos, mostraba débilmente la imagen de una mujer y un niño.
De repente el pasado se agolpó en el ánimo de Leticia al contemplarla y su mente retrocedió vertiginosamente en el tiempo.
                                   - - - - - - -
Siendo muy joven, Leticia viajó a Brasil para realizar un reportaje fotográfico de la cuenca del  Amazonas y las gentes que la poblaban. Ya por aquel entonces era reconocido su arte y las revistas de Naturaleza y Viajes le solicitaban sus trabajos.
Ello le permitía recorrer el ancho mundo y conocer gentes y culturas y plasmarlas bajo su  prisma personal a través de  la  cámara.
La base de operaciones la establecieron a orillas del gran río, al lado de un poblado de acogedores  indígenas.  Sus moradores les recibieron con curiosidad y hospitalidad  y desde el primer momento Leticia acaparó la atención de todos ellos, en especial de las mujeres. Leticia era una esbelta jovencita  rubia de sedosos y rizados cabellos. Su pelo,  dorado como el oro ejercía un poderoso efecto de atracción sobre quien lo contemplase. En particular llamó poderosamente el interés de un niño. Hasta tal punto que mientras  duró su estancia en ese lugar, apenas se separó de ella.
Benko, así le llamaban  en la tribu, era un niño de pelo rizado negro como el azabache y carita graciosa.  Se le quedaba mirando embobado como si nada más que aquella larga  cabellera brillante como el sol existiese para él. Leticia le daba galletas y caramelos y el niño no cabía en sí de gozo por aquellos regalos que nunca había conocido.
Lo que más le gustaba era tener en sus manitas morenas los rizos de Leticia, los acariciaba  desenredándolos con verdadera devoción.
A su madre no le importaba,  pues ella, al igual que las demás mujeres de la tribu, también revoloteaba a su alrededor encantada de admirar a la mujer de piel blanca y pelo dorado.
El niño la seguía en sus reportajes indicándole por señas adonde dirigirse para no perderse, nunca la dejaba sola. Leticia también se percató  de la fascinación que su cámara ejercía en él. No perdía detalle de sus poses al buscar el mejor ángulo y perspectiva y guardaba un sepulcral silencio hasta oír el disparo del obturador.
Fue una estancia fructífera artísticamente e inolvidable por tantos momentos emocionantes vividos con la tribu y por la complicidad que estableció con el niño, por eso el momento de la partida fue muy difícil para ambos, especialmente para ella pues le había cogido cariño.
El día de la despedida  Benko estaba tan compungido y lloroso que le pidió a un compañero que les hiciese una foto juntos con la Polaroid porque tuviera un recuerdo de ella. Y no fue solo eso. Se cortó un generoso mechón de su pelo y se lo dio.
Sus ojos le brillaron de un modo tan singular a Benko que, entre llantos, de la emoción le dio un beso.
- Era un niño precioso...dijo Leticia volviendo de súbito al presente con la mirada perdida y cargada de nostalgia.
- Y ese niño fue apadrinado por Roberto Pereira, consejero de la ONU y al acabar  la Universidad,  emprendió  la búsqueda de quien recibió sus primeras lecciones de fotografía.
Entonces, en un movimiento  de prestidigitador, apareció en una  mano de Paulo Pereira, un pequeño estuche de plata. Al abrirlo, Leticia contempló aquellos tirabuzones suyos que se cortó para dáselos  un  lejano día.
La emoción turbaba  a Leticia. El  niño de entonces ,  ahora el hombre que la contemplaba mirándola fijamente a través de sus ojos negros,  había desatado un tropel de emociones que ella creía  perdidas para siempre.
Lentamente, Leticia abrió su bolso y sus gráciles dedos mostraron una fotografía idéntica a la que exponía el cuadro.
- La llevo siempre conmigo - dijo ella con la voz quebrada.
Esta vez fue  Paulo Pereira quien se mostró visiblemente impresionado al contemplar la imagen y sus oscuros ojos se  empañaron  unos instantes.
Quedaron en suspenso los dos, contemplándose como si fuera la primera vez, hacía tantos años,  a orillas del Amazonas. Ella,  una audaz jovencita que triunfaba en su profesión y se adentraba en la selva amazónica llena de ilusiones y proyectos. Él, un muchachito risueño lleno de encanto que acaparó toda su atención desde el primer momento por su gracia y desparpajo.
- Debo felicitarle por su magnífica obra;  por sus famosos Ángeles Rubios, los retratos más sutiles e increíbles que nunca he visto.
Paulo sonrió con dulzura a Leticia.
- Desde pequeño sigo impresionado por su cabello rubio, de esos rizos prodigiosos que yo rememoro  desde entonces;  y de su rostro,  para mí el prototipo de la Belleza más pura.
Leticia estaba a punto de echarse a llorar por sus palabras. Nadie,  jamás,  le había dicho una frase como aquella. ¿Por qué se puso a temblar repentinamente?
- Por eso retrato siempre modelos de piel blanca como la nieve y  cabello dorado, en un vano intento de que se asemejen a usted.
Leticia se tambaleó levemente y Paulo Pereira la sujetó con suavidad.
- Nada, no ha sido nada, gracias -musitó con un hilo de voz por tanta emoción.
Sentados frente a unos cafés dejaron pasar  el tiempo, indolentemente,  entre confesiones y risas, compartiendo retazos de sus vidas.
- Nunca pensé que volvería  a ver a Benko, aquel niño de la aldea  del Amazonas y menos convertido en todo un hombre. Y, para mi sorpresa, siendo uno de los mejores retratistas del momento. Me ha dado usted una sorpresa mayúscula.
- El hallazgo fue para mí conocerla, señorita Leticia.
- Señora -corrigió ella con una elegante sonrisa- Tengo un esposo y unos hijos  adorables,  que me dan toda la felicidad que una mujer puede desear.
Paulo Pereira asintió y se inclinó hacia adelante en un gesto como para dar mayor confidencialidad a sus palabras.
- A los pocos años de irse usted y su equipo vinieron  unos misioneros y unos delegados de la ONU que visitaban la cuenca del Amazonas. Desgraciadamente había perdido a mis padres y mi vida no hubiera seguido otro rumbo diferente de los demás  de la tribu si no hubiera sido por un afortunado azar llamado Roberto Pereira. Me adoptó otorgándome  su apellido y me trató como uno más de sus hijos dándome su afecto y la posibilidad de ser alguien en la vida.
Su voz se  había quebrado al recordar el infortunio de sus padres y evocar a su familia adoptiva.
- No hacía más que recordarla  haciendo fotografías -siguió rememorando Paulo Pereira- y puse todo mi empeño en ser fotógrafo como usted.
- Por favor, Paulo, no me llames de usted -dijo ella cordialmente.
- Gracias, Leticia, por tu amabilidad.
- Y ciertamente has sido un alumno muy aplicado, tus retratos son famosos en el mundo entero. Además de tus reportajes de Flora y Fauna que sigo con mucho interés desde siempre. Quién me iba a decir que mi fotógrafo preferido era el inseparable Benko en aquella selva amazónica que nunca olvidaré.
A Paulo Pereira le reconfortaba el modo afectuoso con que Leticia le hablaba y miraba.
- Te parecerá una tontería pero el mechón de tus cabellos siempre fue una especie de talismán para mí. Todavía guardan las yemas de mis dedos la sensación que sentía cuando acariciaba tus cabellos. Es así,  por increíble que parezca.
Leticia sonrió ampliamente y tomó una de sus manos.
- Guardé esa foto de los dos como oro en paño, no sé ni como se ha conservado tan bien.
- Ahora, Leticia, este famoso fotógrafo, como dices tú, pero humilde  fotógrafo, quiere pedirle a su maestra  un deseo.
La expresión de Leticia mostró una gran sorpresa. ¿Cuál sería ese deseo?
- ¿Qué podría hacer yo por ti, una simple reportera?
- Una simple reportera a la que se  rifan en las Agencias.
- Ya será algo menos, ya - rió divertida Leticia. ¿Y cuál es el deseo del afamado retratista del momento?
- Un deseo que está cumpliéndose en parte porque quería verte de nuevo. Y algo más en lo que sueño desde siempre.
Fueron unas palabras trascendentes, rotundas aunque cálida e inocentemente pronunciadas por Paulo Pereira que despertaron una poderosa curiosidad e intriga en ella.
- Quiero que poses para mi.
Aquello fue como una inesperada e intensa lluvia de verano que sorprendió totalmente a Leticia. Intentó asimilar la petición de aquel hombre que la miraba como cuando un niño pide algo imposible.
- Por supuesto que sí -se sorprendió ella misma al pronunciar estas palabras casi automáticamente.
Paulo Pereira no esperaba tan repentina espontaneidad y  su rostro se dulcificó complacido.
- Gracias, Leticia, no sabes cuánto he soñado este momento.
- Pero con una condición.
- ¿Chantaje...? - y soltó una jovial risotada.
- Que luego poses para mi, Benko. Sin Polaroid.
- Concedido. Sin Polaroid.
- Siempre serás Benko para mí. -sentenció Leticia.
- Me alegraré de que así sea.
- ¿Nikon contra Nikon?
- Nikon contra Nikon.
Brindaron como los viejos amigos que eran y quien quiera que los contemplase sin duda se hubiera contagiado de su alegría. 

                                     - - - - - - - - - - -











sábado, 11 de abril de 2015

Aquella Navidad




Cuando los astronautas Conrad y Thomas descubrieron AQUELLO a través de la ventanilla de su cápsula espacial creyeron haberse vuelto locos de repente. AQUELLO era lo más insólito y extraordinario con que podían tropezarse allá arriba. Sucumbieron con la incredulidad y el espanto pintados en sus rostros.
- - - - - - -
Todo empezó la mañana de un día de Navidad, cuando aquel hombre y su hijo llevaban una veintena de pavos al mercadillo de la ciudad. Augusto, que así bautizaron al bicho más lozano, escapó de la varita del chico y corrió a picotear aquella planta que crecía al borde del camino. Sus hojas grandes y amplias, de vivas tonalidades encarnadas, atrajeron su atención. Y debieron de satisfacer su gula a juzgar por lo pronto que las despachó. Con este acto tan simple, tan estúpido si se quiere, la Ciencia, los botánicos y estudiosos del mundo entero perdieron la oportunidad de asombrarse con el hallazgo del más fantástico ejemplar vegetal que, extraña e increíblemente, no figuraba en libro ni catálogo alguno. Era una planta inédita. Estaba allí y nadie sabría decir desde cuándo, cómo, y por qué.
         El esplendoroso tamaño de Augusto llamó inmediatamente la atención de los compradores. “¡Vaya pavo imponente!”, pensaban. Pero tuvieron que trocar su admiración por el pavor. Aquel animalejo comenzó a transformarse por momentos en una criatura monstruosa. En un visto y no visto adquirió la corpulencia de un avestruz y al intentar su dueño echarle un lazo, tenía tal altura que se tragó al pobre hombre como si fuera una lombriz.
         Otro intervalo de tiempo y helo aquí convertido en un gigantesco caballo de Troya  emplumado que cacareaba. Bajo sus rugosas patas las aterrorizadas gentes desaparecían a cada viaje de su voraz pico. El animal agujereaba los edificios más venerables, los rascacielos altivos que se deshacían como hojaldres, lo aplastaba todo.
         Pronto una sola de sus patas cubrió toda la ciudad. Horas después, el continente entero quedaba asolado por aquella mole inabarcable de carne suculenta y apetitosa. El vasto océano fue para el plumífero una pequeña charca que atravesó sin esfuerzo.
         Todo se convirtió en una interminable sucesión de cráteres y el agua de todos los mares no llegó a mitigar la sed de aquel ser que escapaba a todo lo imaginable.
         Y seguía creciendo…
         Tanto, que llegado un momento sobresalía más allá de la estratosfera y se apoyaba sobre el globo terráqueo al igual que un payaso de circo haría equilibrios sobre una pelota rodante. Quedó, al dar un pequeño salto, flotando grotescamente en el espacio. Parecía un inmenso barco negro, sin rumbo, zarandeado por dóciles corrientes.
         Tuvo hambre. Primero deglutió la Tierra. Después, cual minúsculos granos de arroz, los planetas, los asteroides, los cometas, cualquier cuerpo celeste fue engullido. Aquella cabina espacial ni se notó en el asombroso buche de Augusto.
         El sol, tan reluciente, cautivó al pavo. Lo devoró de un picotazo. Le gustó el calorcillo que embriagó su interior. Se tornó él mismo brillante, despedía calor.
         Y siguió creciendo y creciendo…

jueves, 2 de abril de 2015

Laura




La enfermera depositó el sobre en la mesa del despacho del doctor Villagrán y se retiró tras dedicarle una leve sonrisa.  No  llevaba remitente  y estaba un poco arrugado. Intrigado, el facultativo lo abrió y unas líneas de cuidada caligrafía se ofrecieron   a su vista.
 " Mi inolvidable y muy  estimado doctor Villagrán -comenzaba así-. Soy Laura y cuando lea esta carta seguramente  no estaré ya en el mundo de los vivos. Pero antes de que mi  extrema gravedad  acabe  con mi vida, le rogué a don Segundo, -el cura que asiste de vez en cuando al  barrio de Las Chimbambas-,  le escribiera esta carta en mi nombre, pues no se  leer ni escribir.
No se me ocurren palabras para agradecerle lo que hizo por mí desde aquel día que llegué a su Hospital prácticamente muerta de inanición. Una ambulancia me llevó allí por error  y aunque a ese Centro no le correspondía atenderme pese a mi precario estado, dado que es privado, usted hizo lo imposible porque fuera acogida  bajo su única y estricta responsabilidad nada más ver cómo  me encontraba.
Nunca había estado en un Hospital ni conocido lo que era la caridad humana hasta que le conocí a usted.
Fue como si un verdadero ángel de la guarda se hubiera hecho realidad  en su benefactora persona. En mi inconsciente agonía oía su voz serena y tranquilizadora, sentía los cuidados que me prodigaba y cómo poco a poco recobraba la lucidez perdida. Notaba una fuerza interior que se abría paso empujándome a volver a la vida aunque solo fuera por ver su rostro y darle las gracias.
¿Cómo olvidar su saludo de cada mañana, su mano sobre mi frente, el... "¡Hasta mañana, Laura!", antes de abandonar el Hospital?
Fueron momentos y sensaciones que me acompañarán siempre hasta el fin de mis días,  tan  próximo como usted sin duda intuyó.
Si de verdad existe ese Cielo que don Segundo  predica, tenga por cierto que le estaré mirando desde allá arriba y velaré por usted en todo momento, porque siga aliviando y dando esperanzas a seres como yo."
A la mente del doctor vinieron aquellas escenas vividas no hacía mucho tiempo.  El impacto que le causó ver a una muchacha en tal estado de depauperación, con un terrible cuadro clínico, prácticamente muerta. A fuerza de goteros y estar pendiente de ella en todo momento su tensión arterial fue recuperando niveles normales y un leve tono sonrosado  asomó en sus mejillas.
Cuando no pudo prolongar más su  estancia en el Hospital, el doctor Villagrán la hizo conducir a su domicilio. Había oído hablar del barrio de Las Chimbambas pero nunca se hubiera hecho la más mínima idea del nivel de degradación que allí imperaba.
Las chabolas, precariamente construidas con lo más inverosímiles materiales, se alzaban en medio de un lodazal que acentuaba todavía más lo lóbrego e insalubre del lugar.
En el extremo norte de aquel mísero paisaje, casi lindando con un vertedero, se alzaban unas tablas formando un habitáculo, a modo de casucha, con plásticos como techo y un gran trapo mugroso que servía de puerta para acceder a la estancia.
Al doctor Villagrán se le cayó el alma a los pies al depositarla sobre un sucio y maloliente jergón. Las condiciones higiénicas eran nulas, como las de todos los que habitaban aquel emplazamiento espectral. Las Chimbambas estaban habitadas por los más pobres de la ciudad, los desposeídos de la más ínfima dignidad humana, aquellos que no existían para el resto de la sociedad. Malvivían como un dios inclemente les daba a entender y el hambre y las infecciones, entre otras enfermedades, se cobraban vidas con demasiada frecuencia.
Estaba sola, sus padres habían muerto, sus únicas compañías eran las gentes que habitaban aquel inhóspito y terrible  lugar alejado de la mano de dios. 
El doctor Villagrán no podía quedarse con los brazos cruzados y permitir este estado de cosas. La muchacha necesitaba atenciones para que el débil hálito de vida que la sustentaba no se apagara todavía. La proveyó de un colchón digno y mandó limpiar y desinfectar el precario cuchitril que constituía su hogar.
Cada día, al terminar su labor en el Hospital, el doctor Villagrán la visitaba para suministrarle dosis de reconstituyentes y alimentos energéticos que pagaba de su ajustado sueldo.
En su fuero interno sentía la imperiosa necesidad de velar por ella, porque viviera lo mejor posible cuanto le quedara de vida, robándole tiempo al tiempo, antes de ese  inevitable final que adivinaba cada vez más cercano a tenor del irreversible deterioro de su organismo. 
Pese a su deplorable extrema delgadez, la piel pegada a los huesos, un rasgo de ella sobresalía esplendoroso sobre el conjunto de su persona de un modo que no pasaba desapercibido. Eran sus ojos, de un azul profundo e intenso,  como el del mar al atardecer. Su mirada serena, acogedora, invitaba a perderse en ese iris que brillaba como una gema preciosa.
El doctor quedaba prendado cuando la contemplaba  y su corazón se encogía al sentirse  impotente  por no poder sanarla.
Qué no hubiera dado él para paliar tanta miseria como  le rodeaba, tantos seres que carecían de lo más mínimo, sin horizonte de futuro, sin expectativas  de vida siquiera.
Unas lágrimas empañaron la visión del doctor al recordar a Laura, revivió ese modo de mirarle agradecida por lo que  hacía por ella.
Su voz dulce y pausada, la tibieza de su piel al tomarle el pulso, la placidez que emanaba de cada gesto, de cada palabra.
Se percató de que la carta continuaba y con un suspiro siguió leyendo.
" En el sobre le adjunto mi posesión más querida; poca cosa es para quien luchó lo indecible por alargar  mi existencia como mejor pudo,  pero nadie mejor que usted para ser su custodio. Es la medalla de la Virgen del Carmen que mi padre llevó  siempre en su pecho  y le protegió en su azarosa vida de pescador;  ésa única herencia me dejó. Es la patrona de los marineros, aclámese a Ella cuando le haga falta, pues todos somos marineros en el infinito Mar de la Vida."
Efectivamente, de un extremo del sobre extrajo una pequeña medalla de oro que refulgió al sostenerla entre sus manos. Sintió que un fuerte estremecimiento sacudía todo su ser al recordar de nuevo las palabras que la muchacha le dedicaba cada día al despedirse.
<Gracias por venir, doctor Villagrán. Solo le tengo a usted.>
No pudo contener unos sollozos de emoción al sentir  prendida en su alma aquella mirada pura e inocente de Laura, aquellos ojos azules  que anegaron  su corazón de la más límpida ternura como nadie había hecho jamás.
Y deploró con todas sus fuerzas que el Destino no hubiera sido otro para seguir contemplando el azul de sus ojos de mar.

                                          - - - - - - - - - - -